miércoles, 16 de febrero de 2011

Coche 5. Plaza 239. Ventanilla.

Me duelen los cojones del alma. Apenas he comido en todo el día: desayuné a las diez de la mañana y luego me he tragado un marrón tras otro hasta que a eso de las siete he almorzado un café moca y una señora magdalena con pepitas de chocolate. Pero no adelantemos acontecimientos. Tengo que contaros algo y como siempre, es mejor empezar por el principio.

Esta mañana me he levantado aliviado aunque con varias horas de sueño atrasado, pero ahora que voy en el tren de regreso desde Sevilla, me duele el cuerpo como si me hubiesen obligado a pedalear rumbo a Cádiz.

Salí a la hora del almuerzo de una reunión sobre mi viaje a Grecia y fui a la estación de tren, donde una amable señora me ofreció un horario de cercanías. Compré el billete y me senté a leer en tanto que anunciaban la próxima salida. Al entrar en el vagón, busqué un asiento apartado y lo ocupé con la intención de sacar mi ordenador y ver el principio de Sonrisas y lágrimas (para recordar las secuencias la semana próxima mientras recorra las calles de Viena), pero toda una clase de instituto entró en el tren en la siguiente parada, de manera que preferí guardar el ordenador y continuar con la lectura. Decisión personal, tan sólo eso.

Cuando llegué a la estación de destino, me resguardé de la lluvia bajo un techo hasta que a las tres y media de la tarde llegó el tren de media distancia. Me hicieron cambiar dos veces de asiento, pues no tenía plaza reservada. Entre mudanzas, visualicé una magnífica película titulada Doce hombres sin piedad, en la que Henry Fonda me proporcionó una hora y media de evasión. De inmediato una máquina con voz femenina anunció la llegada a San Bernardo, en Sevilla, y bajé. Aquí comenzó mi aventura.

No llovía, pero algo se me venía encima, estaba seguro. Tomé un autobús que me dejó en la puerta de una residencia de estudiantes. Me habían avisado, pero el ser humano es incapaz de ver más allá de las paredes. Cuando estaba a punto de acceder al hall principal, un guardia de seguridad que pertenece a una raza conocida en mi pueblo como hijos de una señora cuya profesión es altamente elogiable y por desgracia mal considerada, me esperaba escondido detrás de una pequeña muralla con un cigarrillo encendido en la mano y una falsa sonrisa en la boca. Me preguntó el motivo de mi asistencia, como si por mi aspecto no pudiese acceder al habitáculo de los pijos, de cuyo nombre no quisiera acordarme y en cuya lista de huéspedes se encuentra mi pareja, aunque no hable el mismo idioma que aquellos que gustan de jugar al pádel con un polo de noventa euros cubierto por un jersey con un cocodrilo cosido en el pecho. Eché, pues, mano del teléfono móvil —¡maldito aparato!— e hice que mi musa bajase a recibirme para dar una vuelta, puesto que de lo contrario nos hubiesen tenido más controlados que en una cárcel. La lluvia asomaba en la esquina del callejón, como la gatita presumida.

Caminamos, después de tomar otro autobús, por una avenida en busca de un quiosco que nos vendiese algo de comer, y como no lo encontramos, visitamos una parte del paraíso: un Starbucks cercano a la hermosa catedral sevillana que tantos sueños me ha quitado. El paréntesis de entonces es la mitad de lo bueno que he vivido esta tarde: Mozart de fondo, una magdalena enorme cuya pronunciación en inglés no consigo articular, un café moca y una línea de wifi que pedíamos a gritos para ver la hora del último tren. Pensé en un hostal, pero soy un estudiante que aún no disfruta de su beca.

Probamos a suertes de nuevo en la residencia. De vuelta pasamos por un centro comercial y entramos para comprobar la disponibilidad de un artículo de informática. Sólo para ver su precio. No tardamos ni cinco minutos en salir. El guarda de seguridad me miró como si me hubiese metido algún artículo en el bolsillo. Lo único que hubiese comprado era un libro, y ya había pasado antes por Casa del Libro: prefiero comprar —que no robar¬— en otra habitación del paraíso, y no en aquel centro comercial. En fin, tendré que conformarme con parecer un macarra a los ojos de los seguretas.

Otro autobús de vuelta, esta vez liberados un poco de la lluvia. Empezaba a dolerme un riñón por el desembolso de las horas. Llegamos a la residencia y de nuevo nos topamos con el simpático guardián del pijerío, el Cancerberosea, y una vez visto que no habría manera de persuadirlo para entrar sin dejar mi firma en el papel de las visitas, tuvimos que dar nuestros datos. Dos de los apellidos se escriben con tilde, pero, ¡ay!, eso él lo pasó por alto. Mi visita no. Pero la grafía sí.

Hacemos lo posible por comprar el billete de vuelta vía internet, pero aunque aún no había llegado la última hora, Renfe nos lo impide. La web funciona en los momentos menos adecuados. Un día redondo, quizás. Hablamos durante media hora y luego empieza mi regreso.

