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miércoles, 31 de octubre de 2012

George A. Romero - La noche de los muertos vivientes (1968)

Desde mis primeras experiencias con videojuegos, hace ya algunos años, tengo cierta fascinación por los muertos vivientes, pero no los que salen en las novelas actuales, sino los que inspiran miedo de verdad. Me gusta el cine de terror y me gusta ver los orígenes de algunas cosas. Por eso La noche de los muertos vivientes (1968) ha significado para mí un buen hallazgo. Sé que hay nuevas adaptaciones de la obra, pero prefiero quedarme con la primitiva a pesar de la distancia temporal que implica una serie de fallos de rodaje, como los puñetazos mal disimulados o las extremidades de alguna clase de producto semejante a la carne pero fácil de amputar sin efectos especiales. Dirigida por George A. Romero, La noche de los muertos vivientes habla de un tema similar a todas las películas del mismo estilo: las radiaciones —en este caso de un satélite— provocan el despertar de los muertos. No iba a ser menos, porque esta película influyó en las posteriores de este género y resulta imprescindible para los amantes del cine de terror. 

En el cementerio de Pennsylvania, Bárbara y su hermano son atacados por un hombre de una fuerza extraordinaria y movimientos pesados. Ella consigue huir y refugiarse en una casa, en la que se encontrará con Ben, quien huye del mismo peligro desde otra parte. Para proteger a la chica, Ben cierra con madera y puntillas todas las entradas de la casa con la intención de permanecer juntos a la espera del amanecer. Pero los zombis se multiplican y hacen de su refugio una serie de dificultades que los tiene al borde de la muerte. Por otra parte, en el sótano de la casa ya había una familia refugiada, cuya hija está herida, nadie dice de qué al principio, pero es de suponer que la ha mordido un muerto viviente y que tarde o temprano se transformará en uno de ellos, como en efecto dicen en la televisión. 

Así pues, la trama se articula en el interior de una casa rodeada de criaturas cuyo número aumenta por momentos. Este ambiente da una sensación claustrofóbica que favorece mucho el argumento —aunque provocada sin intención, ya que se debió a la escasez de presupuesto—. Lo que sí aumenta la angustia del espectador es el acompañamiento musical, que se ajusta a cada secuencia e imprime ritmo a una narración lineal con datos muy previsibles. Aspecto este último que podemos perdonar si tenemos en cuenta que a lo largo de la cinta no hay una secuencia estática que frene el transcurso de la historia: muy al contrario, todo pasa tan deprisa que no permite respirar, y cuando hay un momento de sosiego está situado en un punto estratégico en el que la acción se ralentiza por unos minutos para explicar la situación en el exterior y el comportamiento de los zombis. 

Esta película es un buen ejemplo de cine que no requiere grandes efectos especiales y que consigue sumergirnos en una atmósfera verdaderamente aterradora, gracias a la interpretación de los protagonistas, al reducido espacio del escenario, a la banda sonora y a la claridad de la narración.

viernes, 12 de octubre de 2012

Richard Donner - La profecía (1976)

En 1976 se estrenó una película que treinta años después volvería a tratarse en un remake: con frecuencia, cuando sucede esto significa que en su momento la cinta original gozó de suficiente importancia como para que el paso del tiempo terminara de asentar su huella. Ese motivo, sumado al del actor protagonista —Gregory Peck—, me ha abierto los ojos para no cerrarlos en el transcurso de una trama de las que enganchan desde el principio.

Dirigida por Richard Donner, La profecía tiene los ingredientes que hoy, después de muchos ejemplos, pueden considerarse propios de una película de terror sobrenatural: un cura, un niño, un acontecimiento extraño que desencadena una sucesión de desgracias y, por último, un personaje encargado de dar explicación racional a los sucesos. 

Roma, seis de junio a las seis de la madrugada: tras la muerte del hijo que Katherine acaba de tener, su marido Robert Thorn sigue el consejo del padre Spiletto y, para evitar el sufrimiento de su mujer, sustituye a su vástago por un niño huérfano al que darán el nombre de Damien. Durante sus primeros cinco años de vida todo es normal: la madre vive feliz con su niño y al padre lo nombran embajador de los Estados Unidos. En la fiesta de su quinto cumpleaños, la niñera de Damien se ahorca ante los ojos de todos los invitados, acontecimiento que inicia una serie de desgracias relacionadas con el Apocalipsis. Entre la explicación de fe por parte del cura y la racionalidad de un fotógrafo, Robert Thorn no termina de creer que su hijo sea el anticristo hasta que poco a poco los hechos le dan las pruebas suficientes. Entonces hay que buscar una solución al problema.

Parece que en estas fechas ya conocemos todas las historias posibles, como si se hubieran agotado las variantes de un mismo tema. Tal vez por eso ahora es el momento de enfrentarnos a películas como esta para descubrir una demostración de calculada composición, el desarrollo de una trama que atrapa al espectador desde el primer momento: tras una breve introducción que nos pone en antecedentes, el suicidio de la niñera es el primer peldaño de una escalera de desgracias hiladas unas con otras con una rapidez exasperante. Si a la estructura, lineal pero con bastante ritmo, le sumamos el acompañamiento de una banda sonora digna de un Oscar, que causa la sensación de terror añorada en muchas películas actuales, tenemos una obra que merece atención. 

No sé cómo será la adaptación más reciente —estrenada el 6 de junio de 2006—, y no descarto verla pronto, aunque me parece muy difícil que superen en calidad el efecto de esta película.