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sábado, 12 de julio de 2014

Smoke (1995): de cómo pesa el humo en la creación

Con una anécdota sobre el peso del humo de un cigarro se abre esta extraordinaria película dirigida por Wayne Wang y escrita por Paul Auster. Smoke (1995) es una narración de cinco historias cruzadas por la casualidad que explora desde el vacío de la página hasta el trance previo a rellenarla, con un telón de fondo donde la suplantación de la identidad, la huida egoísta del pasado, el reencuentro con una pareja de juventud o la vacuidad de un escritor viudo componen el mecanismo de una bomba de relojería que en algún momento decidirá estallar. 

Desde el estanco de Auggie Wren, en Brooklyn, se esparcen cinco vidas enlazadas sin saberlo desde el momento fortuito en que Rashid, un joven negro que va en busca de su padre, salva al escritor Paul Benjamin de ser atropellado y este decide acogerlo en su apartamento. La historia de este muchacho, cuya pista siguen unos ladrones, será el hilo conductor de toda la película. Y ello no es de extrañar: se trata del joven desorientado que anda por la vida sin saber muy bien cómo ni por qué, con el único objetivo de encontrar a su padre. Alrededor de su búsqueda giran la tortura del escritor que no logra escribir una nueva novela y, frente a esta, la constancia de Auggie en fotografiar la misma esquina todos los días a la misma hora, como dos caras de un mismo perfil, el del creador, que intenta tomarse la vida de otra manera a pesar de sus desdichas. El pasado de Paul, su mujer asesinada y la sequedad creativa que el desastre supuso, y el de su amigo Auggie, cuya exnovia viene a advertirle de la existencia de una hija adicta al crack, constituyen el peso que, cada cual a su manera, cargan ambos a sus hombros. Y subyacente a estos cinco caminos que en una ocasión llegarán a cruzarse tenemos un relato verídico que sin pretenderlo ha dado pie a lo que tal vez sea el éxito definitivo de Paul Benjamin.

Entre el humo mágico de esta historia pensada y escrita por Paul Auster se mueven cinco actores cuya magnífica interpretación no permite un parpadeo. El espectador queda absorbido desde la anécdota que abre la película hasta aquella otra en la que el ciclo se cierra. Y eso acaso debido a los largos planos, que no permiten distracción, a unos diálogos a los que sin evitar la espontaneidad no les falta de nada, y sobre todo a la estructura, planeada desde el primer momento, que arrastra todas las claves hasta una excelente resolución en la segunda mitad de la película. 

Por último, la historia se cierra con una extraordinaria escena entre Harvey Keitel y William Hurt (Auggie y Paul, respectivamente) que bien vale su peso en oro, desde el monólogo del primero hasta la detenida mirada con que ambos fuman el último cigarrillo de la película. Una obra de arte, verídica y azarosa, que por fin tiene su representación en los minutos finales, mientras asoman los créditos, como una consecuencia de todo el proceso.

domingo, 23 de febrero de 2014

Manuel Martín Cuenca - Caníbal (2013)

A menudo la más absoluta maestría radica en la frialdad y la sencillez. Es más difícil dejar asuntos en el tintero para que otros completen un cuadro que ofrecer todas las posibilidades sin dejar lugar a dudas y reinterpretaciones. La mirada fija, sin asomo de sentimientos, unida a la meticulosidad en el tratamiento de los telares, convierte a Antonio de la Torre en un magnífico retrato del tirano calculador que juega con la carne de sus víctimas mientras planea tejer en beneficio propio. Ese es el depredador del que Manuel Martín Cuenca se ocupa en su última película, Caníbal (2013), que rebasa los límites del silencio y hace estremecer al espectador sin artificios ni sorpresas.

Afincado en Granada, Carlos tiene una sastrería donde teje y desteje a mano los mejores trajes de la ciudad, pero guarda un secreto que no se puede compartir: basa su alimentación en la carne humana de mujeres con las que no tiene ningún lazo emocional. Una noche de lluvia conoce a Alexandra, una rumana que acaba de llegar a la ciudad y se anuncia como masajista para salir adelante. Aunque todo parece normal, después de una discusión con su hermana gemela desaparece y nadie vuelve a saber de ella. Entretanto, la hermana, Nina, pide ayuda a Carlos y, como muestra de agradecimiento, intenta prestarle tanta atención que acaba por enamorarse de él, sin saber cuáles pueden ser las consecuencias.

La película es un adagio sostenuto. Transcurre a ritmo lento, sin que por ello su protagonista se convierta en objeto a desmenuzar: largas escenas en un solo pero amplísimo plano como la secuencia inicial de la gasolinera; momentos de calma como la cena de un buen trozo de carne acompañado de vino tinto; fríos diálogos que suceden a los silencios y que si no llevan a perfilar al personaje de Carlos, sí lo convierten en un hombre normal a vista de la gente que lo rodea. La belleza del montaje radica justo en eso: en aparentar normalidad, con una ausencia total de sentimientos y una mirada sin vida ni pretensión de grandeza, mientras por dentro se agita cada vez más el devorador de mujeres que descubre su mayor debilidad sin ponerle remedio. 

Con ocho nominaciones a los Goya y el premio a la mejor fotografía, Caníbal es una metáfora del político sin escrúpulos que ofrece su lado menos agitado mientras por dentro se revuelve en maquinaciones. La espectacular interpretación de Antonio de la Torre y la ternura de su pareja de reparto, Olimpia Melinte, junto a la limpieza total de elementos como la música, los diálogos vacíos de contenido o la ausencia del dinamismo exigido por norma en el cine comercial, hacen de esta película una obra de arte que, si bien tropieza en un par de ocasiones a lo largo de sus dos horas, sacude desde la primera escena e induce a la espera para la resolución del conflicto en el último momento. Completa la línea principal un telón de fondo compuesto por tres motivos: la catedral de Granada en un plano fugaz de los primeros minutos, un breve recordatorio de tambores hacia la mitad de la cinta y la larga secuencia de la procesión con la que se cierra el argumento, dejando entrever un ápice de la personalidad de ese frío trabajador de las telas y la carne. 

Merece la pena, después de superar la idea sobre la que se construye la historia, asomarse a esta muestra de que decirlo todo no exige ser explícitos. No defrauda si lo que se espera no es una película absurdamente sangrienta.

sábado, 3 de agosto de 2013

Billy Wilder - El apartamento (1960)

En el fondo, hay muchas razones para reconciliarse con el género humano, y a veces la programación de los jueves por la noche, en Los Clásicos de la 1, nos ayuda a darnos cuenta. La otra noche dieron en televisión El apartamento (1960), una «comedia trágica» considerada como la obra maestra de Billy Wilder y ganadora de 5 Oscars. La protagonizan un excelente Jack Lemmon y una encantadora Shirley MacLaine que a lo largo de estas dos horas hacen reír, pensar e incluso emocionan sin permitirnos un descanso. 

