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viernes, 29 de marzo de 2013

Fred Zinnemann - Julia (1977)

A menudo conmueve comprobar que algunas amistades no envejecen, como no envejecen muchas películas. Después de más de treinta años, Julia (1977) aún contiene la frescura de una bellísima narración sobre la amistad al mismo tiempo que rescata la sensación de que alguien nos observa desde cerca. Drama y suspense mezclados en una cinta que protagonizan Jane Fonda en el papel de la escritora Lillian Hellman y Vanessa Redgrave en el de su amiga Julia, dirigida por el vienés Fred Zinnemann y con una evocadora banda sonora de Georges Delerue. 

Desde su edad adulta, mientras se muestra de espaldas pescando en una barca, a solas con su testarudez, Lillian Hellman recuerda cómo conoció a su amiga Julia, una joven de familia acaudalada que dejó una huella imborrable en su adolescencia. Con la mirada nostálgica de quien se encuentra a la búsqueda del tiempo perdido, la narradora y protagonista de esta historia nos da cuenta, primero, de sus juegos de adolescencia con Julia, segundo, de cómo la vida las ha obligado a adoptar diferentes caminos —Lili se convierte en una escritora de éxito mientras que Julia se marcha a Oxford y luego a Viena para estudiar con el doctor Freud—, y por último, de un largo viaje en tren  hacia Moscú en el que tendrá que cumplir con un encargo de Julia, que en vísperas de la Segunda Guerra Mundial es miembro de un grupo antinazi. Basada en hechos reales, esta historia es la travesía vital de una judía que pudo ver desde dentro cómo funcionaban las cosas en los años previos a la guerra. 

Así pues, la película consta de tres partes. La primera de ellas, y más breve, cuenta la amistad entre Lillian y Julia, de la que surge la posterior fidelidad de la primera hacia la segunda. Desde este momento se hace patente el hecho de que la admiración de Lillian hacia su amiga le daría fuerzas para hacer lo imposible por satisfacerla, como puede verse en la segunda parte, que se centra en el desarrollo de esa amistad desde la distancia: Julia se ha ido a estudiar al extranjero y Lillian intenta seguirle la pista, aunque en ocasiones sus cartas parecen no llegar a su destino. Por último, la tercera parte, que ocupa la segunda mitad de la película, constituye un relato de suspense en toda regla: es el viaje que hace Lillian en tren hacia Moscú, con trasbordo en Berlín cumpliendo con un encargo de su amiga que consiste en transportar 50.000 dólares destinados a comprar la libertad de una gran cantidad de judíos. A lo largo de este viaje, donde prima la intriga frente al tono de nostalgia que poblaba la primera mitad de la narración, Lillian muestra su valentía y, sobre todo, su fidelidad hacia Julia. 

Mención aparte merece el cambio de tono de este tercer capítulo. Al reconocer el motivo del tren con que se abre la cinta y al que de nuevo se recurre en esta ocasión, el espectador comprende y conoce, por lo que la historia ha dejado atrás, que el propósito de la narradora no es recuperar del olvido una serie de vivencias adolescentes ni explicar los lazos de amistad que unen a las dos protagonistas, sino que pretende ir mucho más allá: en esta segunda hora de película ofrece una visión interna de cómo se ponen de acuerdo los verdaderos luchadores en la clandestinidad. De manera que la primera mitad de la historia, enmarcada por el humo de la locomotora, no era sino una presentación de dos caracteres en apariencia opuestos que al final se unirían por un interés común. Y por fin, todo el relato, envuelto en la bruma del recuerdo —esa mujer sentada sobre una barca como si intentase pescar imágenes del pasado—, contiene la frescura de la inmortalidad artística: es un lienzo al óleo que con el transcurso de los años se ha vuelto transparente.

Toda una joya cinematográfica que recibió, entre otros premios, el Oscar al mejor guión adaptado por el excelente trabajo de Alvin Sargent sobre el relato autobiográfico de Lillian Hellman. Una reliquia por la que no pasa el tiempo, aunque los años hagan de ella una pieza de coleccionista con imágenes traslúcidas de una realidad, la de los años veinte y treinta, oscura como el fondo de un lago.

viernes, 8 de marzo de 2013

Jon Avnet - Tomates verdes fritos (1991)

Detrás del título Tomates verdes fritos se esconde una preciosa muestra de la importancia de la amistad, una de las más emocionantes que he visto en los últimos meses. El afán de superación por la creencia en un modelo de conducta, el humor como método de fortalecimiento, la salvación por medio de la fantasía: he aquí tres claves planteadas en esta cinta que dirige Jon Avnet y que está basada en una novela de la norteamericana Fannie Flagg.

El encuentro fortuito de Evelyn con Ninny en el geriátrico donde ésta vive, sirve de punto de partida para una metanarración en voz de la anciana. Evelyn es una mujer que tiene problemas para hacer funcionar su matrimonio y, en el colmo del desánimo, se refugia en las aventuras de Idgie y Ruth, de las que da cuenta su nueva amiga durante sus visitas. Idgie y Ruth son dos personajes opuestos entre sí cuyos caracteres poco a poco se unen a raíz de la fundación de un restaurante en el que cocinaban tomates verdes fritos. Ambas amigas muestran un apoyo mutuo y consiguen tomarse la vida con optimismo gracias a la actitud que infunde Idgie, marcada desde niña por un trágico acontecimiento que forjó su rebeldía ante toda clase de obstáculos.

