sábado, 6 de julio de 2013

Discurso de graduación (Filología Hispánica, promoción 2008/2013)

Buenas tardes. Excelentísimo Rector de la Universidad de Cádiz, honorable Decano de la Facultad de Filosofía y Letras, autoridades académicas y profesores. 

(Dando vuelta al papel)

Queridos amigos:

En primer lugar, permitidme una mención especial a esos compañeros, los de clase, que me han dado la posibilidad de escribir estas palabras, actitud que demuestra confianza por parte de muchos de ellos y que no deja, con todo, de ponerme en un aprieto porque, en el fondo, todos esperan mucho de mí y lo que yo puedo hacer, en cambio, es bien poco. Mi presencia sobre el estrado, que ahora mismo me convierte en foco de atención y en punto de mira de los más maliciosos si los hay, no tiene otro logro que el de haberme ganado la consideración de los compañeros ni mayor objetivo que el de acariciaros un poco la fibra que os mantiene sobre los asientos y no al calor de los pasillos. Gracias, entonces, por vuestra amabilidad y por vuestra disposición a escuchar las palabras de un estudiante que hoy —o eso parece— evoluciona a filólogo.

La tarde no me acompaña cuando digo que aún mantengo vivo el recuerdo del frescor que me empujó a cruzar la entrada de esta facultad aquella mañana de octubre de 2008. Venía de un instituto de Puerto Real donde había sido felizmente odiado por algunos profesores que no pensaban que llegaría muy lejos, y me encontré de cara con una de las mejores profesoras que he tenido en mi vida. Nos enseñó a analizar los textos narrativos como nunca nadie lo hiciera, y consiguió que una novela de un autor hasta entonces desconocido para mí cambiase el rumbo de mi existencia (no hace falta decir nombres, por supuesto, todos saben de quién, de quiénes hablo). Luego, al salir de clase, un caballero me preguntó si yo tenía algo que ver con la música y otro me estrechó la mano por beber café solo con hielo, como él. Ese fue el comienzo de una bonita amistad.

Hace de esto cinco años y para el resto del mundo es como si el tiempo hubiese volado, pero yo, sin duda por el maldito afán de atrapar los granos de arena, he sentido el transcurso de cada minuto bajo este techo, que me ha dado muchas alegrías y causado también mucha angustia. He hablado y abrazado a personas que en la vida hubiese creído puestas en mi camino y que, sin embargo, en lo que dura un café, acaso unas tostadas, un cigarro a veces en el patio, muy pronto adquirieron conmigo tal afinidad que ahora no hay leyes, reformas educativas ni charlatanes con corbata que nos separen. 

A lo largo de estos años hemos conocido dos tipos de estudiantes, también dos de profesores, opuestos y complementarios, necesarios ambos. El estudiante que ocupa sus horas de clase en tomar apuntes y sus horas de estudio en pasarlos a limpio, con una inercia informática, confiando a ciegas en lo que ha oído en las sesiones teóricas; el estudiante que ficha en una mesa de la cafetería a las nueve en punto y trabaja sin descanso por cuenta propia hasta las tres, almuerzo de por medio, con un entusiasmo a veces contagioso, y que en ocasiones desvía su atención hacia unas clases magistrales que sólo dos, tres, cuatro profesores, acaso un par de ellos más, tienen la capacidad de impartir. Por su parte, el profesor que recomienda la bibliografía con el corazón en un puño porque son obras imprescindibles; y el profesor que descarta toda posibilidad de razonamiento y reduce el saber a la limitación de una sola persona, porque al fin y al cabo lo que nos interesa no es el conocimiento, sino el examen. Todos forman el elenco de personajes que interpretan una obra en este teatro que llamamos universidad, o eso me pareció desde el principio. Un campo de batalla, según me dijeron antiguos universitarios.

Algunos, estudiantes de aliento que bucean en los libros en busca de respuestas, vinieron aquí para luchar. Venir a memorizar fechas y rasgos literarios es venir para  nada. Venir por los apuntes sin interés hacia las mejores plumas que nos ha dado la historia, es venir para nada. Bueno, sí: para sacarnos un título que, con un poco de suerte, nos servirá para envolver el bocadillo y que el viaje a Alemania no se nos haga tan largo.