C. C. Baxter trabaja en una empresa de seguros y tiene una vida sencilla con un problema muy particular: vive de alquiler en un apartamento y, a cambio de un ascenso laboral, se ve obligado a cederlo a sus superiores para sus citas extramatrimoniales. Pero un día se complica la situación al enamorarse de una ascensorista que es, a su vez, amante del dueño de la empresa. Llegado ese momento, la comicidad pasa a segundo plano durante buena parte de la cinta para iniciar un dilema entre el deber y los sentimientos que es el núcleo del conflicto.

Billy Wilder atribuye la voz narrativa al protagonista, que se presenta como un oficinista corriente con un pequeño problema —que cuenta como algo anecdótico— y que en el curso de la historia se mostrará como un títere del poder. Con una narración lineal el argumento ofrece al espectador, en primer lugar, un perfil de los huéspedes espontáneos que hacen uso del apartamento, todos situados en la empresa por encima de Baxter, para contrastar con el protagonista, que cede a los chantajes de su jefe porque ve que el ascenso por fin llega y lo transporta a cargos cada vez más importantes. Pero el choque con su jefe al descubrir que la guapísima Fran es su amante incide en el carácter de Baxter y provoca un cambio de tono en la acción, que desde ese momento se ralentiza y se detiene en los pormenores de la, primero, incómoda, luego crítica situación en ese triángulo de amor, desamor y sumisión.

La película nos abre un abanico de asuntos sobre los que reflexionar: desde el chantaje de los jefes hacia sus empleados hasta la falta de escrúpulos de los empresarios más poderosos para con sus amantes, a las que al margen del matrimonio encandilan con falsas promesas y juegos de seducción. El tratamiento de la mujer como un objeto también es un tema relevante de esta historia: todas las mujeres que aparecen en escena mantienen relaciones con los superiores de Baxter y todas son atendidas sólo en el apartamento para evitar problemas en los respectivos matrimonios con otras mujeres, probablemente malcasadas. Y por último, un tema de un crudo realismo que trasciende la línea del tiempo —pensemos que la película es de 1960 y, de pura inmortalidad, puede aplicarse a los años que corren—: las consecuencias de enfrentarse a la tiranía, decisivas para el final. Desenlace, por cierto, con una guinda memorable para el pastel que, pese a todo, nos arranca una última sonrisa.

En suma, El apartamento es una obra maestra que no ha perdido con los años más que la calidad del sonido y que recomiendo a quien no la conociera de antes o, como yo, sólo de oídas. Uno de esos motivos por los que atender a la televisión los jueves por la noche.

Jorge Andreu

viernes, 29 de marzo de 2013

Fred Zinnemann - Julia (1977)

A menudo conmueve comprobar que algunas amistades no envejecen, como no envejecen muchas películas. Después de más de treinta años, Julia (1977) aún contiene la frescura de una bellísima narración sobre la amistad al mismo tiempo que rescata la sensación de que alguien nos observa desde cerca. Drama y suspense mezclados en una cinta que protagonizan Jane Fonda en el papel de la escritora Lillian Hellman y Vanessa Redgrave en el de su amiga Julia, dirigida por el vienés Fred Zinnemann y con una evocadora banda sonora de Georges Delerue. 

Desde su edad adulta, mientras se muestra de espaldas pescando en una barca, a solas con su testarudez, Lillian Hellman recuerda cómo conoció a su amiga Julia, una joven de familia acaudalada que dejó una huella imborrable en su adolescencia. Con la mirada nostálgica de quien se encuentra a la búsqueda del tiempo perdido, la narradora y protagonista de esta historia nos da cuenta, primero, de sus juegos de adolescencia con Julia, segundo, de cómo la vida las ha obligado a adoptar diferentes caminos —Lili se convierte en una escritora de éxito mientras que Julia se marcha a Oxford y luego a Viena para estudiar con el doctor Freud—, y por último, de un largo viaje en tren  hacia Moscú en el que tendrá que cumplir con un encargo de Julia, que en vísperas de la Segunda Guerra Mundial es miembro de un grupo antinazi. Basada en hechos reales, esta historia es la travesía vital de una judía que pudo ver desde dentro cómo funcionaban las cosas en los años previos a la guerra. 

Así pues, la película consta de tres partes. La primera de ellas, y más breve, cuenta la amistad entre Lillian y Julia, de la que surge la posterior fidelidad de la primera hacia la segunda. Desde este momento se hace patente el hecho de que la admiración de Lillian hacia su amiga le daría fuerzas para hacer lo imposible por satisfacerla, como puede verse en la segunda parte, que se centra en el desarrollo de esa amistad desde la distancia: Julia se ha ido a estudiar al extranjero y Lillian intenta seguirle la pista, aunque en ocasiones sus cartas parecen no llegar a su destino. Por último, la tercera parte, que ocupa la segunda mitad de la película, constituye un relato de suspense en toda regla: es el viaje que hace Lillian en tren hacia Moscú, con trasbordo en Berlín cumpliendo con un encargo de su amiga que consiste en transportar 50.000 dólares destinados a comprar la libertad de una gran cantidad de judíos. A lo largo de este viaje, donde prima la intriga frente al tono de nostalgia que poblaba la primera mitad de la narración, Lillian muestra su valentía y, sobre todo, su fidelidad hacia Julia. 

Mención aparte merece el cambio de tono de este tercer capítulo. Al reconocer el motivo del tren con que se abre la cinta y al que de nuevo se recurre en esta ocasión, el espectador comprende y conoce, por lo que la historia ha dejado atrás, que el propósito de la narradora no es recuperar del olvido una serie de vivencias adolescentes ni explicar los lazos de amistad que unen a las dos protagonistas, sino que pretende ir mucho más allá: en esta segunda hora de película ofrece una visión interna de cómo se ponen de acuerdo los verdaderos luchadores en la clandestinidad. De manera que la primera mitad de la historia, enmarcada por el humo de la locomotora, no era sino una presentación de dos caracteres en apariencia opuestos que al final se unirían por un interés común. Y por fin, todo el relato, envuelto en la bruma del recuerdo —esa mujer sentada sobre una barca como si intentase pescar imágenes del pasado—, contiene la frescura de la inmortalidad artística: es un lienzo al óleo que con el transcurso de los años se ha vuelto transparente.

Toda una joya cinematográfica que recibió, entre otros premios, el Oscar al mejor guión adaptado por el excelente trabajo de Alvin Sargent sobre el relato autobiográfico de Lillian Hellman. Una reliquia por la que no pasa el tiempo, aunque los años hagan de ella una pieza de coleccionista con imágenes traslúcidas de una realidad, la de los años veinte y treinta, oscura como el fondo de un lago.

viernes, 8 de marzo de 2013

Jon Avnet - Tomates verdes fritos (1991)

Detrás del título Tomates verdes fritos se esconde una preciosa muestra de la importancia de la amistad, una de las más emocionantes que he visto en los últimos meses. El afán de superación por la creencia en un modelo de conducta, el humor como método de fortalecimiento, la salvación por medio de la fantasía: he aquí tres claves planteadas en esta cinta que dirige Jon Avnet y que está basada en una novela de la norteamericana Fannie Flagg.