En líneas generales, la historia inmersa en la conversación de Ninny y Evelyn traza un recorrido vital por las desgracias a las que se someten Idgie y Ruth, haciendo hincapié en la superación de estos problemas. La valentía de «Towanda» —nombre con el que en un principio se conoce a la joven Idgie después del acontecimiento que cambió su infancia— impregna tanto a Ruth como, más allá de esta realidad hecha ficción, a Evelyn. Ésta sigue el modelo de conducta de Idgie desde que se da cuenta de hasta qué punto un individuo debe tener su personalidad y expresar sus opiniones, una evolución que la lleva a enfrentarse, a su vez, con la cuesta empinada en que se ha convertido su matrimonio y a superar sus problemas con la comida.

Cabe destacar el carácter episódico de la película, con dos historias, una en pasado y otra en presente, que se entrelazan de acuerdo con el avance de los personajes, de manera que la evolución de Idgie es paralela a su influjo sobre Evelyn en el presente. En este sentido la narración resulta muy eficaz porque vemos evolucionar dos caracteres diferentes en dos tiempos y espacios muy distintos, por lo que dos líneas argumentales que podrían no tener relación entre sí quedan conectadas.

Mención especial merece la escena del juicio, en torno a la mitad de la cinta. Se trata de una secuencia donde confluyen todos los caracteres de la obra en un punto culminante enriquecido por el empleo del humor y la picaresca, otro de los elementos clave para superar los problemas cotidianos. El desarrollo y el final de esta secuencia de unos diez minutos son motivos más que suficientes para acercarse a la película, por no hablar de un desenlace que, aunque previsible, toca en la fibra del espectador con tanto ahínco que uno le perdona cualquier error a favor de cuantas joyas ha encontrado por el camino.

Una película, en suma, muy recomendable para una tarde de invierno. Refresca la memoria y hace pensar en el valor de la amistad como algo necesario para afrontar los problemas a los que estamos expuestos cada día.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Icíar Bollaín - Te doy mis ojos (2003)

De todos los temas de la crítica social, el de la mujer maltratada es uno de los que peor tratamiento recibe en el mundo del arte, debido a que todo aquel creador que pretende reflejar los horrores de los malos tratos se recrea en las escenas morbosas, las que muestran cómo machaca el maltratador a su víctima. Por eso, esta película dirigida por Icíar Bollaín y premiada con siete Goyas, entre los que se cuenta el de mejor dirección, es un destello de luz en medio de tanta oscuridad: Te doy mis ojos (2003) habla de una mujer maltratada por su marido, pero también habla de los ojos que están a su alrededor, como los de su hijo, la familia y amigas de ella, los compañeros de terapia de él.

Cuando una noche de invierno, Pilar (Laia Marull) huye de su casa de Toledo con su hijo y se instala en la casa de su hermana en el barrio antiguo de la ciudad, Antonio (Luis Tosar) siente una vez más que su vida se desmorona sin ella. Para intentar solucionar el problema de sus malos tratos, solicita la ayuda de un psicólogo y asiste a una terapia de grupo donde otros hombres cuentan sus experiencias, los motivos que los llevan a maltratar a sus mujeres. Entretanto, Pilar entra a trabajar en la taquilla de una iglesia, donde se hace amiga del resto de empleadas, mientras su hermana no para de pedirle que deje a su marido y su madre insiste en que debe estar con él. Y el niño, en silencio, posa su mirada en la actitud de todos estos personajes. La situación parece mejorar cuando Pilar accede a volver a casa con su marido después de una reconciliación, pero Antonio aún no ha superado su ira.

Si nos detenemos a pensar quién es el protagonista de la historia tenemos un problema: la cámara enfoca por igual a Pilar y a Antonio, cada cual con su vida hasta que deciden unirse de nuevo. Antonio aparece como un personaje arrepentido que, en busca de una manera de controlar su ira, asiste a una terapia de grupo donde contempla silencioso las intervenciones de los demás. Pilar es una mujer atormentada por su marido pero enamorada de él, y para lograr su libertad trabaja en el mundo del arte, primero como vendedora de entradas, luego como guía en una exposición de pintura. Ambas historias se entremezclan sin cobrar una más importancia que la otra, con el objeto de no pintar a Antonio como el malo indiscutible (error en el que caen la mayoría de quienes intentan retratar una situación así), sino que mientras ella adquiere personalidad gracias a sus tertulias con las compañeras de trabajo y a las reflexiones que le suscita la pintura, él intenta convertirse en una persona normal mediante la terapia y la redacción de un diario en el que cuenta sus pensamientos cuando siente aparecer la ira. Unidos por el nexo de un hijo de ocho años que sin entender nada sólo ve a sus padres enfadados, el matrimonio, una vez desarrollado cierto grado de independencia, decide unirse de nuevo. Y es este el momento en que la historia de ambos, ahora en una víctima de su acosador de una manera explícita. 

El tratamiento de estos dos personajes es tan impecable que, hasta el momento en que se unen las dos historias, el espectador ha llegado a sentir ternura por ambos. La cosa cambia a partir de este paso y entonces todo se desencadena con tanta tensión que no se permite un parpadeo hasta la secuencia final. 

