jueves, 8 de noviembre de 2012

Un hombre a un diccionario pegado

Aquella mañana, las palabras le sonaban extrañas. Mientras oía las noticias en la radio, intentó pronunciar «desayuno» y por alguna razón se parecía a «menudo». Pensaba en aquella entonación, como si la causa fuese una mala articulación de los sonidos. Sólo se dio cuenta de que en su mente se dibujaba la imagen del café y las tostadas, pero él ya no sabía cómo se pronunciaban. Soltó una vez más la palabra «desayuno», escuchó el eco del comedor, esperó en silencio unos segundos hasta que todo ápice de voz hubo desaparecido. En su mente se recreaba la palabra «mundo» mientras pensaba en el pan con aceite.

Era lector de enciclopedias y estudioso del vocabulario: cada mañana, camino del trabajo, repetía una y otra vez las diez palabras que había extraído del diccionario antes de salir. Había conseguido memorizar la mitad del contenido cuando sintió que se olvidaba de cómo se decía «desayuno». Desconcertado, tomó el último trozo de pan, apuró el… líquido de la… del recipiente con asa y se dio cuenta de que había olvidado las palabras «taza» y «café». Se levantó del sofá de un salto y, nervioso, echó mano del diccionario de la estantería. Esa mañana no quiso ir a trabajar, aunque perdiese un día de sueldo; en lugar de ello, se pasó las ocho horas de su turno entre las palabras ya aprendidas del diccionario.

Después de tan intensa sesión de estudio, se aseguró de conocer su vocabulario, y para comprobarlo salió a la calle con una libreta en donde anotó cuanto veían sus ojos. El paseo duró tres horas. No había olvidado ninguna de las palabras, su memoria parecía intacta. Tal vez había sido una falsa alarma, una reacción de su cabeza ocasionada por el estrés o por el miedo a olvidar sus conocimientos. Regresó a casa satisfecho y se preparó otro café en taza. Dijo: no quiero tostadas, aceite ni sal. Dijo: eso para el desayuno de mañana. Y así se aseguró de recordar lo estudiado.

Cuando sonó el teléfono y enfadado por la interrupción atendió la llamada, su respuesta fue: «Aquí no vive esa persona». En la lista de llamadas figuraba el teléfono de su oficina. 

Desde entonces merodea por las calles con aire de sabio y la cabeza alta, orgulloso de conocer a la perfección medio diccionario. Pero no recuerda ni su propio nombre.

6 comentarios:

Gadi dijo...

Un cuento con un mensaje muy importante, enhorabuena, me ha gustado leerlo :)

Jorge Andreu dijo...

Gracias, Adrián. Siempre es un placer saber que te gusta lo que escribo. Nos vemos pronto para darle un poco de forma a este fósil bloguero. Y para hablar de algunos libros, que quiero comentarte.

Un abrazo

Jorge Andreu

Teresa dijo...

Un relato muy original y tristemente ajustado a la realidad. Un placer leerte.

Un saludo.

Jorge Andreu dijo...

El placer es mío, Teresa. A veces, una persona puede acercarse tanto al conocimiento infinito, que olvida cosas más importantes por el camino. O no las tiene en cuenta, sencillamente.

Un beso

Jorge Andreu

J o s e A n t o n i o dijo...

Me encanta hojear y ojear diccionarios, enciclopedias y mapas. A menudo se me olvida el nombre de las cosas que tengo ante mis............................................................................................................... ay! sí, narices.
Esto así me ocurre, y me da pavor.

Jorge Andreu dijo...

Pues sí, a veces pasa, José Antonio.