lunes, 4 de octubre de 2010

Coincidencias de la memoria

Desde hace una semana, la hora del almuerzo se ha convertido en un momento de intimidad lírica en que, sentado en mi oficina, esa mesa al aire libre, de madera y pintarrajeada con grafitis, a la cual llaman merendero, devoro una manzana o una ensalada y una novela al mismo tiempo. Luego bebo un trago de agua, respiro el aire fresco de los árboles, saludo a mis amigas voladoras que vienen a hacerme una visita, concentro mi bolígrafo en la libreta y, para olvidarme de la realidad, me sumerjo en las mentiras que la tinta exige en el papel. A veces escribo versos sueltos a fin de construir un poema de esos trozos inmediatos del destino; a veces, en cambio, esbozo la estructura narrativa de un relato, como si edificara esa librería que tanto he soñado en noches interminables, sin detenerme a pensar que, claro, para levantar un negocio así antes hacen falta muchas cosas, una licencia de apertura, un local o un mostrador donde colocar una caja registradora. Con una caja registradora… ¡qué no haría yo con una de ésas!

Esta tarde me embargó una emoción antes vivida desde lejos, hoy como una ensoñación. Recuerdo una fila de niños que caminaban agarrados de la mano calle abajo, encabezado el grupo por una profesora guapa y sonriente. Esta vez, la profesora era mayor, pero en su tono de voz se adivinaba la vocación de la enseñanza que en ocasiones desaparece al tratar a niños difíciles. En sus llamadas había tanta alegría contenida, que hasta yo quisiera haber vuelto a los tiempos de mi educación preescolar.

Decía, pues, que a la hora del almuerzo, como en un delirio se avivaron algunos recuerdos de mi infancia. Una pareja feliz, con mochilas de dibujos animados y chándal de colegio privado, se acercó a mi mesa y, pese a ver que en mi cara no había más de veinte años, el chico preguntó si se podían sentar —señor, dijo, eso es lo que me encendió—. Yo asentí, les hice un hueco y continué con mi fantasía. Leía en ese momento —no escribía— una novela de Josefina R. Aldecoa, y al ver el volumen amarillo, ajado por el uso continuo de lectores de biblioteca pública, dijo el niño:

—¿A usted le gusta leer? —había en su acento un dejillo que me señalaba que no era de aquí.

—Claro. A todo el mundo debería gustarle.

—A mí también.

Se hizo un silencio largo.

—Éste —señalé mi libro— trata de una maestra parecida a la vuestra. Los niños la hacían tan feliz que decidió dedicarse a la enseñanza.

—Nuestra profe es muy buena. Nos da conguitos cuando nos portamos bien.

Sonreí. El niño desvió la conversación y me presentó a su amiga.

—Ella es Virginia, nos vamos a casar.

Era una muñequita rosada y tímida que escondía su sonrisa tras su mano derecha, blanca, pequeña, con una alianza de goma rosa como si fuese su anillo de compromiso. Tenía los ojos brillantes y el pelo castaño, rizado, recogido en una cola, y una mancha de chocolate asomaba en la comisura izquierda de su boca, entre sus dedos de porcelana.

—Vaya, qué bien. ¿Y os vais a querer siempre?

—Siempre. Mucho, mucho.

Y entonces ella despertó al niño que fui, cuando estas palabras escaparon como indecisos silbidos de su boca:

—Pero nunca nos besaremos porque me da asco la saliva de otro.

Hizo una mueca y yo no pude dejar de sonreír. Al poco tiempo, la profe los llamó y ellos se despidieron de mí como si ya me considerasen un amigo. Claro que compartíamos algo: cuando era pequeño, no quería tener pareja porque me repudiaba dar besos en la boca. Alguien me dijo una vez: cuando des el primero, no querrás parar. Y, en efecto, ahora extraño los besos de una rubia guapísima y lejana con quien me comunicaré por teléfono dentro de un rato.

Volví, pues, a intentar la lectura de ese texto hermoso, ahora guardado en mi mochila, pero otro recuerdo me sacó de mis casillas. Y digo bien, porque un muchacho de unos quince años me devolvió a la realidad lanzando insultos a un pobre conductor de motocicleta. Lo vi desde lejos y hasta mí llegaban sus palabras de macarra sin uso racional del lenguaje. Y pensar que estuve a punto de convertirme en uno de esos…

En fin, se me hacía tarde, de modo que aproveché la ocasión para guardar mis cosas, cargarlas al hombro y emprender el camino, acompañado de mi cojera ocasionada por el dolor de una periostitis, rumbo a un lugar donde la música se funde con un vaso. De plástico, claro, pero no me importó: necesitaba aquel café antes de entrar en clase.


