Jorge Fernández Gonzalo nació en Madrid en 1982 y con tan sólo veinte años se hizo con el Premio Blas de Otero por su primer libro, Amantes invisibles. A este poemario, cuyo premio significa una importante puerta para el mundo de las letras, siguieron títulos como Mudo asombro, El libro blanco y Arquitecturas del instante en poesía, y el finalista del premio Anagrama de Ensayo 2010, Filosofía zombi. Aunque da vértigo pensarlo, cuando resultó ganador por unanimidad del XIX Premio de Poesía Hiperión (2004) por Una hoja de almendro, cursaba 4º de Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid. Por tanto, habría que pensar que estamos ante un prodigio de la nueva literatura, y en efecto el libro es un ejemplo de obra de arte.
El concepto fundamental de estos 39 poemas, que representan un viaje de conocimiento, es la mirada. La mirada es inmediata, mediante ella se conoce la realidad que tenemos delante. Creamos las ideas mientras miramos las cosas. Por eso la caída de una hoja de almendro supone el principio y fin de todo movimiento, desde que parte de la rama dejando a la vista su haz, hasta que una vez mostrado ligeramente el canto, y tras los giros que provoca el viento, cae con el envés bocarriba sobre la arena o sobre una mano, mezcladas sus rayas con las arrugas de la palma del hombre. En ese descenso caben todas las experiencias: el amor, el olvido, el conocimiento sensible, el tiempo. Los sentimientos, en suma, se reflejan al trasluz de esta hoja, porque en palabras del poeta «sentir es mi obra capital, mi obra / de arte». La voz poética defiende que la memoria no proporciona sensación, sino una parte de mentira basada en lo que una vez sentimos a través de la mirada, que es la toma de entrada para lo que la vida muestra, como una lluvia que nos moja y aprende nuestro cuerpo.
En este libro se puede respirar el aroma de la tierra mojada, de los frutos recién caídos del árbol, la pureza de la primera luz del día. Sus imágenes son tan sensoriales, sus versos tienen tanta fuerza y, cada uno, tanto significado, que invitan a la contemplación. Valga como muestra el siguiente poema:
LA MIRADA
No con la vista sino con la mirada
camina uno y se afianza el trato.
Coge aire y alza bien los ojos
a la manera de las águilas
prolongándote, tomando de estas calles
su verdad y su aspereza.
Reta
con la mirada, como si poseyeras.
Roba si miras, porque estás creando
y todo creador hurta al vacío,
le abre espacio y fluidez, porque la voluntad
es una costurera, y tu mirada
da fe, y da conciencia. Ésta es tu voz
que germina y se espiga en la garganta,
que se entumece y que se agota
sin la mirada para sostenerla,
para tomarla en brazos y tenderla como
un ramo aún en floración.
Enarca ya las cejas. La barbilla
tan alzada, tan recia y poderosa,
tan sin temor, y con el cuerpo erguido.
Si se camina más seguro. Si se ama
con mayor contundencia. Hasta las calles
de tanta podredumbre parecieran
ahora más llovidas,
recién lavadas para nuestros ojos. Vuela
un pájaro o camina un transeúnte.
Hay automóviles, semáforos,
y unas pocas ventanas con leyendas
en su hondo cristal. Pero no pares
que aún queda por ver. No te detengas
en unas páginas o en unas pocas sílabas
y limita las cosas, y atempera
la voz mientras te acercas a los otros
y les das confianza
sin humildad, gobiernas los senderos
de la conversación, con la mirada
atenta, que hoy el día
merece verse y otros ojos
esperan encontrarse con los tuyos.
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