miércoles, 17 de febrero de 2010

Destello de sol sobre un lecho de cristal

—Papi, ¿cuándo llega el tren?

—Ya falta poco, cariño.

—Pero ¿cuándo?

—Cinco minutos.

—¿Y la hora?

Yo no recordaba haber sido en mi niñez tan exigente en mis preguntas, sobre todo si se trataba de algo de vital importancia y lo único que me decían al respecto era, lo sabrás cuando seas mayor, pero al ver a mi pequeña Laura, con sus ojos impacientes y su voz cantarina a la espera de ver satisfecha su necesidad con mi respuesta, descubrí en su mirada la súplica que un día reflejaban mis palabras. Abuela, decía yo, por qué no viene el tren, y ella respondía que tuviera paciencia; entonces tenía que ver mi cara de enfado, porque yo no preguntaba qué debía hacer, si esperar sentado o no, sino qué motivos retrasaban el tren que esperábamos en el banco rojo del subterráneo, lleno de agujeros decorativos y pintadas de rotulador hechas por alguien llamado «Jony». Más tarde, cuando ese banco no lo ocupaba nadie más que el estudiante que fui, sin otra compañía que las páginas impresas de mis libros, supe que aquel gamberro no sabía ni escribir bien su nombre y que el tren llegaría a la hora indicada en los carteles de la pared, y muchos años después, frente al mismo andén, mientras entretenía a mi hija también comprendí el valor de las preguntas y las respuestas. Así que ante el brillo celeste de mi Laura dije:

—Vendrá a las seis y cinco, según pone en el horario —y entonces ella se sentó a mi lado.

Laura era muy nerviosa. Siempre inquieta, alteraba a todos los niños de su alrededor, y hasta los profesores me lo habían comunicado: la profesora de religión acababa de decirme que no mostraba interés en sus clases. Claro. Mi hija tenía siete años y lo único que hacía en aquel momento era rezar por la llegada de un tren que la devolviese a la libertad de su salón, sus galletas, su leche, sus dibujos animados y el cariño de su madre en el sofá. De modo que, como si fuese un aleluya, gritó:

—¡Ya viene!

—Vámonos —respondí animoso mientras le tendía la mano y la conducía hasta el borde de la puerta. Después de subir a bordo y buscar plazas disponibles, ocupamos dos asientos al lado de un joven que oía música con la vista fija en la ventana y una expresión triste en su rostro. Me sonrió, no obstante.

Al emprender la marcha, el tren salió al aire libre y se situó a la izquierda de la autopista que cientos de coches cruzaban en ambas direcciones. Laura pegó sus manos y su cara al cristal y allí permaneció distraída durante todo el trayecto de vuelta a casa: miró el vaivén de las olas, allende la calzada, las dunas llenas de hierba y la arena seca de la playa; disfrutó con los últimos destellos del sol, que contra el cristal del vagón chocaban; leyó una a una las vallas publicitarias que encontramos en el camino, para así enseñarle al mundo, orgullosa, que había aprendido a leer. Mientras tanto, de su boca escapaba en forma de silbido una melodía que sólo tenía la intención de exponer ante los viajeros su nueva habilidad, y no se cansaba de formular preguntas sobre si me gustaban sus artes, a lo que yo, sin el pudor del que gocé en mi adolescencia, respondía a voz en grito que por eso era una chica muy especial, que siempre tendría algo nuevo que mostrar a la gente, ante lo cual ella se ponía tan feliz que en sus ojos se reflejaba la ilusión de ser una estrella, ese afán que tarde o temprano muestra la mirada de los niños. Aquellos gestos se parecían tanto a los del alma inocente que aún habitaba mis entrañas, y era tanta la similitud con el niño tímido que acompañaba a su abuela en los viajes, que ni yo mismo, embebecido en la pureza de sus trenzas, me percaté del anuncio de la próxima parada.

—¿Sabes cuántas nos quedan? —pregunté. Y lo sabía.

El revisor, con su chaqueta y su corbata, nos firmó los billetes como un famoso que cansado de sus seguidores se ve obligado a firmar autógrafos; a sabiendas de que no respondería, agradecí su atención y guardé los billetes en el bolsillo del abrigo. Luego volví la vista hacia el cristal y contemplé cómo el sol de invierno terminaba de caer al fondo del telón y dejaba paso al rescoldo de una tarde luminosa. Esa tenue luz, aunque sabía que no llegaría a verlo, pronto sería sustituida por la oscuridad, y la luna tomaría un baño en las aguas, ya lejanas, de mi juventud.

La voz de la máquina emitió el nuevo aviso. Al detenerse el tren, Laura y yo pusimos pie en tierra, ella llorando porque quería seguir el viaje, yo feliz de reconocer en su llanto las huellas del pasado. Era tarde caída cuando entré en casa, besé a mi mujer y preparé un café para mí y un vaso de leche con galletas para mi futura estrella.


Jorge Andreu

14 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

Tu infancia es fácil de recordar, está ahí al lado. Y me encanta que, a pesar de tus pocos años confieses que guardas con cariño al niño que vivirá por siempre en tu interior. Precioso, Jorge.


¿Sabes que nuestra común amiga se ha rendido al encanto de Saramago?No podía ser de otra forma.

Jorge Andreu dijo...

Gracias, María Jesús. Ya sé que mi infancia está muy cerca, pero han pasado ya tantas cosas y ha sido tanto tiempo el perdido en ocasiones, que me da nostalgia ver a una madre con su hija viviendo lo mismo que yo hacía con mi abuela. Fue un viaje en tren tan hermoso...

¿Saramago? ¿Con nuestra amiga Isabel? ¡Cómo no! Ya le dedicaré unas palabras cuando venga por aquí: espero su llegada.

