domingo, 23 de febrero de 2014

Manuel Martín Cuenca - Caníbal (2013)

A menudo la más absoluta maestría radica en la frialdad y la sencillez. Es más difícil dejar asuntos en el tintero para que otros completen un cuadro que ofrecer todas las posibilidades sin dejar lugar a dudas y reinterpretaciones. La mirada fija, sin asomo de sentimientos, unida a la meticulosidad en el tratamiento de los telares, convierte a Antonio de la Torre en un magnífico retrato del tirano calculador que juega con la carne de sus víctimas mientras planea tejer en beneficio propio. Ese es el depredador del que Manuel Martín Cuenca se ocupa en su última película, Caníbal (2013), que rebasa los límites del silencio y hace estremecer al espectador sin artificios ni sorpresas.

Afincado en Granada, Carlos tiene una sastrería donde teje y desteje a mano los mejores trajes de la ciudad, pero guarda un secreto que no se puede compartir: basa su alimentación en la carne humana de mujeres con las que no tiene ningún lazo emocional. Una noche de lluvia conoce a Alexandra, una rumana que acaba de llegar a la ciudad y se anuncia como masajista para salir adelante. Aunque todo parece normal, después de una discusión con su hermana gemela desaparece y nadie vuelve a saber de ella. Entretanto, la hermana, Nina, pide ayuda a Carlos y, como muestra de agradecimiento, intenta prestarle tanta atención que acaba por enamorarse de él, sin saber cuáles pueden ser las consecuencias.

La película es un adagio sostenuto. Transcurre a ritmo lento, sin que por ello su protagonista se convierta en objeto a desmenuzar: largas escenas en un solo pero amplísimo plano como la secuencia inicial de la gasolinera; momentos de calma como la cena de un buen trozo de carne acompañado de vino tinto; fríos diálogos que suceden a los silencios y que si no llevan a perfilar al personaje de Carlos, sí lo convierten en un hombre normal a vista de la gente que lo rodea. La belleza del montaje radica justo en eso: en aparentar normalidad, con una ausencia total de sentimientos y una mirada sin vida ni pretensión de grandeza, mientras por dentro se agita cada vez más el devorador de mujeres que descubre su mayor debilidad sin ponerle remedio. 

Con ocho nominaciones a los Goya y el premio a la mejor fotografía, Caníbal es una metáfora del político sin escrúpulos que ofrece su lado menos agitado mientras por dentro se revuelve en maquinaciones. La espectacular interpretación de Antonio de la Torre y la ternura de su pareja de reparto, Olimpia Melinte, junto a la limpieza total de elementos como la música, los diálogos vacíos de contenido o la ausencia del dinamismo exigido por norma en el cine comercial, hacen de esta película una obra de arte que, si bien tropieza en un par de ocasiones a lo largo de sus dos horas, sacude desde la primera escena e induce a la espera para la resolución del conflicto en el último momento. Completa la línea principal un telón de fondo compuesto por tres motivos: la catedral de Granada en un plano fugaz de los primeros minutos, un breve recordatorio de tambores hacia la mitad de la cinta y la larga secuencia de la procesión con la que se cierra el argumento, dejando entrever un ápice de la personalidad de ese frío trabajador de las telas y la carne. 

Merece la pena, después de superar la idea sobre la que se construye la historia, asomarse a esta muestra de que decirlo todo no exige ser explícitos. No defrauda si lo que se espera no es una película absurdamente sangrienta.

2 comentarios:

Carmen Forján dijo...

Sutil y precisa reseña, que tampoco muestra sino que insinúa. Me gusta lo que me llevar a intuir...
Un abrazo,

Jorge Andreu dijo...

Muchas gracias, Carmen. Ojalá te guste la película, que sí merece la pena.

Un abrazo,

Jorge Andreu