Con tantos ojos —los de Pilar, su madre, su hermana y sus compañeras de trabajo, los de Antonio y los de su hijo, todos diferentes y complementarios— recibimos una historia particular de un asunto demasiado universal: el de la mujer atormentada por los malos tratos, que nos dejará mal cuerpo pero nos incitará a la reflexión, pues no es una película más. Icíar Bollaín hace de este tema una obra de arte que, gracias a su mano y a la interpretación de Luis Tosar y Laia Marull (merecedores ambos del Goya a la mejor interpretación protagonista, masculina y femenina), se convierte en uno de esos títulos que dignifican el cine español.

miércoles, 31 de octubre de 2012

George A. Romero - La noche de los muertos vivientes (1968)

Desde mis primeras experiencias con videojuegos, hace ya algunos años, tengo cierta fascinación por los muertos vivientes, pero no los que salen en las novelas actuales, sino los que inspiran miedo de verdad. Me gusta el cine de terror y me gusta ver los orígenes de algunas cosas. Por eso La noche de los muertos vivientes (1968) ha significado para mí un buen hallazgo. Sé que hay nuevas adaptaciones de la obra, pero prefiero quedarme con la primitiva a pesar de la distancia temporal que implica una serie de fallos de rodaje, como los puñetazos mal disimulados o las extremidades de alguna clase de producto semejante a la carne pero fácil de amputar sin efectos especiales. Dirigida por George A. Romero, La noche de los muertos vivientes habla de un tema similar a todas las películas del mismo estilo: las radiaciones —en este caso de un satélite— provocan el despertar de los muertos. No iba a ser menos, porque esta película influyó en las posteriores de este género y resulta imprescindible para los amantes del cine de terror. 

En el cementerio de Pennsylvania, Bárbara y su hermano son atacados por un hombre de una fuerza extraordinaria y movimientos pesados. Ella consigue huir y refugiarse en una casa, en la que se encontrará con Ben, quien huye del mismo peligro desde otra parte. Para proteger a la chica, Ben cierra con madera y puntillas todas las entradas de la casa con la intención de permanecer juntos a la espera del amanecer. Pero los zombis se multiplican y hacen de su refugio una serie de dificultades que los tiene al borde de la muerte. Por otra parte, en el sótano de la casa ya había una familia refugiada, cuya hija está herida, nadie dice de qué al principio, pero es de suponer que la ha mordido un muerto viviente y que tarde o temprano se transformará en uno de ellos, como en efecto dicen en la televisión. 

Así pues, la trama se articula en el interior de una casa rodeada de criaturas cuyo número aumenta por momentos. Este ambiente da una sensación claustrofóbica que favorece mucho el argumento —aunque provocada sin intención, ya que se debió a la escasez de presupuesto—. Lo que sí aumenta la angustia del espectador es el acompañamiento musical, que se ajusta a cada secuencia e imprime ritmo a una narración lineal con datos muy previsibles. Aspecto este último que podemos perdonar si tenemos en cuenta que a lo largo de la cinta no hay una secuencia estática que frene el transcurso de la historia: muy al contrario, todo pasa tan deprisa que no permite respirar, y cuando hay un momento de sosiego está situado en un punto estratégico en el que la acción se ralentiza por unos minutos para explicar la situación en el exterior y el comportamiento de los zombis. 

Esta película es un buen ejemplo de cine que no requiere grandes efectos especiales y que consigue sumergirnos en una atmósfera verdaderamente aterradora, gracias a la interpretación de los protagonistas, al reducido espacio del escenario, a la banda sonora y a la claridad de la narración.

viernes, 12 de octubre de 2012

Richard Donner - La profecía (1976)

En 1976 se estrenó una película que treinta años después volvería a tratarse en un remake: con frecuencia, cuando sucede esto significa que en su momento la cinta original gozó de suficiente importancia como para que el paso del tiempo terminara de asentar su huella. Ese motivo, sumado al del actor protagonista —Gregory Peck—, me ha abierto los ojos para no cerrarlos en el transcurso de una trama de las que enganchan desde el principio.

Dirigida por Richard Donner, La profecía tiene los ingredientes que hoy, después de muchos ejemplos, pueden considerarse propios de una película de terror sobrenatural: un cura, un niño, un acontecimiento extraño que desencadena una sucesión de desgracias y, por último, un personaje encargado de dar explicación racional a los sucesos. 

Roma, seis de junio a las seis de la madrugada: tras la muerte del hijo que Katherine acaba de tener, su marido Robert Thorn sigue el consejo del padre Spiletto y, para evitar el sufrimiento de su mujer, sustituye a su vástago por un niño huérfano al que darán el nombre de Damien. Durante sus primeros cinco años de vida todo es normal: la madre vive feliz con su niño y al padre lo nombran embajador de los Estados Unidos. En la fiesta de su quinto cumpleaños, la niñera de Damien se ahorca ante los ojos de todos los invitados, acontecimiento que inicia una serie de desgracias relacionadas con el Apocalipsis. Entre la explicación de fe por parte del cura y la racionalidad de un fotógrafo, Robert Thorn no termina de creer que su hijo sea el anticristo hasta que poco a poco los hechos le dan las pruebas suficientes. Entonces hay que buscar una solución al problema.