Jorge Andreu
4 de octubre de 2010

8 comentarios:

Alberto Cancio García dijo...

Bueno, sí. Una parte considerablemente grande del mundo está podrida, lo admito. Pocos árboles, ¿no es cierto? Pero alguno que otro surge de pronto, es un hecho, y así el espacio parece una pútrida llanura salpicada aquí y allá de arbolitos de colores. Y en ellos, por supuesto, nidos. Siempre nidos.
Es tarde para destruir el mundo y empezar de cero, así que dediquémonos a buscar esos nidos que aun perviven en las copas de los árboles. Son oasis de perfume entre la mierda. Son niditos, y al fin y al cabo, parecen ser de amor.
Últimamente te veo dar muchos rodeos en tus textos. Divagas sobre ti, y eso me inquieta. ¿A qué lugar pretende... llegar el literato? Muacks!

Mª Teresa Sánchez Martín dijo...

Tú dices: "A veces escribo versos sueltos a fin de construir un poema"

A mí me pasa que luego tengo que ir recogiendo papelitos de toda condición y tamaño: hojas de distintas libretas, servilletas de cafetería, trozos de papel de publicidad, papel de cocina y otras zonas, etc...que voy dejando llenos de versos, por los bolsos, bolsillos, libros, cajones...
Así, despues de un tiempo, me he llevado más de una sorpresa.

Jorge Andreu dijo...

Amigo Alberto, el mundo está lleno de mierda. Hasta el cuello, como dicen algunos. Quizá por eso nos refugiemos en la literatura o en la música, en el arte en general. Y algunas veces, ese refugio ocasiona el descubrimiento de esos niditos de amor que teníamos ante los ojos y que no habíamos visto.

De lo que sí estoy seguro es de una cosa que tiene mucha relación con esos nidos de amor: desde hace tiempo estoy abierto a la gente y permito, por tanto, que se acerquen y me pregunten cualquier cosa. Ya he dejado muchas palabras en el tintero por timidez o por alguna otra causa que ahora no recuerdo, pero hoy todo el que me conoce sabe que tengo oídos para todos y palabras, estimo, también para todos. Quizá por eso divago al escribir. Quizá pretenda llegar a mí mismo, como han intentado muchos. Quizá sólo intente divertirme, ¿no crees? Esto de la literatura es tan ambiguo... A lo que sí pretendo llegar hoy es al coche que me recoge para ir a la facultad.

Un abrazo.

Jorge Andreu

Jorge Andreu dijo...

Teresa, comparto tu manera de escribir poesía. A mí se me ocurren a veces versos sueltos que anoto siempre en una libreta (eso sí, siempre en la misma, una libreta que llevo en la bandolera o en la mochila cuando voy a la facultad). Y en ocasiones de esos versos ha salido una canción, otras veces un poema y otras veces se ha quedado en una anotación. Es interesante ver la evolución de ese tipo de poemas y muchas veces -las más, diría yo- nos llevamos una sorpresa. Me alegro, pues, de compartir contigo hasta una de las maneras de crear.

Un abrazo.

Jorge Andreu

Athena dijo...

A ti esos niños te devuelven a tu infancia. A algunos, tú a la juventud.

Gracias por la visita.

Besos

Jorge Andreu dijo...

Muchas gracias, Athena. Me alegro de haber encontrado tu rincón en este mundo de cuadernos virtuales. Espero volver a verte por aquí, que tu visita haya sido agradable.

Un beso.

Jorge Andreu

Isabel Martínez Barquero dijo...

Me gusta la narración de estas impresiones sobre la marcha, ese intento de "concentración del bolígrafo en la libreta".
Pequeñas cosas, detalles que nos llegan desde el exterior, niños, frases..., en definitiva, el hilo de la vida verdadera.

Me ha gustado mucho. Jorge, sobre todo el tono. Muy, pero que muy conseguido.
Un abrazo grande.

Jorge Andreu dijo...

Gracias, Isabel. Echaba de menos tus comentarios críticos sobre la parte interna de la prosa. Son siempre comentarios muy agradables que hacen que uno se tome el café a gusto. Esa escena la he vivido ya varias veces en mi oficina: hay tantas excursiones escolares a ese parque, que los merenderos a veces se llenan hasta rebosar, y es todo un placer escuchar a los niños hablar. Quién me lo iba a decir.

Un fuerte abrazo, amiga mía.

Jorge Andreu