El encuentro fortuito de Evelyn con Ninny en el geriátrico donde ésta vive, sirve de punto de partida para una metanarración en voz de la anciana. Evelyn es una mujer que tiene problemas para hacer funcionar su matrimonio y, en el colmo del desánimo, se refugia en las aventuras de Idgie y Ruth, de las que da cuenta su nueva amiga durante sus visitas. Idgie y Ruth son dos personajes opuestos entre sí cuyos caracteres poco a poco se unen a raíz de la fundación de un restaurante en el que cocinaban tomates verdes fritos. Ambas amigas muestran un apoyo mutuo y consiguen tomarse la vida con optimismo gracias a la actitud que infunde Idgie, marcada desde niña por un trágico acontecimiento que forjó su rebeldía ante toda clase de obstáculos.

En líneas generales, la historia inmersa en la conversación de Ninny y Evelyn traza un recorrido vital por las desgracias a las que se someten Idgie y Ruth, haciendo hincapié en la superación de estos problemas. La valentía de «Towanda» —nombre con el que en un principio se conoce a la joven Idgie después del acontecimiento que cambió su infancia— impregna tanto a Ruth como, más allá de esta realidad hecha ficción, a Evelyn. Ésta sigue el modelo de conducta de Idgie desde que se da cuenta de hasta qué punto un individuo debe tener su personalidad y expresar sus opiniones, una evolución que la lleva a enfrentarse, a su vez, con la cuesta empinada en que se ha convertido su matrimonio y a superar sus problemas con la comida.

Cabe destacar el carácter episódico de la película, con dos historias, una en pasado y otra en presente, que se entrelazan de acuerdo con el avance de los personajes, de manera que la evolución de Idgie es paralela a su influjo sobre Evelyn en el presente. En este sentido la narración resulta muy eficaz porque vemos evolucionar dos caracteres diferentes en dos tiempos y espacios muy distintos, por lo que dos líneas argumentales que podrían no tener relación entre sí quedan conectadas.

Mención especial merece la escena del juicio, en torno a la mitad de la cinta. Se trata de una secuencia donde confluyen todos los caracteres de la obra en un punto culminante enriquecido por el empleo del humor y la picaresca, otro de los elementos clave para superar los problemas cotidianos. El desarrollo y el final de esta secuencia de unos diez minutos son motivos más que suficientes para acercarse a la película, por no hablar de un desenlace que, aunque previsible, toca en la fibra del espectador con tanto ahínco que uno le perdona cualquier error a favor de cuantas joyas ha encontrado por el camino.

Una película, en suma, muy recomendable para una tarde de invierno. Refresca la memoria y hace pensar en el valor de la amistad como algo necesario para afrontar los problemas a los que estamos expuestos cada día.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Eduardo Mendicutti - Mae West y yo

Veinte años después de El palomo cojo, la más reciente novela de Eduardo Mendicutti supone una revisión del personaje que protagonizaba aquella obra maestra. A su vez, Mae West y yo es un reflejo del cinéfilo Mendicutti en un discurso lleno de citas cinematográficas que ilustran una narración a dos voces con un marcado carpe diem.

Felipe Bonasera, diplomático y ventrílocuo, viene a pasar unos días de julio a una urbanización sanluqueña llamada Villa Horacia Village & Resorts, donde se aloja en el chalé vacío de su primo Jerónimo Hidalgo. Al llegar, se encuentra con un jovencito que despierta en él un deseo que su miembro más enfermo no puede sentir: Felipe es el niño que padecía una «rara enfermedad» en El palomo cojo, una fiebre que lo ayudó a descubrir su homosexualidad, y ahora, al cabo de los años, acaba de recibir una mala noticia sobre su salud. Está enfermo de cáncer y por eso se ha venido a pasar unos días a Sanlúcar, dejando en Madrid sus tres muñecas —Marilyn, Marlene y Mae— con las que hacía números de ventriloquia. Pero la voz de una de las tres muñecas, la más descarada, la de Mae West, no lo abandona en sus vacaciones. Su estancia en este paraje se reduce a conocer las vidas de los demás y a reírse de sí mismo cuando lo invade la tristeza. La vecina de enfrente, el muchacho, los artículos de Paco Luna en un periódico local y el mundial de fútbol constituyen todos los elementos de su día a día. De la mano de estos ingredientes cotidianos, la permanente idea de una muerte inmediata.

Nos encontramos ante una reflexión sobre la vida y la muerte, sobre lo importante que es aprovechar cada momento, sobre todo si el final se acerca; y a esta labor ayuda con sus intromisiones, sus bromas, sus críticas a toda la gente como si fueran personajes cinematográficos, la voz de Mae West. Un desdoble de la personalidad de Felipe Bonasera hecho con la intención de hallar el lado gracioso de la vida, como única salvación ante la idea de la muerte.

Una novela que entretiene al mismo tiempo que emociona y hace reflexionar. En boca de una de las actrices con menos pelos en la lengua de toda la historia del cine, Eduardo Mendicutti pone un remedio eficaz contra la idea de una enfermedad terminal: ya que la propia enfermedad es imposible de vencer, al menos podríamos superar el miedo a sus consecuencias y afrontar la cuenta atrás con una sonrisa.

miércoles, 31 de octubre de 2012

George A. Romero - La noche de los muertos vivientes (1968)

Desde mis primeras experiencias con videojuegos, hace ya algunos años, tengo cierta fascinación por los muertos vivientes, pero no los que salen en las novelas actuales, sino los que inspiran miedo de verdad. Me gusta el cine de terror y me gusta ver los orígenes de algunas cosas. Por eso La noche de los muertos vivientes (1968) ha significado para mí un buen hallazgo. Sé que hay nuevas adaptaciones de la obra, pero prefiero quedarme con la primitiva a pesar de la distancia temporal que implica una serie de fallos de rodaje, como los puñetazos mal disimulados o las extremidades de alguna clase de producto semejante a la carne pero fácil de amputar sin efectos especiales. Dirigida por George A. Romero, La noche de los muertos vivientes habla de un tema similar a todas las películas del mismo estilo: las radiaciones —en este caso de un satélite— provocan el despertar de los muertos. No iba a ser menos, porque esta película influyó en las posteriores de este género y resulta imprescindible para los amantes del cine de terror. 

En el cementerio de Pennsylvania, Bárbara y su hermano son atacados por un hombre de una fuerza extraordinaria y movimientos pesados. Ella consigue huir y refugiarse en una casa, en la que se encontrará con Ben, quien huye del mismo peligro desde otra parte. Para proteger a la chica, Ben cierra con madera y puntillas todas las entradas de la casa con la intención de permanecer juntos a la espera del amanecer. Pero los zombis se multiplican y hacen de su refugio una serie de dificultades que los tiene al borde de la muerte. Por otra parte, en el sótano de la casa ya había una familia refugiada, cuya hija está herida, nadie dice de qué al principio, pero es de suponer que la ha mordido un muerto viviente y que tarde o temprano se transformará en uno de ellos, como en efecto dicen en la televisión. 