Parece que en estas fechas ya conocemos todas las historias posibles, como si se hubieran agotado las variantes de un mismo tema. Tal vez por eso ahora es el momento de enfrentarnos a películas como esta para descubrir una demostración de calculada composición, el desarrollo de una trama que atrapa al espectador desde el primer momento: tras una breve introducción que nos pone en antecedentes, el suicidio de la niñera es el primer peldaño de una escalera de desgracias hiladas unas con otras con una rapidez exasperante. Si a la estructura, lineal pero con bastante ritmo, le sumamos el acompañamiento de una banda sonora digna de un Oscar, que causa la sensación de terror añorada en muchas películas actuales, tenemos una obra que merece atención. 

No sé cómo será la adaptación más reciente —estrenada el 6 de junio de 2006—, y no descarto verla pronto, aunque me parece muy difícil que superen en calidad el efecto de esta película.  

viernes, 5 de octubre de 2012

Pedro Almodóvar - La piel que habito

¿Cómo puede una escena final estropear dos horas de hilo argumental sin descanso? ¿Acaso se caen los edificios al colocar un cuadro en la pared? Hay algo que no me cuadra: jamás había sentido este vacío después de una película que durante dos horas me ha dejado la boca abierta. Es la primera vez que he tenido que echar la mirada atrás y pensar si la historia merecía la pena hasta llegado el momento en que se desinfló. Es el caso de la última de Almodóvar: La piel que habito.

Protagonizada por Antonio Banderas y Elena Anaya, es esta la historia de una venganza, de las más crueles y sutiles que he conocido. El doctor Robert Ledgard trabaja en la elaboración de una piel capaz de resistir todo tipo de agresiones externas, incluidas las quemaduras, pero sensible al mismo tiempo a las caricias. Su cobaya es una chica a la que mantiene encerrada en secreto en su casa y con la que sostiene una suerte de relación sentimental. Pero nadie sabe lo que se esconde tras esa relación, cuyos sentimientos han mudado como la piel de una serpiente, gracias a la colaboración de una tercera persona encargada de guardar el secreto de su ilegalidad. 

Pese a lo dicho arriba sobre la última escena, yo soy de los que piensan de acuerdo al poema de Cavafis: es más importante el camino que la meta, pues de lo contrario, ¿de qué servirían las comedias románticas si sabemos que los protagonistas terminarán enamorados; para qué interesarnos por El crepúsculo de los ídolos si sabemos que el protagonista cuenta su historia desde la muerte? La interpretación de Antonio Banderas, sobre todo, pero también la de Elena Anaya; la narración retrospectiva que reconstruye el presente desde una desgracia familiar; la atmósfera de misterio sobre el comportamiento del personaje principal que envuelve toda la película; todos estos son, creo, motivos más que suficientes para no pasar por alto el largometraje, por no hablar de la cantidad de premios con los que ha sido reconocida, aunque la última escena nos deje con la sensación de haber perdido el tiempo.

En el transcurso de la película asistimos a algunas revelaciones que pueden despertar más de un debate. Por ejemplo, ¿puede una persona permitirse una venganza tan extrema? No desvelo nada con decir que a veces las injusticias se pagan por mano propia: de motivos así está llena la historia de la creación artística. Si por alguna causa merece la pena esta película más que por otra, en mi opinión, es por la eficaz interpretación de un hombre sin escrúpulos encarnado por el grande, siempre grande, Antonio Banderas. Sólo le faltaba un cambio en el final, o sencillamente el mismo con cinco minutos más de trabajo para que no pareciera tan vacío.

viernes, 28 de septiembre de 2012

David Lynch - Terciopelo azul

Esta semana he retomado mis anotaciones sobre cine y he recurrido a una película que tenía pendiente desde hace unos meses: Terciopelo azul (1986), de David Lynch, porque después de una enriquecedora experiencia con Cabeza borradora no podía dejar de lado a este cineasta que a punto estuvo de conseguir por la película de la que os voy a hablar el Oscar al Mejor Director.

Terciopelo azul gira alrededor de un hallazgo fortuito, como todas las historias de crímenes: una mañana, Jeffrey Beaumont encuentra en el campo una oreja cortada y decide llevársela para enseñarla a su vecino el detective Williams. Después de una conversación sobre el posible origen de esa oreja, Jeffrey se encuentra con la hija del policía, Sandy Williams, que le habla de una cantante llamada Dorothy Vallens, de la cual se habla mucho en el despacho de su padre, y con el objetivo de averiguar algo más sobre la vida de la cantante, Jeffrey se mete en su apartamento a espiarla. A partir de ese momento descubrirá el lado más oscuro de la belleza y se verá en medio de una trama policial de la que ya no puede salir.

Nada más empezar la película, nos sugiere el tema en dos planos muy contrastantes: una rosa sobre el fondo blanco de una valla y el azul del cielo, que pronto dejamos atrás para adentrarnos, más allá del césped, en la tierra donde moran las cucarachas. Es una manera de anunciar que lo que vamos a ver es el contraste entre las apariencias y la realidad, la parte más siniestra de las cosas más hermosas, como también puede verse en el primer encuentro entre Jeffrey y Dorothy en su apartamento o en la secuencia en que ve cómo se desnuda al llegar a casa.

Si queréis ver una trama policial con historia de amor incluida, que además nos haga reflexionar sobre el engaño de las apariencias, esta es una buena muestra. Seguro que nos os dejará indiferentes.

viernes, 3 de agosto de 2012

Andrés Baiz - La cara oculta

A veces, el azar juega malas pasadas. Cambié mi decisión de ver esta película en el cine al leer una mala crítica, y ahora que he tenido la oportunidad de verla en DVD descubro que no comparto ninguna de las opiniones con aquella crítica, puesto que La cara oculta me ha parecido una película que derrocha entretenimiento por todas partes. Es cierto que la historia es muy sencilla, pero está muy bien contada y eso me merece mucho más respeto.


