Después de dos años de lecturas cruzadas, por fin esta semana he podido asomarme a una de las obras que más me han interesado desde que estudio literatura contemporánea. Hasta ahora, Carmen Laforet (Barcelona, 1921) era una completa desconocida para mí: era sólo un nombre, la autora de una novela que se llevó el premio Nadal en su primera convocatoria, una escritora de la posguerra y nada más. Ahora representa para mí el modelo de escritura sencilla, directa y con un toque de poesía, de belleza, dentro del horror que reflejan sus páginas; un ejemplo de enorme destreza a muy temprana edad.
Nada (1944) es una novela de la inmediata posguerra que retrata cómo en las familias aún se vive una guerra civil por diversidad de caracteres. Andrea, una estudiante de dieciocho años, llega a Barcelona para iniciar una carrera de letras y lo que se encuentra en la casa de la calle de Aribau es un ambiente desolador en la familia, formado por disputas diarias entre Román y Juan y entre éste y su esposa Gloria, gobernado por la autoritaria Angustias y sufrido en silencio por la abuelita, con el contrapunto de una criada que parece torearlos a todos. Este hallazgo rompe por completo las expectativas de Andrea y la sume en un estado de contemplación que la hace aproximarse unas veces a un familiar, otras veces a otro, hasta que con el transcurso del año académico su atención se desvía más hacia Ena, una compañera de clase alrededor de la cual giran todas las impresiones de Andrea. Sus vivencias junto a esta compañera que a veces le demuestra un afecto incomparable y a veces la trata con desdén conforman la historia de la joven estudiante. La trama desemboca en un diálogo dramático donde se descubren algunas verdades y se da explicación al comportamiento de algunos personajes.
Amores frustrados, familias rotas, bohemia y literatura, la música como forma de aislamiento y comprensión del mundo, todos estos temas se entrecruzan a lo largo de las tres partes de la novela, con un marco histórico muy concreto de telón de fondo: la Barcelona de la posguerra y la desolación de sus calles. Carmen Laforet elabora un retrato crudo de ese mundo que ella misma vivió, y lo hace con una prosa que hipnotiza sin remedio, donde no sobran palabras ni faltan imágenes, donde una metáfora, una comparación, sirven para dar vida a una realidad muerta. En otras palabras, la autora convierte a esos personajes en gente de carne y hueso cuyos gestos podemos entrever como por una rendija, la de esta voz narrativa en primera persona que corresponde a la protagonista y que refleja la mirada idealista de una muchacha de dieciocho años que pensaba venir a un lugar paradisíaco para estudiar su carrera y, sin embargo, se encontró con un infierno doméstico.
Que la autora consiga hacernos ver, y no imaginar, la realidad descrita: este es el prodigio de la creación artística. Y como prodigio, creo que hasta el título es uno de los más acertados que he leído nunca en literatura española. Una novela muy recomendable, para releer y recrearse en cada capítulo.