Un fuerte abrazo, María Jesús, y gracias por leerme.

Isabel Martínez dijo...

Pues aquí estoy, querido Jorge y querida María Jesús.

Lo primero de todo: Jorge, ¿estamos conectados? Tú con trenes. Yo con trenes. Pues que vivan los trenes y nos lleven por los buenos raíles de las letras, como a ti te ha conducido este tren tan hermoso. Porque es un relato muy bonito y muy sereno. Me ha transmitido una inmensa paz.

Lo segundo: pues sí. Por primera vez estoy leyendo a Saramago y ME GUSTA MUCHO. Nuestra sin par María Jesús me mandó un regalo que no tiene desperdicio: "El viaje del elefante". ¡Qué descubrimiento! Gracias mil veces.

Por favor, Jorge, continúa así. No te abandones a lo facilón, a ser un chico que experimenta y destroza el lenguaje. Todo eso es muy fácil y muy caduco. Se hace cada diez años, más o menos.
Sé auténtico. Sé tú, tal y como yo te leo y no me canso de leerte.
¡Cuánto prometes!

William Tea dijo...

Magnífico, realmente magnífico.

Culturajos dijo...

Es un relato precioso camarada, de principio a fin. Estoy con Isabel, sigue así, estoy seguro que algún día tu nombre será sonado por todo lo alto.
Un fuerte abrazo.
Fumador.

Susana dijo...

Casi tan terriblemente entrañable como tú mismo. Un besazo.

Jorge Andreu dijo...

Isabel, creo que definitivamente estamos conectados. Sobre todo ahora que nos conecta una vía más: la de Saramago, que es en muchos aspectos mi escritor favorito. Y los trenes, por supuesto. Ahora mismo acabo de llegar a casa de un tren y vengo agobiado por un viaje de tres horas que debía durar hora y media; no volvería a coger un tren ahora mismo, pero mañana por la mañana sí lo tomaría y disfrutaría leyendo en el viaje. Cuántos libros me habré zampado ya a bordo.

Una vez más, me alegro muchísimo de recibir tu visita y tus palabras. Gracias por estar pendiente.

Un abrazo.

Jorge Andreu

Jorge Andreu dijo...

Sir William, ¿qué decirte? Magnífico es sentirme tan querido. Gracias por venir.

Igual te digo a ti, Susanita, entrañables son tus palabras. No me has sacado los colores porque los traigo del tren, pero sí me has sacado las lágrimas.

Y a ti, mi querido amigo Culturajos, otrora como el machadiano Sol de Infancia, te envío un fortísimo abrazo. Ojalá que se hagan realidad los deseos que pides para mí. Yo también los pido en tu nombre: espero pronto tener entre mis manos un ejemplar de ese tu próximo libro.

De nuevo gracias a todos por visitarme y leerme. Me siento querido. Gracias a vosotros.

Un fuerte abrazo para todos.

Jorge Andreu

Alberto Cancio García dijo...

Este relato es psicológicamente grandioso. Esa niña y sus trenzas tienen vida propia, muchacho.

Un descaro, vamos, como se dice en mi tierra ;)

Jorge Andreu dijo...

Gracias, amigo mío. Cuánto deseaba ver palabras tuyas por aquí.

Mª Teresa Sánchez Martín dijo...

Dices en respuesta a un comentario:"… ha sido tanto tiempo el perdido en ocasiones"
Permíteme que lo ponga en duda. Tu capacidad de observación, la sensibilidad que demuestras en esa experiencia y la emoción que expresas al asociarla con tus recuerdos, demuestra que no has perdido el tiempo. Eso sin contar con tu magnífico perfil y tus selectas lecturas.

Sigue así y aprovecha todos los "Destellos de sol sobre un lecho de cristal"

Un abrazo
Teresa

Jorge Andreu dijo...

Mª Teresa, permíteme que sí contradiga tu comentario. Cuánto me gustaría haber aprovechado el tiempo que perdí desde los 13 a los 16 años. Mi primer libro lo leí con 16 años: Cuatro Gatos, de Enrique Ventura (si mal no recuerdo ése era el autor). Y en el fondo no me arrepiento de que fuera tan tarde, porque desde entonces he ido a libro por semana, hasta leer libros de 500 páginas en dos días (es decir, mil veces más la velocidad y la intensidad que cualquier lector adolescente pueda dar a sus libros). El perfil que admiras en tu comentario (muchas gracias, por cierto) corresponde a dos años de intensas, pero muy intensas horas de lectura, y esa capacidad de observación ha sido desarrollada gracias al amor que ahora -sólo ahora- siento hacia la vida y la literatura.

Gracias por volver por aquí, Teresa. Te recibiré en cada visita con los brazos abiertos.

Un beso.

Jorge Andreu

gadi dijo...

Los niños son reflejos de nosotros mismos y la oportunidad de no cometer los mismos errores que cometieron con nosotros.

La niña toma vida propia en la imaginación del lector. Magnífico que con tan poco sepas evocar tanto. Precioso texto.

Jorge Andreu dijo...

Me alegro de que te guste, Adrián. Los niños nos traen muchas cosas a la memoria, sobre todo si aquellas palabras que pronuncian en un momento determinado tienen tanta relación con la infancia que uno ha vivido. A mí me cautivó el recuerdo de una pequeña, guapísima, con coletas, que canturreaba con la vista perdida en el horizonte de la playa de Cortadura. Ahora me acuerdo de una frase que dice Galdós en La de Bringas: era algo así como que los adultos son los reflejos de los niños (no la recuerdo con palabras textuales, por aquí las tengo anotadas en un documento traspapelado entre archivos de office).

Gracias por tu comentario, me alegro de saber que estás detrás de la pantalla.

Un abrazo.

Jorge Andreu