Adrián (Quim Gutiérrez), director de la filarmónica de Bogotá, vive con su novia Belén (Clara Lago), que ha empezado a mostrar celos porque adivina una cercanía poco habitual entre éste y una violinista. Un día Belén desaparece y Adrián se queda sin saber de ella nada más que lo que dice en su video de despedida. Para combatir con el dolor, Adrián se ahoga en alcohol y conoce a Fabiana (Martina García), una joven camarera, con quien pronto entablará una nueva relación. Pero la convivencia parece difícil: nada más instalarse, Fabiana parece víctima de los caprichos de un fantasma que habita en la casa de Adrián. Sin embargo, la realidad es una moneda con dos caras. 

Esta trama, que en un principio parece de terror, es una visión muy particular de los celos. Contado desde dos puntos de vista, el triángulo que se establece entre Belén, Adrián y Fabiana no es ninguna novedad, pero el manejo del tiempo y de los núcleos narrativos, además de la impaciencia que despierta en el espectador cada secuencia, hacen de esta película una piececita admirable. Resulta sorprendente encontrar la historia contada dos veces desde ángulos distintos que cambian las sensaciones del espectador. Y sobre todo, resulta sorprendente el modo en que todos estos acontecimientos desembocan en uno solo, con el allegretto de la séptima de Beethoven de compañía. 

Todo esto con un detalle muy importante: esta película es de las que mantienen en vilo hasta el último minuto porque no paran de pasar cosas, y eso en cine me parece casi lo más importante. Recomendable, en suma, para pasar una buena tarde y probar cómo vuelan los minutos.

viernes, 27 de julio de 2012

Javier Fesser - Camino

Las películas, como la literatura o la música, no están hechas para sorprender al final: si tienen un final inesperado y el desarrollo está vacío, la cinta no funciona; en cambio, si el desarrollo goza de cierta riqueza de matices y redondea poco a poco los elementos de la historia, la película funciona aunque pueda preverse el final. Camino evita el final previsible al situarlo en la primera escena, porque desde los primeros minutos se sabe que el personaje encarnado por Nerea Camacho morirá en una habitación de hospital rodeada de médicos, enfermeras y cruces. Pero lo importante no es que muera o se salve, sino la lucha que emprende esa niña contra la muerte.

Dirigida valientemente por Javier Fesser, la película nos cuenta el descubrimiento del amor por parte de Camino en la figura de un chico llamado Jesús, junto al que quiere protagonizar una representación teatral de La Cenicienta. Pero la repentina aparición de un tumor maligno en las cervicales le impide desarrollar todos sus planes. Desde entonces, la vida de Camino se reduce a duras operaciones y tratamientos, a rezos con su madre, que pertenece al Opus Dei, y secretos con su padre, mientras su mejor amiga la informa de lo que sucede en el mundo exterior. 

¿Cómo se puede mantener a un espectador durante casi hora y media en constante tensión —mezcla de sufrimiento y odio— con una narración? Pensar en un padre que está a punto de perder a su hija enferma de cáncer es duro, pero lo es aún más si pensamos que su madre da gracias a Dios porque su hija tiene esa enfermedad. ¿Cómo puede una persona, en el colmo de la credulidad —lo que llaman fe—, vanagloriarse de tener una hija enferma y alegrarse de su muerte inminente? Existen las personas así, hay toda una secta que se dedica a ello, y creo que como personajes aparecen muy bien retratadas: son sus palabras las causantes de esa sensación de odio, son los acontecimientos que las rodean los que despiertan el llanto. 

Sin duda alguna, pienso que esta película ganadora de nada menos que 6 Goyas es una de esas experiencias que ningún aficionado al cine debería perderse. Las actuaciones de Nerea Camacho y de Carme Elías (la madre) son motivos más que suficientes para verla, además del guión. Lo único que en mi opinión decae un poco es la banda sonora, pero por la intensidad del guión, por la fuerza de cada escena, uno puede perdonarle cualquier cosa. 

martes, 24 de julio de 2012

Emilio Aragón - Pájaros de papel

¿Quién ha visto alguna vez al ser humano volar? Todos lo hemos deseado. Los personajes de esta película lo consiguen, aunque dentro del escenario, porque el telón de fondo es una realidad tan dura que merece la pena tomarse un respiro. 

Pájaros de papel es la primera película de Emilio Aragón como director, y he de decir que apunta maneras. El conjunto de artistas de vodevil que protagonizan esta historia sobre la supervivencia en tiempos de guerra está formado por un músico, un ventrílocuo, una cupletista y un huérfano. Jorge del Pino y Enrique Corgo (Imanol Arias y Lluis Homar, respectivamente) ejercen una especie de paternidad sobre el pequeño Miguel (Roger Príncep), una familia extraña en un mundo tradicional que arrebata a las familias tradicionales para volverlas extrañas; y con el contrapunto de Rocío Moliner (Carmen Machi), papel muy representativo que contrasta con todas las desgracias de que se ven envueltos los personajes, tenemos un cuadro que conduce al espectador a través de la trayectoria de actuaciones, discusiones privadas, tensiones públicas e injusticias que reflejan las vidas de quienes trataban de sobrevivir durante la guerra. Y volar como los pájaros de papel.