Así pues, la trama se articula en el interior de una casa rodeada de criaturas cuyo número aumenta por momentos. Este ambiente da una sensación claustrofóbica que favorece mucho el argumento —aunque provocada sin intención, ya que se debió a la escasez de presupuesto—. Lo que sí aumenta la angustia del espectador es el acompañamiento musical, que se ajusta a cada secuencia e imprime ritmo a una narración lineal con datos muy previsibles. Aspecto este último que podemos perdonar si tenemos en cuenta que a lo largo de la cinta no hay una secuencia estática que frene el transcurso de la historia: muy al contrario, todo pasa tan deprisa que no permite respirar, y cuando hay un momento de sosiego está situado en un punto estratégico en el que la acción se ralentiza por unos minutos para explicar la situación en el exterior y el comportamiento de los zombis. 

Esta película es un buen ejemplo de cine que no requiere grandes efectos especiales y que consigue sumergirnos en una atmósfera verdaderamente aterradora, gracias a la interpretación de los protagonistas, al reducido espacio del escenario, a la banda sonora y a la claridad de la narración.

viernes, 19 de octubre de 2012

Wong Kar-wai - 2046

Hay películas que conceden a problemas absolutos respuestas que nunca son absolutas. Otras tratan de buscar el origen del problema para dar con una solución. Hay otras, por último, que plantean la pregunta y llegan a una conclusión sin imponer su carácter absoluto, sino lanzando una de sus múltiples posibilidades. 2046, tercera parte de una trilogía sobre la búsqueda del amor, responde a una duda existencial: ¿se puede alcanzar el amor verdadero? Su respuesta está a caballo entre la negación y la afirmación.

Chow es un periodista que se gana la vida escribiendo para la prensa y que, además, dedica parte de su tiempo a la creación literaria. A partir de una despedida, nos cuenta una historia basada en recuerdos de experiencias amorosas en busca de una mujer con la que compartir su vida. Pero al mismo tiempo nos habla de un lugar imaginario llamado 2046: una utopía donde nada cambia, donde el tiempo se detiene y tenemos la ocasión de aprovechar cada detalle de la realidad. Es el asunto de una de sus novelas, en la que su álter-ego viaja en tren a través de un largo trayecto para buscar a la mujer que una vez dejó atrás. Pero 2046 es, también, la habitación contigua en el hotel donde se aloja Chow: una habitación donde se sucede una serie de historias paralelas a las que el protagonista asiste desde la rejilla y de las que nos da cuenta como narrador testigo. Así pues, tres historias se entrelazan a lo largo de esta película: la de Chow con diversas mujeres, la de quienes entran en la habitación 2046 y la de ese personaje que viaja hacia la ciudad imaginaria donde espera encontrar el amor verdadero. 

Resulta imprescindible entender qué es 2046 para llegar al sentido de la película. Según el director, Wong Kar-wai, no se trata sino de un carpe diem: 2046 es el presente, imaginado como un futuro, en cuyo transcurso el ser humano debe ser capaz de apreciar cuantas cosas de valor lo rodean antes de que inevitablemente terminen en el pasado. El único objetivo de ese falso futuro es el de aprovechar el presente para no arrepentirse de los días que se fueron. En 2046 nada cambia, es decir, nuestros sentimientos son los mismos, pero somos más conscientes de cuantas cosas dejamos atrás en algún momento. Chow se lamenta de haber dejado atrás a una mujer y escribe esa novela para que su personaje se reencuentre con ella, pero su descubrimiento lo lleva a la conclusión de que el amor verdadero no existe, sino que es verdadero en tanto que podemos disfrutarlo. Por eso la respuesta que plantea esta película es tan negativa como positiva: no existe —según se deduce de la narración— el amor verdadero y, en consecuencia, no se puede pretender una vida en común con la misma persona; sin embargo, como el amor es verdadero cuando disfrutamos de él, la película nos aporta un mensaje positivo, y es que hay que ser conscientes de lo que amamos para exprimir los minutos junto a una persona.

Por otra parte, la narración del protagonista resulta muy eficaz gracias a los juegos de cámara y a la música. Cuando habla de sus recuerdos en primera persona, lo acompaña la banda sonora, y cuando pretende mostrarnos lo que pasa a su alrededor, lo acompaña el enfoque de la cámara. Un enfoque que acerca al espectador a la escena, ya que todas las imágenes aparecen cortadas por un objeto desenfocado, como si estuviésemos escondidos detrás de una columna o de un mueble, al igual que el testigo que es Chow cuando habla de los demás.

En definitiva, se trata de una película densa, pero con muy buenos resultados. Una propuesta de solución para hacer de todos los momentos una experiencia tangible, de la que poder disfrutar antes de que el tiempo se la lleve al recuerdo. Una película altamente recomendable, sin duda, pero advierto que hay que ir preparados. 

viernes, 12 de octubre de 2012

Richard Donner - La profecía (1976)

En 1976 se estrenó una película que treinta años después volvería a tratarse en un remake: con frecuencia, cuando sucede esto significa que en su momento la cinta original gozó de suficiente importancia como para que el paso del tiempo terminara de asentar su huella. Ese motivo, sumado al del actor protagonista —Gregory Peck—, me ha abierto los ojos para no cerrarlos en el transcurso de una trama de las que enganchan desde el principio.

Dirigida por Richard Donner, La profecía tiene los ingredientes que hoy, después de muchos ejemplos, pueden considerarse propios de una película de terror sobrenatural: un cura, un niño, un acontecimiento extraño que desencadena una sucesión de desgracias y, por último, un personaje encargado de dar explicación racional a los sucesos. 

Roma, seis de junio a las seis de la madrugada: tras la muerte del hijo que Katherine acaba de tener, su marido Robert Thorn sigue el consejo del padre Spiletto y, para evitar el sufrimiento de su mujer, sustituye a su vástago por un niño huérfano al que darán el nombre de Damien. Durante sus primeros cinco años de vida todo es normal: la madre vive feliz con su niño y al padre lo nombran embajador de los Estados Unidos. En la fiesta de su quinto cumpleaños, la niñera de Damien se ahorca ante los ojos de todos los invitados, acontecimiento que inicia una serie de desgracias relacionadas con el Apocalipsis. Entre la explicación de fe por parte del cura y la racionalidad de un fotógrafo, Robert Thorn no termina de creer que su hijo sea el anticristo hasta que poco a poco los hechos le dan las pruebas suficientes. Entonces hay que buscar una solución al problema.

