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domingo, 23 de diciembre de 2012

Eduardo Mendicutti - Mae West y yo

Veinte años después de El palomo cojo, la más reciente novela de Eduardo Mendicutti supone una revisión del personaje que protagonizaba aquella obra maestra. A su vez, Mae West y yo es un reflejo del cinéfilo Mendicutti en un discurso lleno de citas cinematográficas que ilustran una narración a dos voces con un marcado carpe diem.

Felipe Bonasera, diplomático y ventrílocuo, viene a pasar unos días de julio a una urbanización sanluqueña llamada Villa Horacia Village & Resorts, donde se aloja en el chalé vacío de su primo Jerónimo Hidalgo. Al llegar, se encuentra con un jovencito que despierta en él un deseo que su miembro más enfermo no puede sentir: Felipe es el niño que padecía una «rara enfermedad» en El palomo cojo, una fiebre que lo ayudó a descubrir su homosexualidad, y ahora, al cabo de los años, acaba de recibir una mala noticia sobre su salud. Está enfermo de cáncer y por eso se ha venido a pasar unos días a Sanlúcar, dejando en Madrid sus tres muñecas —Marilyn, Marlene y Mae— con las que hacía números de ventriloquia. Pero la voz de una de las tres muñecas, la más descarada, la de Mae West, no lo abandona en sus vacaciones. Su estancia en este paraje se reduce a conocer las vidas de los demás y a reírse de sí mismo cuando lo invade la tristeza. La vecina de enfrente, el muchacho, los artículos de Paco Luna en un periódico local y el mundial de fútbol constituyen todos los elementos de su día a día. De la mano de estos ingredientes cotidianos, la permanente idea de una muerte inmediata.

Nos encontramos ante una reflexión sobre la vida y la muerte, sobre lo importante que es aprovechar cada momento, sobre todo si el final se acerca; y a esta labor ayuda con sus intromisiones, sus bromas, sus críticas a toda la gente como si fueran personajes cinematográficos, la voz de Mae West. Un desdoble de la personalidad de Felipe Bonasera hecho con la intención de hallar el lado gracioso de la vida, como única salvación ante la idea de la muerte.

Una novela que entretiene al mismo tiempo que emociona y hace reflexionar. En boca de una de las actrices con menos pelos en la lengua de toda la historia del cine, Eduardo Mendicutti pone un remedio eficaz contra la idea de una enfermedad terminal: ya que la propia enfermedad es imposible de vencer, al menos podríamos superar el miedo a sus consecuencias y afrontar la cuenta atrás con una sonrisa.

viernes, 27 de julio de 2012

Javier Fesser - Camino

Las películas, como la literatura o la música, no están hechas para sorprender al final: si tienen un final inesperado y el desarrollo está vacío, la cinta no funciona; en cambio, si el desarrollo goza de cierta riqueza de matices y redondea poco a poco los elementos de la historia, la película funciona aunque pueda preverse el final. Camino evita el final previsible al situarlo en la primera escena, porque desde los primeros minutos se sabe que el personaje encarnado por Nerea Camacho morirá en una habitación de hospital rodeada de médicos, enfermeras y cruces. Pero lo importante no es que muera o se salve, sino la lucha que emprende esa niña contra la muerte.

Dirigida valientemente por Javier Fesser, la película nos cuenta el descubrimiento del amor por parte de Camino en la figura de un chico llamado Jesús, junto al que quiere protagonizar una representación teatral de La Cenicienta. Pero la repentina aparición de un tumor maligno en las cervicales le impide desarrollar todos sus planes. Desde entonces, la vida de Camino se reduce a duras operaciones y tratamientos, a rezos con su madre, que pertenece al Opus Dei, y secretos con su padre, mientras su mejor amiga la informa de lo que sucede en el mundo exterior. 

¿Cómo se puede mantener a un espectador durante casi hora y media en constante tensión —mezcla de sufrimiento y odio— con una narración? Pensar en un padre que está a punto de perder a su hija enferma de cáncer es duro, pero lo es aún más si pensamos que su madre da gracias a Dios porque su hija tiene esa enfermedad. ¿Cómo puede una persona, en el colmo de la credulidad —lo que llaman fe—, vanagloriarse de tener una hija enferma y alegrarse de su muerte inminente? Existen las personas así, hay toda una secta que se dedica a ello, y creo que como personajes aparecen muy bien retratadas: son sus palabras las causantes de esa sensación de odio, son los acontecimientos que las rodean los que despiertan el llanto. 

Sin duda alguna, pienso que esta película ganadora de nada menos que 6 Goyas es una de esas experiencias que ningún aficionado al cine debería perderse. Las actuaciones de Nerea Camacho y de Carme Elías (la madre) son motivos más que suficientes para verla, además del guión. Lo único que en mi opinión decae un poco es la banda sonora, pero por la intensidad del guión, por la fuerza de cada escena, uno puede perdonarle cualquier cosa.