Con este estreno en el mundo del cine como director, Emilio Aragón deja el listón bien alto, lo cual es muy buena señal. Las actuaciones son estupendas, con una importancia particular en el caso del niño; la música, compuesta por el mismo director, se ajusta como la licra a los personajes y las escenas en que aparece; el guión está lleno de momentos espectaculares y la narración no se detiene nunca más de lo necesario. Como resultado, tenemos esta obra de arte que una vez más deja claro que el cine español no es cine malo. Que hay muchas joyas cinematográficas en este país y aún quedan muchas por venir. Ojalá con tanta fuerza.

martes, 17 de julio de 2012

Gerardo Olivares - Entrelobos

Desde que oí la entrevista que Jesús Vigorra hizo a Gerardo Olivares y al recién presentado Manuel Camacho con motivo del estreno de Entrelobos, sentí curiosidad por la película, y al verla sólo me arrepiento de una cosa: de no haber ido al cine en su momento, porque los paisajes hubiesen valido la entrada para verlos en pantalla grande.

Entre lobos es la historia —basada en un hecho real— de Marcos Rodríguez Pantoja, un niño de siete años que su padre vendió a un cabrero de Sierra Morena y que sobrevivió gracias a los lobos. Un argumento sin más complicaciones que las del aprendizaje de la montaña. Y sin embargo, una tierna experiencia de crecimiento junto a la naturaleza.

Para mi gusto hay algunos aspectos muy destacables. Por una parte, los personajes permanecen en silencio o pronuncian quejidos durante casi toda la película, lo cual podría llegar a aburrir, pero las secuencias están dispuestas de tal manera que a lo largo de la mayoría hay sucesos importantes. Esta técnica aporta mucho valor porque acerca una película reciente a los tiempos más primitivos del cinematógrafo: las películas mudas. 

Me parece muy característico el lenguaje de los personajes, propio de la sierra cerrada y con el dejillo del campo. Un rasgo que, por cierto, no saben interpretar algunos actores del reparto, dada la incapacidad de muchos para la aspiración de la jota. 

Por otro lado, el hecho de basar la historia en un hecho real, y así lo prueba la aparición del personaje inspirador del argumento como colofón —no revelo nada importante al decirlo—, hace que me haya atraído más, pues por mi mente siempre ronda una pregunta: ¿cómo hacer que una historia real se convierta en ficción sin exagerar los momentos más propensos a la exageración por la que siente debilidad el artista?

La intervención de Juan José Ballesta en la interpretación del joven Marcos al final, aunque dure poco tiempo, aporta una fuerza muy significativa a la película: refleja en quién se ha convertido el niño que aprendió a comunicarse con los lobos y a no necesitar a la sociedad para vivir feliz. 

Por último, la banda sonora, la interpretación de Manuel Camacho, la ambientación y, sobre todo, el trabajo con los animales y las cámaras, junto con los expuestos más arriba, creo que son motivos más que suficientes para ver la película. Os la recomiendo, no tiene desperdicio.

miércoles, 11 de julio de 2012

Icíar Bollaín - También la lluvia

Nunca es tarde si la dicha es buena. Acabo de descubrir a una enorme cineasta: Icíar Bollaín. No sabía nada de ella y ahora sé que tengo que ver todas sus películas, porque si alcanzan la mínima parte de la calidad de Tambien la lluvia (2010) merecerán la pena.

También la lluvia es una historia sobre el cambio que sufre el ser humano en las ocasiones menos esperadas. Sus protagonistas son un descreído y un idealista: Costa y Sebastián, productor y director de cine respectivamente, que viajan a Bolivia para rodar una película sobre la llegada de Colón a América. Pero al llegar a su destino, la intención de rodar una película sobre la brutalidad de los españoles y el papel que algunos miembros de la Iglesia desempeñaron en la época, se encuentran con Daniel, un boliviano que los obligará a viajar hasta la realidad más brutal del ser humano. Una realidad tangible y cruda: la de la Guerra del Agua, que supera con creces la importancia de lo tratado en el largometraje.

Costa y Sebastián son dos protagonistas opuestos en el modo de pensar. Son dos caras de una misma moneda que poco a poco emprenden un viaje hacia la verdad: Costa, desconfiado ante la actitud primaria de Daniel, y Sebastián, iluso que piensa en Daniel como en la estrella de la película. Un triángulo cuyo eje central es el personaje de Daniel, que será tanto el líder de una revolución contra el corte de agua pública como el líder quechua de la tribu en la película. Su papel, doblemente importante en tanto que líder en la realidad y en la ficción, sirve de bisagra para el cambio que experimentan Costa y Sebastián, a la manera del par cervantino de don Quijote y Sancho. Podríamos hablar de la sebastianización de Costa y de la costización de Sebastián.