Parece que en estas fechas ya conocemos todas las historias posibles, como si se hubieran agotado las variantes de un mismo tema. Tal vez por eso ahora es el momento de enfrentarnos a películas como esta para descubrir una demostración de calculada composición, el desarrollo de una trama que atrapa al espectador desde el primer momento: tras una breve introducción que nos pone en antecedentes, el suicidio de la niñera es el primer peldaño de una escalera de desgracias hiladas unas con otras con una rapidez exasperante. Si a la estructura, lineal pero con bastante ritmo, le sumamos el acompañamiento de una banda sonora digna de un Oscar, que causa la sensación de terror añorada en muchas películas actuales, tenemos una obra que merece atención. 

No sé cómo será la adaptación más reciente —estrenada el 6 de junio de 2006—, y no descarto verla pronto, aunque me parece muy difícil que superen en calidad el efecto de esta película.  

viernes, 5 de octubre de 2012

Pedro Almodóvar - La piel que habito

¿Cómo puede una escena final estropear dos horas de hilo argumental sin descanso? ¿Acaso se caen los edificios al colocar un cuadro en la pared? Hay algo que no me cuadra: jamás había sentido este vacío después de una película que durante dos horas me ha dejado la boca abierta. Es la primera vez que he tenido que echar la mirada atrás y pensar si la historia merecía la pena hasta llegado el momento en que se desinfló. Es el caso de la última de Almodóvar: La piel que habito.

Protagonizada por Antonio Banderas y Elena Anaya, es esta la historia de una venganza, de las más crueles y sutiles que he conocido. El doctor Robert Ledgard trabaja en la elaboración de una piel capaz de resistir todo tipo de agresiones externas, incluidas las quemaduras, pero sensible al mismo tiempo a las caricias. Su cobaya es una chica a la que mantiene encerrada en secreto en su casa y con la que sostiene una suerte de relación sentimental. Pero nadie sabe lo que se esconde tras esa relación, cuyos sentimientos han mudado como la piel de una serpiente, gracias a la colaboración de una tercera persona encargada de guardar el secreto de su ilegalidad. 

Pese a lo dicho arriba sobre la última escena, yo soy de los que piensan de acuerdo al poema de Cavafis: es más importante el camino que la meta, pues de lo contrario, ¿de qué servirían las comedias románticas si sabemos que los protagonistas terminarán enamorados; para qué interesarnos por El crepúsculo de los ídolos si sabemos que el protagonista cuenta su historia desde la muerte? La interpretación de Antonio Banderas, sobre todo, pero también la de Elena Anaya; la narración retrospectiva que reconstruye el presente desde una desgracia familiar; la atmósfera de misterio sobre el comportamiento del personaje principal que envuelve toda la película; todos estos son, creo, motivos más que suficientes para no pasar por alto el largometraje, por no hablar de la cantidad de premios con los que ha sido reconocida, aunque la última escena nos deje con la sensación de haber perdido el tiempo.

En el transcurso de la película asistimos a algunas revelaciones que pueden despertar más de un debate. Por ejemplo, ¿puede una persona permitirse una venganza tan extrema? No desvelo nada con decir que a veces las injusticias se pagan por mano propia: de motivos así está llena la historia de la creación artística. Si por alguna causa merece la pena esta película más que por otra, en mi opinión, es por la eficaz interpretación de un hombre sin escrúpulos encarnado por el grande, siempre grande, Antonio Banderas. Sólo le faltaba un cambio en el final, o sencillamente el mismo con cinco minutos más de trabajo para que no pareciera tan vacío.

viernes, 28 de septiembre de 2012

David Lynch - Terciopelo azul

Esta semana he retomado mis anotaciones sobre cine y he recurrido a una película que tenía pendiente desde hace unos meses: Terciopelo azul (1986), de David Lynch, porque después de una enriquecedora experiencia con Cabeza borradora no podía dejar de lado a este cineasta que a punto estuvo de conseguir por la película de la que os voy a hablar el Oscar al Mejor Director.

Terciopelo azul gira alrededor de un hallazgo fortuito, como todas las historias de crímenes: una mañana, Jeffrey Beaumont encuentra en el campo una oreja cortada y decide llevársela para enseñarla a su vecino el detective Williams. Después de una conversación sobre el posible origen de esa oreja, Jeffrey se encuentra con la hija del policía, Sandy Williams, que le habla de una cantante llamada Dorothy Vallens, de la cual se habla mucho en el despacho de su padre, y con el objetivo de averiguar algo más sobre la vida de la cantante, Jeffrey se mete en su apartamento a espiarla. A partir de ese momento descubrirá el lado más oscuro de la belleza y se verá en medio de una trama policial de la que ya no puede salir.

Nada más empezar la película, nos sugiere el tema en dos planos muy contrastantes: una rosa sobre el fondo blanco de una valla y el azul del cielo, que pronto dejamos atrás para adentrarnos, más allá del césped, en la tierra donde moran las cucarachas. Es una manera de anunciar que lo que vamos a ver es el contraste entre las apariencias y la realidad, la parte más siniestra de las cosas más hermosas, como también puede verse en el primer encuentro entre Jeffrey y Dorothy en su apartamento o en la secuencia en que ve cómo se desnuda al llegar a casa.

Si queréis ver una trama policial con historia de amor incluida, que además nos haga reflexionar sobre el engaño de las apariencias, esta es una buena muestra. Seguro que nos os dejará indiferentes.

viernes, 3 de agosto de 2012

Andrés Baiz - La cara oculta

A veces, el azar juega malas pasadas. Cambié mi decisión de ver esta película en el cine al leer una mala crítica, y ahora que he tenido la oportunidad de verla en DVD descubro que no comparto ninguna de las opiniones con aquella crítica, puesto que La cara oculta me ha parecido una película que derrocha entretenimiento por todas partes. Es cierto que la historia es muy sencilla, pero está muy bien contada y eso me merece mucho más respeto.


Adrián (Quim Gutiérrez), director de la filarmónica de Bogotá, vive con su novia Belén (Clara Lago), que ha empezado a mostrar celos porque adivina una cercanía poco habitual entre éste y una violinista. Un día Belén desaparece y Adrián se queda sin saber de ella nada más que lo que dice en su video de despedida. Para combatir con el dolor, Adrián se ahoga en alcohol y conoce a Fabiana (Martina García), una joven camarera, con quien pronto entablará una nueva relación. Pero la convivencia parece difícil: nada más instalarse, Fabiana parece víctima de los caprichos de un fantasma que habita en la casa de Adrián. Sin embargo, la realidad es una moneda con dos caras. 

Esta trama, que en un principio parece de terror, es una visión muy particular de los celos. Contado desde dos puntos de vista, el triángulo que se establece entre Belén, Adrián y Fabiana no es ninguna novedad, pero el manejo del tiempo y de los núcleos narrativos, además de la impaciencia que despierta en el espectador cada secuencia, hacen de esta película una piececita admirable. Resulta sorprendente encontrar la historia contada dos veces desde ángulos distintos que cambian las sensaciones del espectador. Y sobre todo, resulta sorprendente el modo en que todos estos acontecimientos desembocan en uno solo, con el allegretto de la séptima de Beethoven de compañía. 