El estudiante que aspira a ser filólogo ya lo es desde el principio. Amar la palabra, amar tan solamente, es el primer objetivo de nuestra disciplina. Quien ama la palabra, hace de las lecturas obligatorias una tarea necesaria que no se lleva a cabo en la biblioteca, sino en el parque, tomando una cerveza y con la compañía de las fuentes. Así se pasan las tardes más productivas que uno puede tener, enfocadas sobre todo a que tres días antes del examen —si es tal vez lo que al final importa— las lecturas obligatorias se hayan hecho por placer y no suponga una tortura repasar los contenidos.

Pelear en el campo de batalla exige la formación de un espíritu crítico que nos ayude a avanzar, no a retroceder como dicen que cada vez hacemos con más frecuencia, y eso sólo se consigue si damos rienda suelta al pensamiento. Sin la reflexión, sin abrir la mente, difícilmente puede entenderse el mundo. Por eso el estudiante que aprende en la cafetería se desintoxica de la información estática y se cuestiona lo que hay más allá del texto, incluso de los grandes, porque para eso hemos venido: Cervantes no era el autor del Quijote hasta que lo escribió, y Lorca no pensaba en Bernarda Alba cuando aún estudiaba piano con Manuel de Falla.

La literatura sirve para mover al hombre, no sólo para conmoverlo. Es la función principal de todas las manifestaciones artísticas, arte por medio de la palabra. Pero literatura no es sólo una buena novela, un buen soneto, una obra de teatro: literatura es aquello que podemos encontrar en la calle y que, sin ningún esfuerzo sobrehumano, pasa de lo anecdótico a lo trascendente como por casualidad. Podemos convertir en arte cualquier objeto de deseo, hasta un libro de Dialectología Hispánica al que echáramos a volar por la ventana y él solo abriese sus alas —perdón, hojas— al viento para planear sobre la carretera. Hasta una vivencia insignificante como las de todos los hombres se nos antoja susceptible de embellecimiento: eso es la literatura, y a partir de la belleza, el amante que la persigue puede pretender la justicia tal y como el autor la pensara en su discurso. 

En busca de la justicia, por cierto, hemos vivido huelgas, manifestaciones de todos los tipos y maneras que no sé si habrán conseguido algo, pero desde luego han llenado las calles de gente con una idea en común. La educación es para todos, la universidad pública, venimos a desarrollarnos como personas para contactar con el mundo y para entenderlo, si cabe. 

Pero no creo que sea el momento de recordar anécdotas de cómo conseguimos enfrentarnos al mundo a lo largo de estos años. Claro que también hemos vivido experiencias divertidas que merece la pena contar, pero una relación de los acontecimientos más emocionantes de nuestra carrera sería, primero, imposible si no quiero extenderme demasiado, y segundo, de escaso interés para buena parte del sector que me escucha. Del mismo modo en que la educación debe ser cosa pública y no sólo de unos cuantos "privilegiados", tampoco creo que debamos recordar esos momentos comunes sólo para los compañeros y que nuestros padres no entiendan qué le pasó a Periquito el de los Palotes cuando iba con su tráiler, ni quién dijo si el Mío Cid era una novela y la Celestina una obra de teatro, ni quién confundió El Buscón con Cervantes dándoselas de erudito; ni tampoco quién gastó esta broma antes de un examen, ni quién discutió por tonterías cuando íbamos a fecharlo, ni quién estuvo a punto de caerse —digo bien— de un balcón con tal de desviarse de las teorías; ni mucho menos cuáles han sido los temas de conversación y disparates en los pasillos y en las noches de fiesta. 