Con estos tres personajes tenemos una historia que no deja respirar al espectador en ningún momento: ¡hora y media de acción continua, de constantes sorpresas y de paisajes hermosos, destrozados por las necesidades del ser humano! Estremecedor. A mí, al menos, me lo ha parecido. Creo que Icíar Bollaín ha dirigido una obra maestra, creada gracias al guión de Paul Laverty. Creo, en suma, que he descubierto a un par de genios. Porque a los otros dos —Luis Tosar y Gael García Bernal— ya los conocía, y tal vez eso ha sido lo que me indujo a ver la película. Y nunca me arrepentiré.

sábado, 27 de noviembre de 2010

We wishlist a Merry Xmas



Anoche descubrí en el blog de Vero, y desde éste en el de Carol, un concurso convocado por Fnac que consiste en sortear un vale de 2011 euros para compras en la tienda. Para participar en el sorteo es necesario hacer una lista con los regalos que nos gustaría recibir estas navidades, así que yo también he hecho mi wishlist para probar suertes. Este concurso es para blogueros, hay otra modalidad para Facebook pero quizás sean unas bases diferentes, así que si alguien quiere participar en la otra modalidad, será mejor que lea antes las bases específicas de Facebook.

Me ha costado mucho decidirme por un artículo u otro, porque la suma a la que podemos optar es realmente golosa. Y al terminar mi lista, con el último libro, parece haberse cumplido una casualidad que alguien interpretará como una profecía: el último libro de la lista es 1984, de George Orwell, y la suma de todos los demás da como resultado la misma cifra del título. ¿Casualidad o profecía? No lo sé: ilusión, al fin y al cabo. Aquí os dejo con mi lista:

Informática:

Cine:

Música:

Libros:


domingo, 6 de junio de 2010

Alguien voló sobre el nido del cuco

—Randle, si es usted tan amable, dígame: ¿cree de veras que hay algo en su cabeza que no funciona bien?
—Nada, doctor. Me tengo por una maravilla de la ciencia moderna.


Hay un chiste con mucha gracia en boca de muchos, que habla de un alien y alude directamente al título de esta película. Es un juego de palabras. Y que luego desprecien los chistes de filólogos… en fin, es de locos.

De locos trata esta historia: Alguien voló sobre el nido del cuco, una película de 1975 dirigida por Miloš Forman, protagonizada por Jack Nicholson y basada en la novela homónima de Ken Kesey, que se escribió en 1959 y se publicó en 1962, para la cual el autor se basó en su experiencia como enfermero en un hospital psiquiátrico, donde estuvo obligado a tomar psicotrópicos.

Esta película obtuvo cinco Oscar: mejor película, mejor actor (Jack Nicholson), mejor actriz (Louise Fletcher), mejor director y mejor guión adaptado. Fue la primera en 41 años en conseguir las categorías máximas.

La novela es narrada por Gran Jefe, pero en la película no aparece esta voz narrativa; no obstante, ambas voces coinciden en el protagonismo de Randle Patrick McMurphy (Jack Nicholson). Éste ha sido condenado a prisión por cinco casos de estupro, pero parece tener problemas mentales, de manera que en lugar de ingresarlo en prisión lo integran en el hospital psiquiátrico para hacerle un estudio, pues piensan de él que sólo intenta comportarse como un loco a fin de evitar su presidio. En el hospital se encontrará con la enfermera Ratched (Louise Fletcher), una mujer seria, estricta, con la cual tendrá múltiples discusiones debido a su afán por ejercer su autoridad sobre los pacientes (se ha establecido una rutina de actividades y los enfermos deben cumplir obligatoriamente esos trabajos, uno de los cuales consiste en sentarse en círculo a hablar de sus problemas a modo de terapia psicológica). McMurphy enseguida entabla amistad con los enfermos del ala y organiza por su cuenta una serie de actividades que en muchos casos infringirán las normas de conducta.

He de decir que durante estas dos horas, pese a que he disfrutado bastante porque me ha parecido una gran película, me he agobiado por momentos, dadas las situaciones que se plantean, y más aún, debido al hecho de pensar que muchas de las acciones de estos enfermeros han sido realizadas de verdad. No quiero decir qué tipo de actos por si hay alguien que no haya visto la película, pero es un tema para reflexionar largo y tendido.

Estos locos, habría que decir, no están tan locos, no más que muchos de los que caminan por la calle sin preocupaciones. Con este tipo de frases el protagonista demuestra su cordura una y otra vez. Y más aún: con la cita que me ha servido para encabezar esta entrada. Una maravilla de la ciencia moderna. Como el tratamiento de los pacientes del momento. Claro.

domingo, 25 de abril de 2010

Cadena Perpetua: Stephen King y Frank Darabont

Esta tarde he pasado dos horas intensas de nudos en la garganta y risillas nerviosas gracias a esta película: Cadena Perpetua. El guión, la cavernosa voz en off, el conjunto de datos que se entrelazan a medida que transcurre la historia, la música, todo eso me ha sacado del mundo durante un par de horas y me ha proporcionado una experiencia que buscaba desde hace unos meses. De lo único que me arrepiento tras ver la película es de no haberla buscado antes.

Basada en una novela corta de Stephen King que se publicó en 1982 en la colección Las cuatro estaciones (cuyo título era «Rita Hayworth y la redención de Shawshank»), esta película cuenta la vida de Andy Dufresne (cuyo papel interpreta Tim Robbins) mientras cumple dos cadenas perpetuas por un doble asesinato, de su mujer y el amante de ésta, convencido de su inocencia. En compañía del irlandés Red (Morgan Freeman), se ve obligado a ser el objeto sexual de un grupo de presos y de muchas palizas, al mismo tiempo que se vale de sus conocimientos —era banquero— para ascender en los trabajos de la prisión hasta llegar a la mesa del director de la cárcel para blanquear su dinero negro, sin dejar de pensar en ningún momento en el terror que gobierna la cárcel.