Todo esto con un detalle muy importante: esta película es de las que mantienen en vilo hasta el último minuto porque no paran de pasar cosas, y eso en cine me parece casi lo más importante. Recomendable, en suma, para pasar una buena tarde y probar cómo vuelan los minutos.

viernes, 27 de julio de 2012

Javier Fesser - Camino

Las películas, como la literatura o la música, no están hechas para sorprender al final: si tienen un final inesperado y el desarrollo está vacío, la cinta no funciona; en cambio, si el desarrollo goza de cierta riqueza de matices y redondea poco a poco los elementos de la historia, la película funciona aunque pueda preverse el final. Camino evita el final previsible al situarlo en la primera escena, porque desde los primeros minutos se sabe que el personaje encarnado por Nerea Camacho morirá en una habitación de hospital rodeada de médicos, enfermeras y cruces. Pero lo importante no es que muera o se salve, sino la lucha que emprende esa niña contra la muerte.

Dirigida valientemente por Javier Fesser, la película nos cuenta el descubrimiento del amor por parte de Camino en la figura de un chico llamado Jesús, junto al que quiere protagonizar una representación teatral de La Cenicienta. Pero la repentina aparición de un tumor maligno en las cervicales le impide desarrollar todos sus planes. Desde entonces, la vida de Camino se reduce a duras operaciones y tratamientos, a rezos con su madre, que pertenece al Opus Dei, y secretos con su padre, mientras su mejor amiga la informa de lo que sucede en el mundo exterior. 

¿Cómo se puede mantener a un espectador durante casi hora y media en constante tensión —mezcla de sufrimiento y odio— con una narración? Pensar en un padre que está a punto de perder a su hija enferma de cáncer es duro, pero lo es aún más si pensamos que su madre da gracias a Dios porque su hija tiene esa enfermedad. ¿Cómo puede una persona, en el colmo de la credulidad —lo que llaman fe—, vanagloriarse de tener una hija enferma y alegrarse de su muerte inminente? Existen las personas así, hay toda una secta que se dedica a ello, y creo que como personajes aparecen muy bien retratadas: son sus palabras las causantes de esa sensación de odio, son los acontecimientos que las rodean los que despiertan el llanto. 

Sin duda alguna, pienso que esta película ganadora de nada menos que 6 Goyas es una de esas experiencias que ningún aficionado al cine debería perderse. Las actuaciones de Nerea Camacho y de Carme Elías (la madre) son motivos más que suficientes para verla, además del guión. Lo único que en mi opinión decae un poco es la banda sonora, pero por la intensidad del guión, por la fuerza de cada escena, uno puede perdonarle cualquier cosa. 

martes, 24 de julio de 2012

Emilio Aragón - Pájaros de papel

¿Quién ha visto alguna vez al ser humano volar? Todos lo hemos deseado. Los personajes de esta película lo consiguen, aunque dentro del escenario, porque el telón de fondo es una realidad tan dura que merece la pena tomarse un respiro. 

Pájaros de papel es la primera película de Emilio Aragón como director, y he de decir que apunta maneras. El conjunto de artistas de vodevil que protagonizan esta historia sobre la supervivencia en tiempos de guerra está formado por un músico, un ventrílocuo, una cupletista y un huérfano. Jorge del Pino y Enrique Corgo (Imanol Arias y Lluis Homar, respectivamente) ejercen una especie de paternidad sobre el pequeño Miguel (Roger Príncep), una familia extraña en un mundo tradicional que arrebata a las familias tradicionales para volverlas extrañas; y con el contrapunto de Rocío Moliner (Carmen Machi), papel muy representativo que contrasta con todas las desgracias de que se ven envueltos los personajes, tenemos un cuadro que conduce al espectador a través de la trayectoria de actuaciones, discusiones privadas, tensiones públicas e injusticias que reflejan las vidas de quienes trataban de sobrevivir durante la guerra. Y volar como los pájaros de papel.

Con este estreno en el mundo del cine como director, Emilio Aragón deja el listón bien alto, lo cual es muy buena señal. Las actuaciones son estupendas, con una importancia particular en el caso del niño; la música, compuesta por el mismo director, se ajusta como la licra a los personajes y las escenas en que aparece; el guión está lleno de momentos espectaculares y la narración no se detiene nunca más de lo necesario. Como resultado, tenemos esta obra de arte que una vez más deja claro que el cine español no es cine malo. Que hay muchas joyas cinematográficas en este país y aún quedan muchas por venir. Ojalá con tanta fuerza.

martes, 17 de julio de 2012

Gerardo Olivares - Entrelobos

Desde que oí la entrevista que Jesús Vigorra hizo a Gerardo Olivares y al recién presentado Manuel Camacho con motivo del estreno de Entrelobos, sentí curiosidad por la película, y al verla sólo me arrepiento de una cosa: de no haber ido al cine en su momento, porque los paisajes hubiesen valido la entrada para verlos en pantalla grande.

Entre lobos es la historia —basada en un hecho real— de Marcos Rodríguez Pantoja, un niño de siete años que su padre vendió a un cabrero de Sierra Morena y que sobrevivió gracias a los lobos. Un argumento sin más complicaciones que las del aprendizaje de la montaña. Y sin embargo, una tierna experiencia de crecimiento junto a la naturaleza.

Para mi gusto hay algunos aspectos muy destacables. Por una parte, los personajes permanecen en silencio o pronuncian quejidos durante casi toda la película, lo cual podría llegar a aburrir, pero las secuencias están dispuestas de tal manera que a lo largo de la mayoría hay sucesos importantes. Esta técnica aporta mucho valor porque acerca una película reciente a los tiempos más primitivos del cinematógrafo: las películas mudas. 

Me parece muy característico el lenguaje de los personajes, propio de la sierra cerrada y con el dejillo del campo. Un rasgo que, por cierto, no saben interpretar algunos actores del reparto, dada la incapacidad de muchos para la aspiración de la jota. 

Por otro lado, el hecho de basar la historia en un hecho real, y así lo prueba la aparición del personaje inspirador del argumento como colofón —no revelo nada importante al decirlo—, hace que me haya atraído más, pues por mi mente siempre ronda una pregunta: ¿cómo hacer que una historia real se convierta en ficción sin exagerar los momentos más propensos a la exageración por la que siente debilidad el artista?

La intervención de Juan José Ballesta en la interpretación del joven Marcos al final, aunque dure poco tiempo, aporta una fuerza muy significativa a la película: refleja en quién se ha convertido el niño que aprendió a comunicarse con los lobos y a no necesitar a la sociedad para vivir feliz. 

