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domingo, 26 de enero de 2014

Hermann Broch - Pasenow o el romanticismo (1931)

Toda obra artística es hija de su tiempo. Ya lo dijeron algunos filósofos antes y muchos escritores lo demostraron, lo cual convertiría a Hermann Broch, aparentemente, en uno más. El vienés que a sus 45 años todavía no era conocido como el gran escritor cuya fama trascendería el flujo de la edad, en 1931, dio a la luz la primera entrega de una de las trilogías más emblemáticas de la literatura universal de principios de siglo: Los sonámbulos. Compuesta por Pasenow o el romanticismo, Esch o la anarquía y Hugueneau o el realismo, la obra pinta un mural de la decadencia de finales del XIX y los primeros años del XX a través de tres fechas significativas —1888, 1903 y 1938— y tres personajes que preludian el desastre en que se convertiría Europa. La primera de ellas supone una revisión del sentimiento romántico, la falsa virtud de las apariencias y las tradiciones decimonónicas.

La acción arranca cuando en 1888 el señor Von Passenow visita a su hijo Joachim en Berlín. Joachim von Passenow es un militar aristócrata que ha confiado su seguridad a la hombría de su uniforme y que, en el transcurso de una velada, se cruza con Ruzena, una meretriz polaca de la que cae perdidamente enamorado. Su relación con la joven, un contacto carnal y soñador que lo induce a pretender una vida más agradable, supondrá un inconveniente para el matrimonio que sus padres han acordado entre Joachim y Elizabeth Baddesen, procedente de otra familia aristocrática y cara opuesta a la sensualidad de Ruzena. Junto al indeciso militar circula, en la misma corriente pero a otro ritmo, Bertrand, complemento de la personalidad del protagonista, representante de un positivismo en ciernes que lo cuestiona todo y persigue la objetividad alejándose de los sentimientos. 

Así pues, encontramos cuatro puntos cardinales que ven la vida desde un prisma distinto: el soñador Joachim von Passenow frente al objetivista Bertrand, la sensual Ruzena en oposición a la formal Elizabeth. Amor sentimental y amor interesado luchan en el interior de Joachim contra la figura paterna que encarna la tradición.

El elenco de personajes constituye una metáfora de las cuatro caras del ser humano, reflejo del decadente fin de siglo. Dos actitudes del hombre enfrentadas entre sí, la de seguir el cauce de la tradición —Joachim— o encarar una nueva vida —Bertrand—, son las que plantea Hermann Broch en un relato que va más allá del mero entretenimiento. Con la prosa densa, llena de matices, que caracterizaría más tarde su novela más famosa, La muerte de Virgilio, el narrador desgrana el alma de sus personajes, reflexiona de manera explícita y llega a unas conclusiones que, en complicidad con el lector, completan el perfil de cada uno de sus personajes. 

Para leer con un lápiz en la mano y la disposición de extraer la última gota de su jugo, Pasenow o el romanticismo es una de esas lecturas que calan por sus logros de entonces y su inevitable actualidad. Porque, en cierto modo, ¿no es verdad que asistimos a la caducidad de una época cada vez más podrida? Toda obra artística es hija de su tiempo. Y sobrevive al flujo natural.

viernes, 19 de octubre de 2012

Wong Kar-wai - 2046

Hay películas que conceden a problemas absolutos respuestas que nunca son absolutas. Otras tratan de buscar el origen del problema para dar con una solución. Hay otras, por último, que plantean la pregunta y llegan a una conclusión sin imponer su carácter absoluto, sino lanzando una de sus múltiples posibilidades. 2046, tercera parte de una trilogía sobre la búsqueda del amor, responde a una duda existencial: ¿se puede alcanzar el amor verdadero? Su respuesta está a caballo entre la negación y la afirmación.

Chow es un periodista que se gana la vida escribiendo para la prensa y que, además, dedica parte de su tiempo a la creación literaria. A partir de una despedida, nos cuenta una historia basada en recuerdos de experiencias amorosas en busca de una mujer con la que compartir su vida. Pero al mismo tiempo nos habla de un lugar imaginario llamado 2046: una utopía donde nada cambia, donde el tiempo se detiene y tenemos la ocasión de aprovechar cada detalle de la realidad. Es el asunto de una de sus novelas, en la que su álter-ego viaja en tren a través de un largo trayecto para buscar a la mujer que una vez dejó atrás. Pero 2046 es, también, la habitación contigua en el hotel donde se aloja Chow: una habitación donde se sucede una serie de historias paralelas a las que el protagonista asiste desde la rejilla y de las que nos da cuenta como narrador testigo. Así pues, tres historias se entrelazan a lo largo de esta película: la de Chow con diversas mujeres, la de quienes entran en la habitación 2046 y la de ese personaje que viaja hacia la ciudad imaginaria donde espera encontrar el amor verdadero. 

Resulta imprescindible entender qué es 2046 para llegar al sentido de la película. Según el director, Wong Kar-wai, no se trata sino de un carpe diem: 2046 es el presente, imaginado como un futuro, en cuyo transcurso el ser humano debe ser capaz de apreciar cuantas cosas de valor lo rodean antes de que inevitablemente terminen en el pasado. El único objetivo de ese falso futuro es el de aprovechar el presente para no arrepentirse de los días que se fueron. En 2046 nada cambia, es decir, nuestros sentimientos son los mismos, pero somos más conscientes de cuantas cosas dejamos atrás en algún momento. Chow se lamenta de haber dejado atrás a una mujer y escribe esa novela para que su personaje se reencuentre con ella, pero su descubrimiento lo lleva a la conclusión de que el amor verdadero no existe, sino que es verdadero en tanto que podemos disfrutarlo. Por eso la respuesta que plantea esta película es tan negativa como positiva: no existe —según se deduce de la narración— el amor verdadero y, en consecuencia, no se puede pretender una vida en común con la misma persona; sin embargo, como el amor es verdadero cuando disfrutamos de él, la película nos aporta un mensaje positivo, y es que hay que ser conscientes de lo que amamos para exprimir los minutos junto a una persona.

Por otra parte, la narración del protagonista resulta muy eficaz gracias a los juegos de cámara y a la música. Cuando habla de sus recuerdos en primera persona, lo acompaña la banda sonora, y cuando pretende mostrarnos lo que pasa a su alrededor, lo acompaña el enfoque de la cámara. Un enfoque que acerca al espectador a la escena, ya que todas las imágenes aparecen cortadas por un objeto desenfocado, como si estuviésemos escondidos detrás de una columna o de un mueble, al igual que el testigo que es Chow cuando habla de los demás.

En definitiva, se trata de una película densa, pero con muy buenos resultados. Una propuesta de solución para hacer de todos los momentos una experiencia tangible, de la que poder disfrutar antes de que el tiempo se la lleve al recuerdo. Una película altamente recomendable, sin duda, pero advierto que hay que ir preparados.