—Papi, ¿cuándo llega el tren?
—Ya falta poco, cariño.
—Pero ¿cuándo?
—Cinco minutos.
—¿Y la hora?
Yo no recordaba haber sido en mi niñez tan exigente en mis preguntas, sobre todo si se trataba de algo de vital importancia y lo único que me decían al respecto era, lo sabrás cuando seas mayor, pero al ver a mi pequeña Laura, con sus ojos impacientes y su voz cantarina a la espera de ver satisfecha su necesidad con mi respuesta, descubrí en su mirada la súplica que un día reflejaban mis palabras. Abuela, decía yo, por qué no viene el tren, y ella respondía que tuviera paciencia; entonces tenía que ver mi cara de enfado, porque yo no preguntaba qué debía hacer, si esperar sentado o no, sino qué motivos retrasaban el tren que esperábamos en el banco rojo del subterráneo, lleno de agujeros decorativos y pintadas de rotulador hechas por alguien llamado «Jony». Más tarde, cuando ese banco no lo ocupaba nadie más que el estudiante que fui, sin otra compañía que las páginas impresas de mis libros, supe que aquel gamberro no sabía ni escribir bien su nombre y que el tren llegaría a la hora indicada en los carteles de la pared, y muchos años después, frente al mismo andén, mientras entretenía a mi hija también comprendí el valor de las preguntas y las respuestas. Así que ante el brillo celeste de mi Laura dije:
—Vendrá a las seis y cinco, según pone en el horario —y entonces ella se sentó a mi lado.
Laura era muy nerviosa. Siempre inquieta, alteraba a todos los niños de su alrededor, y hasta los profesores me lo habían comunicado: la profesora de religión acababa de decirme que no mostraba interés en sus clases. Claro. Mi hija tenía siete años y lo único que hacía en aquel momento era rezar por la llegada de un tren que la devolviese a la libertad de su salón, sus galletas, su leche, sus dibujos animados y el cariño de su madre en el sofá. De modo que, como si fuese un aleluya, gritó:
—¡Ya viene!
—Vámonos —respondí animoso mientras le tendía la mano y la conducía hasta el borde de la puerta. Después de subir a bordo y buscar plazas disponibles, ocupamos dos asientos al lado de un joven que oía música con la vista fija en la ventana y una expresión triste en su rostro. Me sonrió, no obstante.
Al emprender la marcha, el tren salió al aire libre y se situó a la izquierda de la autopista que cientos de coches cruzaban en ambas direcciones. Laura pegó sus manos y su cara al cristal y allí permaneció distraída durante todo el trayecto de vuelta a casa: miró el vaivén de las olas, allende la calzada, las dunas llenas de hierba y la arena seca de la playa; disfrutó con los últimos destellos del sol, que contra el cristal del vagón chocaban; leyó una a una las vallas publicitarias que encontramos en el camino, para así enseñarle al mundo, orgullosa, que había aprendido a leer. Mientras tanto, de su boca escapaba en forma de silbido una melodía que sólo tenía la intención de exponer ante los viajeros su nueva habilidad, y no se cansaba de formular preguntas sobre si me gustaban sus artes, a lo que yo, sin el pudor del que gocé en mi adolescencia, respondía a voz en grito que por eso era una chica muy especial, que siempre tendría algo nuevo que mostrar a la gente, ante lo cual ella se ponía tan feliz que en sus ojos se reflejaba la ilusión de ser una estrella, ese afán que tarde o temprano muestra la mirada de los niños. Aquellos gestos se parecían tanto a los del alma inocente que aún habitaba mis entrañas, y era tanta la similitud con el niño tímido que acompañaba a su abuela en los viajes, que ni yo mismo, embebecido en la pureza de sus trenzas, me percaté del anuncio de la próxima parada.
—¿Sabes cuántas nos quedan? —pregunté. Y lo sabía.
El revisor, con su chaqueta y su corbata, nos firmó los billetes como un famoso que cansado de sus seguidores se ve obligado a firmar autógrafos; a sabiendas de que no respondería, agradecí su atención y guardé los billetes en el bolsillo del abrigo. Luego volví la vista hacia el cristal y contemplé cómo el sol de invierno terminaba de caer al fondo del telón y dejaba paso al rescoldo de una tarde luminosa. Esa tenue luz, aunque sabía que no llegaría a verlo, pronto sería sustituida por la oscuridad, y la luna tomaría un baño en las aguas, ya lejanas, de mi juventud.
La voz de la máquina emitió el nuevo aviso. Al detenerse el tren, Laura y yo pusimos pie en tierra, ella llorando porque quería seguir el viaje, yo feliz de reconocer en su llanto las huellas del pasado. Era tarde caída cuando entré en casa, besé a mi mujer y preparé un café para mí y un vaso de leche con galletas para mi futura estrella.
Jorge Andreu