Por último, la banda sonora, la interpretación de Manuel Camacho, la ambientación y, sobre todo, el trabajo con los animales y las cámaras, junto con los expuestos más arriba, creo que son motivos más que suficientes para ver la película. Os la recomiendo, no tiene desperdicio.

miércoles, 11 de julio de 2012

Icíar Bollaín - También la lluvia

Nunca es tarde si la dicha es buena. Acabo de descubrir a una enorme cineasta: Icíar Bollaín. No sabía nada de ella y ahora sé que tengo que ver todas sus películas, porque si alcanzan la mínima parte de la calidad de Tambien la lluvia (2010) merecerán la pena.

También la lluvia es una historia sobre el cambio que sufre el ser humano en las ocasiones menos esperadas. Sus protagonistas son un descreído y un idealista: Costa y Sebastián, productor y director de cine respectivamente, que viajan a Bolivia para rodar una película sobre la llegada de Colón a América. Pero al llegar a su destino, la intención de rodar una película sobre la brutalidad de los españoles y el papel que algunos miembros de la Iglesia desempeñaron en la época, se encuentran con Daniel, un boliviano que los obligará a viajar hasta la realidad más brutal del ser humano. Una realidad tangible y cruda: la de la Guerra del Agua, que supera con creces la importancia de lo tratado en el largometraje.

Costa y Sebastián son dos protagonistas opuestos en el modo de pensar. Son dos caras de una misma moneda que poco a poco emprenden un viaje hacia la verdad: Costa, desconfiado ante la actitud primaria de Daniel, y Sebastián, iluso que piensa en Daniel como en la estrella de la película. Un triángulo cuyo eje central es el personaje de Daniel, que será tanto el líder de una revolución contra el corte de agua pública como el líder quechua de la tribu en la película. Su papel, doblemente importante en tanto que líder en la realidad y en la ficción, sirve de bisagra para el cambio que experimentan Costa y Sebastián, a la manera del par cervantino de don Quijote y Sancho. Podríamos hablar de la sebastianización de Costa y de la costización de Sebastián.

Con estos tres personajes tenemos una historia que no deja respirar al espectador en ningún momento: ¡hora y media de acción continua, de constantes sorpresas y de paisajes hermosos, destrozados por las necesidades del ser humano! Estremecedor. A mí, al menos, me lo ha parecido. Creo que Icíar Bollaín ha dirigido una obra maestra, creada gracias al guión de Paul Laverty. Creo, en suma, que he descubierto a un par de genios. Porque a los otros dos —Luis Tosar y Gael García Bernal— ya los conocía, y tal vez eso ha sido lo que me indujo a ver la película. Y nunca me arrepentiré.

viernes, 6 de julio de 2012

Woody Allen - Conocerás al hombre de tus sueños

Echaba de menos a Woody Allen. Sí, me gustan sus películas. Muchas personas menosprecian su manera de hacer cine dando argumentos sencillos como que las historias no merecen la pena y luego, en cambio, enaltecen la figura de escritores que no deberían figurar en las listas de novedades ni en premios literarios de renombre. A mí me gustan las películas de Woody Allen, y con esta última he disfrutado como nunca en mucho tiempo. Vuelvo a encontrarme con el humor característico del cineasta y con esas escenas alocadas que terminan por desesperar a cualquiera, desde los personajes hasta el espectador y yo diría que hasta al cámara, que no para de moverse de un lado a otro como si viese un partido de tenis.

Por su título, Conocerás al hombre de tus sueños parece un presagio. Y sin embargo, no es más que una más de las ilusiones que mueven al ser humano, que en ocasiones funcionan mejor que la medicina. La historia gira en torno a la figura de una anciana a quien su marido acaba de abandonar y que, tras sufrir una depresión y varios intentos de suicidios, empieza a acudir a las citas de una falsa adivina que le despierta la ilusión por vivir una nueva vida. Esa ilusión trata de contagiársela a su hija y a su yerno, pero lo único que logra es desesperarlos, absorbida como está por las predicciones de la vidente. A su vez, su hija empieza a sentirse atraída por su jefe, mientras su marido observa por las noches a la vecina de enfrente por la ventana. Y entretanto, el rejuvenecido padre da la noticia de que se va a casar con una chica treinta años menor que él y que dice ser actriz. Una telaraña de historias parecidas que viven de ilusiones, aunque no todas tienen buen pronóstico.

He de reconocer que me he reído mucho con esta película. Es algo que busco cuando voy a por una de Woody Allen. Pero además, esta vez he ido especialmente atraído por Anthony Hopkins y Antonio Banderas, de quienes nunca espero sentirme defraudado y que hasta la fecha no me han fallado. Si los críticos cinematográficos la desprecian, tal vez sea por la sencillez del entramado de la historia, lo cual no quita que me haya parecido bien construida. Es una opinión de un aficionado al cine, no un cinéfilo. Creo que merece la pena echar un par de horas sin perder el tiempo.

jueves, 16 de febrero de 2012

Los fantasmas de mis ex novias y la importancia del fondo

Cómo una película con mala crítica puede resultar interesante

Lo que son las cosas. Recién publicada mi reseña sobre Charles Dickens y su Canción de Navidad, la semana pasada me encuentro en antena 3 la comedia estadounidense Los fantasmas de mis ex novias —que se emite esta noche en Neox—, dirigida por Mark Waters y protagonizada por Matthew McConaughey y con Michael Douglas en segundo plano, aunque en un papel no menos importante.

A primera vista, lo único que me interesaba de la película es que me serviría de evasión, como muchas otras de ese estilo, y que encontraba a un actor que me gusta mucho, Douglas, en un papel que creía protagonista. Sin embargo, nada más empezar, me encuentro algo más importante: su estructura. Dividida en cinco episodios, cuenta la historia de Connor Mead, un mujeriego que va a ayudar a su hermano con los preparativos de boda. Durante una fiesta, su difunto tío Wayne (Michael Douglas) se le aparece en los lavabos para anunciarle la visita de tres fantasmas, que lo conducirán por el pasado, el presente y el futuro de su vida para hacerle ver lo inapropiado de su comportamiento con las mujeres, con el objeto de cambiar su actitud para evitar un trágico final.

¿Acaso esta estructura no está calcada del libro de Dickens? Eso me sorprendió desde un principio. Pero más me sorprendió ver la actualización de ese cuento de Navidad: en el Dickens el mensaje se refería al comportamiento de un anciano con la gente que lo rodea (su familia y sus empleados); en cambio, de la gente que rodea a Connor, la familia es lo menos importante, puesto que son las chicas con las que ha mantenido relaciones lo central de su problema. Su afán de mujeriego lo ha llevado a convertirse en un macarra que utiliza a la mujer como un objeto, lo cual acarrearía que estropease la boda de su hermano, y ese comportamiento es lo que las tres damas espectrales pretenden cambiar.