Al salir del ascensor, me di cuenta de que el portero no estaba en recepción. Tampoco fumaba en la puerta. Hubiese sido una buena oportunidad de entrar sin ser visto, pero el azar es caprichoso. Esperé, pues no tenía más remedio, que llegara. Pedí el papel para firmar y así confirmar mi despedida, y entonces tuve una idea que no sirve de mucho pero que a uno le sube un poco la moral: hice mi garabato y con una intensidad ligeramente mayor al trazo anterior, dibujé dos grandes tildes sobre los apellidos, dos tildes acentuadas como las dos bofetadas que se hubiera llevado de no haberme convertido a día de hoy en lector civilizado. Aunque a pequeña escala, fue una especie de venganza. Le dije al devolverle el papel: “¿Sabes qué? A los filólogos nos matan más que el tabaco”. No sé si me entendió, pero no me importa: al menos me desahogué.

He tenido que asistir a la incompetencia de la secretaría de mi facultad esta mañana y a la excesiva competencia de un guarda de seguridad. Podía haber sido al revés y esta mañana quizá me hubiese dado tiempo a repasar la pieza que debo interpretar mañana. Suerte que aún queda un día para la audición, porque de lo contrario el sueño de amor se hubiese convertido en un martirio y hasta al pobre Liszt le hubiesen chirriado los oídos bajo la tumba.

Lo único bueno de esta tarde ha sido la compañía, y era la finalidad de mi viaje. Puedo decir que, en cierto modo, he empezado y finalizado un trayecto. Espero que el de Viena no sea igual. Ojalá pudiese llevarme la misma compañía para disfrutar juntos de un café vienés en lugar de un moca angustiado.

Una experiencia más del destino. O como se diría en el lenguaje tabernario que tan buen regusto a cerveza me deja en el paladar: un día de mierda.

El que firma esta entrada, por cierto, no se parece tanto a mí. Viaja en el asiento número 239, lee un libro electrónico y huele a sudor. Yo ocupo la plaza 241 aunque mi billete diga lo contrario, tengo la ventana como la libertad al alcance de mi mano derecha y siento el rugido de mis tripas.


Jorge Andreu
(Perdón por la extensión. El revisor me mira por encima de sus gafas.
¿Pensará que he atracado la taquilla para no pagar mi billete?)

11 comentarios:

Alberto Cancio García dijo...

Una narración excelente, con sinceridad. Lúcida, sencilla y desahogada. Me ha encantado.

Sombragris dijo...

Bueno,Jorge...la ignorancia es un vicio inconcebible...pero alguien debe usarlo asi como la inoperancia y la estupidez...sino no existirían esas palabras...no crees?
UN abrazo

Jorge Andreu dijo...

Tienes razón, Alfonso. Como decía un viejo amigo mío: hay cierta gente en el mundo porque tiene que haber de todo. Lástima que a veces se presenten en los momentos menos oportunos.

Un abrazo.

Jorge Andreu

Jorge Andreu dijo...

Alberto, amigo mío, era lo último que esperaba escuchar de esta entrada, como te dije anoche. Pero me alegra mucho y me conmueve saber que te ha gustado la narración. Desahogada, al menos, sí es.

Un abrazo.

Jorge Andreu

Maya dijo...

¡Excelente narración! cautiva la atención y me hace querer seguir "escuchando"... Y ciertamente se siente ese "deshaogo" en tus letras, y funciona de maravilla para el lector, que siente la frustración misma... ¡Saludos!

Jorge Andreu dijo...

Gracias, Maya. Me alegro de saber que no os disgusta. Es un placer saber que lectoras como tú se sienten satisfechas con este texto.

Un beso.

Jorge Andreu

PD: Aún espero unas semanas libres para leer la saga de Proust, desde que con tu blog despertaste mis ganas de terminar con el tiempo perdido. Ojalá llegue pronto.

Susana dijo...

"un guardia de seguridad que pertenece a una raza conocida en mi pueblo como hijos de una señora cuya profesión es altamente elogiable y por desgracia mal considerada"
Es que eres genial, joder.
¡Coraje de ti en Viena! :P

Pablo R.P. dijo...

Qué bien escribes, mi querido compañero de Jazz! Ya hablaremos tras tu regreso de Viena :-)

Jorge Andreu dijo...

Estoy sensiblero hoy, nostálgico y muerto de sueño. El viaje a Viena ha sido una experiencia inolvidable que os contaré en unos días.

Susana, eres un sol, lo sabes tan bien como que mi humildad no permite elogios tan absolutos. Ciertamente, hay varias razas en las personalidades, o al menos eso pienso yo. Tú eres de las que tienen alas.

Pablo, me alegra mucho verte por aquí. No esperaba tu visita puesto que ni siquiera te he hablado de mi blog, lo cual me emociona con creces. Hablaremos esta semana en el café del viernes, ¿vale?

Abrazos.

Jorge Andreu

PD: Me voy a la puerta de embarque. En unos días os enseñaré las cosas que he escrito y que escribiré sobre el viaje.

Mariajo Arenas dijo...

yo quiero leer esas cosas...

Jorge Andreu dijo...

Las leerás. Aún no he trabajado mucho en ello, pero para esta semana deben estar publicadas, porque el próximo domingo me voy a Grecia y tendré que escribir mis impresiones sobre un viaje bien distinto. Las leerás pronto.