miércoles, 9 de julio de 2014

El pequeño filósofo

—Me ha dicho que los hombres mienten.

Así trataba el niño de convencer a su abuelo. Los hombres mienten y los árboles hablan cuando se los escucha en silencio. Tiene su tronco un baúl de secretos, su savia un color que sólo los niños, por inocentes, son capaces de distinguir. A veces los abuelos consienten demasiado.

Los vi pararse en mitad del camino justo en el momento en que Britten y yo íbamos a cruzar a toda velocidad en nuestra carrera de regreso a casa. Una hora bajo el sol y parecíamos delirantes, como si chorreásemos la energía que debíamos dejar sobre el asfalto. Hasta la respiración adoptaba un ritmo conjunto a modo de vals. A punto estuvimos de pisar al pequeño cuando se nos cruzó, los brazos abiertos, directo a otro árbol.

Como Britten necesitaba agua, me vi obligado a detener el trote. Entonces asistí al misterio. El niño abrazaba al árbol con tanta fuerza que cualquiera pensaría algo extraño. Yo pensé que se querían. ¿Acaso no hay ternura en presenciar semejante actuación? En mis tiempos luchábamos contra los árboles, les lanzábamos dardos imaginando que eran dianas, golpeábamos su costado con la misma fuerza que un guerrero intentaría derribar a su adversario. Era más valiente quien más sangre le sacaba a la corteza. Maldita falta de pudor. Hoy el niño más hermoso se me antoja abrazado a un árbol al que le formula algunas preguntas. Y en sus ojos he podido leer que existe una respuesta.

—Este también lo ha dicho: «Hijo mío, escucha a la Naturaleza. Los hombres no te dirán más que mentiras». 

—Venga, Miguelito, que tu madre nos espera.

—No, abuelo, espera tú. Tengo que abrazar a cada árbol. Así conoceré sus secretos.

—Pero no se puede abrazar a todos los árboles, Miguelito, que nos cansamos de tanto cariño.

—¡Entonces seré un desgraciado toda mi vida! 

¿Os lo imagináis? Si es que parece mentira.

El abuelo guardó silencio. Britten orinaba en la pared de la facultad. El niño se acercó al siguiente árbol y volvió a abrazarlo.

—¿Ves? Así podré escucharlos a todos. Si cada árbol me cuenta su secreto, entonces conoceré todos los secretos del mundo y seré más rico.

Y el abuelo consintió una vez más. 

Orienté a Britten en el camino de mi pie izquierdo y reemprendimos la carrera. A medida que me alejaba, pude retener algunas palabras del pequeño:

—Cuéntame tu secreto, yo sabré guardarlo.

Continuamos hasta el final de la calle y torcimos en la esquina. Allí donde todavía hay árboles que abrazar. Y secretos guardados en su savia. 

Jorge Andreu