Resulta interesante comprobar la similitud de los tres fantasmas con los retratados por el escritor victoriano. La primera es una chica habladora, campechana y graciosa. La segunda es más distante y se detiene menos en sus muestras. La tercera es, sin duda, la más conseguida: una mujer silenciosa y seria que lo mira con ojos penetrantes para inquietarlo más y causar en el protagonista el estremecimiento de ver su propio funeral. Además de estos tres fantasmas, también cabe destacar el papel del tío Wayne, parecido al de Jacob Marley en el cuento de Dickens: un fantasma que anuncia una prueba con otros tres fantasmas y que en origen ha ayudado al protagonista a ser quien es en la actualidad.

Con todo esto, una película que para buena parte de la crítica y del público cinéfilo puede resultar aburrida, se puede convertir, no en una obra de arte, pero sí en algo más interesante, aun ligero. Ideal para pasar una noche con palomitas y una cerveza, sin pretender una obra de culto.

Pero ¡cómo es el azar! Un Dickens me lleva a una comedia romántica. ¿Me conducirá hasta otra parte, como Anna Karénina con mis ansias por buscar en el fondo de las novelas de Zola? Esos libros son los que aún tienen vida. Y los que pueden hacer interesante a una película en un momento concreto. La diacronía del azar: un fantasma que te pilla en el lavabo.


Jorge Andreu

miércoles, 26 de enero de 2011

Más allá de la vida

Ayer pisé una sala de cine tras años sin hacerlo. Con lo que siempre me ha gustado ir al cine. De hecho fui hace algunos meses a ver una película francesa en versión original, pero el sonido de la sala era pésimo y de la película no merece la pena hablar, así que esa visita a las butacas y a la gran pantalla no cuenta. Ayer asistí con mi mejor amiga a la proyección de la última película de Clint Eastwood: Más allá de la vida.

He leído muy malas críticas y escuchado malas opiniones de gente cercana. Lo cierto es que no estamos ante una obra del mejor Eastwood, pero cuando una persona ha rodado Million Dollar Baby, se presta a las odiosas comparaciones del público más exigente. De entrada, he de decir que no me ha parecido una mala película, es más: me ha gustado y se me ha hecho corta, pese a sus dos horas de duración. Siempre me ha parecido interesante la idea de narrar varias historias al mismo tiempo, que es el eje fundamental de la técnica narrativa de esta película.

Más allá de la vida, como habréis podido ver en el tráiler o en cartelera, cuenta tres historias paralelas de tres personas con un dolor diferente que buscan una respuesta: Marcus, un niño de 12 años apenado por la muerte de su hermano Jason, doce minutos mayor que él; Marie Lelay, una periodista que a raíz de sobrevivir a un tsunami escribe una novela sobre el más allá, a la que titula Hereafter (título original de la película); y George Lonegan, un médium atormentado porque lo que él considera una maldición le impide llevar una vida normal. Estas tres historias transcurren paralelamente a lo largo de la mayor parte de la película, hasta que se entrelazan. Quizás el mayor error en la historia es que tarde tanto tiempo en hacer coincidir los caminos de los personajes, algo que a más de un espectador habrá aburrido, aunque a decir verdad no puedo contarme entre ellos.

En cuanto a la técnica narrativa, me ha gustado mucho el orden cronológico. Las historias se narran por fragmentos, pero siempre en el mismo orden, a saber: la historia de la periodista francesa, la del parapsicólogo y la del niño. Cada narración transcurre en un lugar diferente: la de Marie en Francia, la de George en San Francisco y la de Marcus en Londres. Estas distancias espaciales no dificultan la comprensión del argumento, pues cada vez que se cambia de ciudad, en especial durante los primeros cambios —cuando aún no conocemos demasiado bien a los personajes—, aparece la imagen de un monumento: el Arco de Triunfo de París, el puente de San Francisco y el Puente de la Torre de Londres, por ejemplo, son tres de los apoyos que Clint Eastwood ofrece al espectador. Más adelante, cuando ya estamos sumergidos en la historia, las conexiones se establecen mediante elementos propios de la situación de los personajes: el trabajo de Marie, el sufrimiento de Marcus y el taller de cocina de George.

Esta trama, en su mayor parte triste, tiene su toque humorístico, como siempre en las películas de Eastwood. La crítica a los médiums charlatanes que sólo dicen disparates con tal de recibir el pago por su sesión de espiritismo, o su elogio a Charles Dickens (que es uno de los momentos más graciosos de la película y por eso no lo voy a contar), son dos escenas dignas de mención.

No obstante, todo lo bueno tiene algo malo. Estas cosas son así. No soy tan feroz en mi crítica como algunos profesionales y hablo desde mi perspectiva de aficionado al cine. Soy aficionado al cine —por eso me he fijado en el manejo de la luz que tanto me ha asombrado siempre de Clint Eastwood, en especial en la que considero su obra maestra, Million Dollar Baby—, pero también lo soy, y mucho, a la literatura —por eso me he fijado en el modo de narrar— y a la música —y por eso me he fijado en la banda sonora, como suelo hacer con todas las películas.

La banda sonora de otras de sus películas las ha escrito el propio Clint Eastwood, lo cual es algo elogiable. Pero parece que desde que compuso el tema principal de la película sobre el boxeo femenino, esa que sonaba con un piano de fondo y que daba tanta pena en los momentos clave de la historia, se le ha quedado la melodía grabada, porque en uno de los fragmentos musicales de esta nueva producción se respira la misma tónica. Nada desdeñable, en cualquier caso, puesto que no es un calco, sino que sólo se asemeja.

Lo que sí me parece más desdeñable es la mala adaptación que ha intentado hacer con el tema principal del lento del segundo concierto para piano y orquesta de Sergei Rachmaninov. En la pieza para piano y orquesta, que es una de las maravillas que nos ha dejado el compositor ruso, el piano empieza a tocar suaves arpegios para introducir una melodía delicada y romántica que interpreta una flauta. Es en ese momento donde Eastwood da el corte: aprovecha los arpegios, que suenan muy bien y en muchas ocasiones a lo largo de la película (en casi todos los momentos emotivos), y cuando debería empezar la melodía de la flauta, la cambia por unas cuerdas que no hacen sino dos o tres notas, no más, porque la escena siempre termina ahí. Este es el error que más me ha dolido, al margen de que la película pueda decaer en tensión o no (que de hecho, no me ha parecido que decaiga tanto como dicen en las críticas).

Por lo demás, la interpretación de Matt Damon me parece bastante buena, es un actor al que siempre he admirado y, aunque ha desempeñado mejores papeles, no tiene de qué avergonzarse en esta película. El papel de Cécile de France es el que me ha parecido menos destacable porque quizá sea un poco más secundaria. Y la del joven McLaren me parece una buena interpretación, si bien parte de su historia es predecible.

Estas han sido mis impresiones como uno más de los ocupantes de las butacas. Impresiones como las de cualquier otro espectador, que no pretenden influir en modo alguno en las vuestras. Os recomiendo que veáis la película si os gusta Clint Eastwood y que os forjéis vuestra propia opinión. No he salido con mal sabor de boca y quería compartirlo con vosotros.


Jorge Andreu