domingo, 1 de abril de 2012

Interferencias

El 29 de marzo, las calles, desiertas y en huelga, olían a basura con las bolsas esparcidas por los rincones. Marcel caminaba por una callejuela de la ciudad, bajo el cielo nebuloso, con la chaqueta abrochada hasta el cuello y un libro de Clarín en la mano, y en su cabeza resonaba una y otra vez el estribillo de Stand by me, en recuerdo a aquellas noches de Viena en que la falta de horas de sueño no tenía importancia. Cada vez que piensa en esa canción se le abruma el pecho, pero a veces las interferencias no le permiten canturrear tranquilo.

En esta ocasión, al cruzar la calle, unas palabras que no eran suyas le obstaculizaron el paso. Cuando descubrió su procedencia cesó el estribillo: desde el fondo de un chaquetón andrajoso, el hilillo de voz de un indigente profería quejas de cansancio mientras devoraba con los ojos a una mujer que caminaba por el otro extremo. Vestía una chaqueta negra, pantalones vaqueros y zapatos de tacón, y tras sus gafas de sol debía de traslucirse una mirada de repugnancia.

De pronto, pareció como si el tiempo se detuviese, y en lo que dura un parpadeo Marcel oyó los pensamientos del indigente como si hubiese sintonizado mal una emisora:

—Ven conmigo, siéntate a mi lado, y déjame besarte las cosquillas. Sé que aún no nos conocemos, pero sólo bastará un instante y entonces te reirás con mis caricias, como se ríen tus ojos detrás de los cristales oscuros, del color de mis recuerdos. Entonces sentiremos el presente igual que un regalo cedido por el cielo. ¡Benditas tus caderas y bendito tu vientre, oh, musa del día gris! Aclárame el corazón de gusto con tus andares. Ven conmigo. Ven aquí. Ven…

Él era poeta. A ella no le gustaba la poesía, y en lugar de prestar atención a su discurso, aceleró el paso sin mirarlo y se perdió entre la gente de la calle principal. A medida que avanzaba, Marcel perdía poco a poco la conexión con el mendigo, diluido el eco de sus versos en el estanque de la memoria.


Jorge Andreu
1 de arbil de 2012

4 comentarios:

Ove I. Moore dijo...

Ir oyendo los pensamientos de la gente puede resular tan dañino...pobre poetilla, seguro que la de las lindas caderas no conoce las buenas risas.

Hermosísimo relato, amigo Jorge.

Jorge Andreu dijo...

Cómo hubiesen terminado esos versos del poeta andrajoso si ella hubiese accedido a sentarse con él. ¿Te lo imaginas? Probablemente no los hubiese firmado. Gracias, Ovejita.

Un beso

Jorge Andreu

Carmen dijo...

Lástima que la mujer de las caderas no sintonizase la misma "onda"...
Besos,

Jorge Andreu dijo...

A veces, pasa. Es inevitable... Me alegro de recibir tu visita, Carmen.

Un beso

Jorge Andreu