miércoles, 20 de febrero de 2013

La música del tiempo: Viena

Esta mañana, Marcel miraba con ojos tristes. Tomaba un café mientras maquetaba la edición de un libro y se le perdía la atención bajo el cristal de la mesa, en aquella superficie que los libros dejan siempre al descubierto para tener presente aquella historia de amor. Es una vista desde la más alta torre de la catedral, lo único y sin embargo necesario después de una escalada de trescientos cuarenta y tres escalones. Siente al verla como un escozor en la garganta, un eco lejano de aquellos días, porque hoy se cumplen dos años de su visita a la capital de la música y de cuantos sentimientos despertaran las cuatro paredes del albergue de la Myrthengasse. Aquellos coros de voces masculinas que canturreaban un himno alrededor de una botella, aquellas calles que contagiaban la blancura a las sonrisas, aquellos paraísos subterráneos de madera, aquellos cafés y el clasismo de sus clientes. La filarmónica, Rossini, Schubert, Mozart, Haydn, Schumann, Brahms, coleteros y birlados billetes de metro, salchichas indigestas, la escala cromática en botellines de cerveza. Música y vida estuvieron unidas como nunca antes a lo largo de una semana.

Marcel acaricia el teclado y se le escapan las erratas del libro. Su cabeza vuelve una y otra vez a esa escena con la que arranca la novela, ese joven deshecho en la mesa de un bar con dolores de estómago y este interlocutor que descubre poco a poco los motivos de su enfermedad. Pero aquel dolor está muy lejos, los días, los meses, los años han pasado y el tiempo se ha quedado detenido en el veintiséis de febrero de 2011 a las once de la noche, cuando recordaba la ópera y el sueño. Ahora tiene tan presentes aquellas sensaciones: es como si el transcurso de esa semana hubiese cicatrizado en su interior, y sólo quiere avanzar en su trabajo para dejarse embriagar de nuevo por las palabras que aún figuran en su libreta, sin forma y esquematizadas. 

¡Ay, Viena, amada ciudad de blanca piel, cuántas veces quisiera tenerte fronteriza para cruzarte de cabo a rabo! Marcel empieza a quejarse de un fuerte dolor de estómago y se empeña en corregir las erratas, en unificar el interlineado y los márgenes, para tener un rato de amabilidad con el papel y llenarlo de besos y recuerdos. Y de fondo, Ben E. King. ¡Cómo no iban a saltársele las lágrimas!

Jorge Andreu