Todas estas anécdotas me impedirían poner punto final a mis palabras, pero llega el momento de despedirme del auditorio, que no de mis compañeros. Seamos, amigos, quienes fuimos, inocentes en las mismas mesas de la cafetería, donde los héroes verdaderos, los que no se cambian para ayudar a la gente y reciben con una sonrisa de oreja a oreja, nos han hecho, en fin, felices. Gracias a Javi, Manolo, Pepa y los que vinieron antes —Alberto, que nos espera en la Bomba para la hora feliz cuando se tercia—. Gracias al batallón de secretaría que nos ha solucionado la vida con unos cuantos trámites. Gracias a los profesores que me han considerado digno de servir durante unos minutos al conjunto de padres, madres y amigos de cada recién graduado, y que también comparten con ellos el patio de butacas. A la nómina de becarios y doctores, Marieta, Miguel, Carlitos Cruz, Paco Cuevas, Jesús; a la de profesores más cercanos, Manolo Rivas, María Jesús Ruiz, Pepe Jurado, María del Carmen García Tejera, Alberto Romero, Nuria Campos. A todos, muchas gracias. Y a mi admiradísima y querida Nieves Vázquez, por favor, querida amiga y compañera de fatigas literarias, porque tú sí que eres inagotable.

Y las anécdotas personales… en fin, son muchas y muy buenas. Quedarán en la memoria porque pertenecen a la intimidad de ese grupo que se reúne en dos o tres bancos de acero allí abajo, donde el sol nos alimenta y las palomas se chocan contra los cristales. 

Muchas gracias.

Jorge Andreu
5 de julio de 2013

[Siguió a la lectura de este discurso la interpretación de una pieza de Franz Liszt, Sueño de amor (Liebesträume nº 3), que podéis encontrar también en esta entrada]

6 comentarios:

Sombragris dijo...

Mis más sinceras y alegres felicitaciones...es un placer ver que el trabajo bien hecho y cumplido tiene su recompensa...un abrazo

Jorge Andreu dijo...

Gracias, Alfonso. La verdad es que, aunque da mucho vértigo pensar en el año que viene, es toda una liberación la que siento ahora. Mirar atrás y ver cinco años de carrera que ya han pasado, y las cosas que me han enseñado, es un honor.

Un abrazo

Jorge Andreu

Doamna care plânge dijo...

Entre a tu blog porr una opinion de virginia woolf, la verdad me encanto , me encanto loq ue haces y a lo que te dedicas =) Un beso desde la patagonia =#
OBIVO QUE SIGO TU BLOG

Jesús dijo...

Jorge, por fin he podido leer tu discurso. Te felicito por él y, por supuesto, también por haber conseguido tu meta, que no es sino otro punto de partida para tu nuevo camino. Gracias por acordarte de mí en esas líneas. Para mí ha sido todo un placer acompañarte en esta aventura. Y, claro está, feliz de ser tu amigo. ¡Quién nos iba a decir que un par de blogs, una presentación de un libro de relatos y un cigarrillo nos llevarían a este vínculo! El destino, tan caprichoso, a veces hace cosas buenas. Felicidades, filólogo.

Permíteme que reproduzca unas palabras que me han encantado: "Quien ama la palabra, hace de las lecturas obligatorias una tarea necesaria que no se lleva a cabo en la biblioteca, sino en el parque, tomando una cerveza y con la compañía de las fuentes".

Un abrazo.

Jorge Andreu dijo...

Hola, Doamna. Me alegro de que hayas llegado a este rincón desde tan lejos, y te invito a quedarte a leer más cosas. Gracias por tu comentario y por el interés hacia la literatura: buscar opiniones sobre Virginia Woolf es, creo, mostrar mucha pasión por las letras porque es una de las grandes.

Un saludo.

Jorge Andreu

Jorge Andreu dijo...

Jesús, no sabes cuánto me alegra recibir esas palabras tuyas. Ha terminado un camino, como dices, he llegado a una meta, pero aún quedan muchas cosas que perseguir. Por ejemplo, ese título que tú mismo acabas de conseguir y que tanto me gustaría. El tiempo mandará.

Un abrazo muy fuerte, amigo mío. Ojalá nos veamos pronto.

Jorge Andreu