Estrenada en 1994, obtuvo siete nominaciones a los premios Oscar, entre los cuales están el de la mejor película y mejor actor por Morgan Freeman.

Como muchas otras películas en las que interviene Morgan Freeman, su voz en off es una de las reliquias de la obra: al mismo tiempo que narra la historia, describe los sentimientos de los presos en diferentes momentos, siempre con un tratamiento muy especial del lenguaje. La música de Thomas Newman contribuye, además, a elevar la emoción de la película. Y la historia en sí, que no decae en ningún momento y donde todos los personajes tienen algo que decir, está muy bien compuesta, hasta el punto de dejar muchos cabos sueltos a lo largo de toda la historia y atarlos en los últimos diez minutos de un modo magistral. En mi opinión, es de esas películas cuya larga duración no tiene la menor importancia.

Hasta la fecha, creo que no ha habido una sola película basada en un libro de Stephen King que me haya decepcionado: Misery, Carrie, El resplandor, La milla verde (El pasillo de la muerte), Corazones en Atlántida, La tormenta del siglo, Maleficio, y otras de cuyo nombre no me acuerdo en este momento, no por eso menos importantes. Pocas veces he disfrutado tanto con películas basadas en libros de un mismo autor. Y esta vez no ha sido para menos. Una de las mejores, para mi gusto, junto a La milla verde.

domingo, 11 de abril de 2010

Las uvas de la ira: John Steinbeck y John Ford

Las uvas de la ira es una fabulosa novela escrita por John Steinbeck (1902-1968; premio Nobel de literatura en 1962), publicada en 1939 y galardonada con el premio Pulitzer en 1940, y además de ser la más conocida del escritor estadounidense, fue objeto de una producción cinematográfica, espléndida también, de la mano del cineasta John Ford, protagonizada por Henry Fonda y Jane Darwell (esta última, ganadora de un óscar a la mejor actriz de reparto por la interpretación de la señora Joad). He de decir que me han gustado mucho, pero mucho, ambas obras, cinematográfica y literaria.

La historia planteada en esta novela es la de unos agricultores de Oklahoma que a causa del famoso crack del 29 se ven obligados a emigrar a California, donde descubrirán que la “tierra prometida” no era como se esperaban y que apenas hay trabajo en ninguna parte. Tom Joad (Henry Fonda en la película), tras recibir la libertad bajo palabra, regresa para reunirse con su familia, pero descubre que se han ido; una vez reencontrados en casa del tío John, emprenderán un viaje de ida hacia un lugar desconocido con buenas expectativas que luego no se cumplirán.
Steinbeck retrata muy bien en esta novela la situación de la gran crisis económica. Además, los diálogos, las pinceladas como acotaciones teatrales, la presentación del escenario (amaneceres, atardeceres, paisajes, campamentos), todo eso, añadido a la crudeza de la historia y el reflejo de la Norteamérica de los cuarenta, hace de esta obra una pieza de recomendada lectura.

La película también merece la pena. En blanco y negro, escasa de música y muy cargada de diálogos semejantes a los del libro, me ha aportado dos horas de entretenimiento y gozo. Aunque nunca fui muy dado al cine en blanco y negro, al cine de hace cuarenta años más bien, desde un par de meses a esta parte he visto varias películas de ese estilo y he descubierto que estaba equivocado, que cada vez me gusta más.

He de destacar de la película la última escena, el discurso de la señora Joad (no desvelo ningún final, sólo digo que son unas palabras muy interesantes, que he visto varias veces después de terminar la película). Quienes la hayan visto comprenderán lo que digo. Guardo ya un buen recuerdo de esta experiencia y la he anotado, como otras, en la lista de cosas a las que volveré.

domingo, 4 de abril de 2010

Lolita y Stanley Kubrick

Me acerco, desde esta primera entrada, a la determinación de publicar cada tarde de domingo para hablar de mis lecturas y películas favoritas, a fin de promover un diálogo cultural con aquellos cuatro gatos cuyos comentarios me alegran el día con cada nueva publicación.

La obra con la que comenzaré es la famosa primera novela de Vladimir Nabokov, Lolita, en cuya historia se basó Stanley Kubrick para rodar una película excelente de 1962 protagonizada por James Mason (Humbert) y Sue Lyon (Lolita).


El profesor Humbert llega a Ramsdale, en New Hampshire, y alquila una habitación en la casa de la viuda Charlotte Haze, cuya hija será el eje central de la novela: la pequeña Lolita, o Dolores, o Dolly, o «simplemente Lo» es una hermosa mozuela de doce años a la que el profesor Humbert conoce mientras lee echada en el césped con sus ropas mojadas. De inmediado Humbert, indeciso ante la idea de alquilar esa habitación, se decide a hospedarse para así estar cerca de la niña. De aquí surgirá una tierna historia de amor que al mismo tiempo se convertirá en unos episodios de deseo carnal y provocación. El viaje junto al profesor y Lolita es uno de los más entrañables de la literatura erótica.

He leído que esta es la mejor novela erótica jamás escrita, donde no hay una sola palabra obscena —eso ya se puede comprobar a primera vista y aun en el prólogo de la obra—, ni siquiera imágenes explícitas: es una obra que insinúa pero no enseña, una buena novela erótica, diría yo, después de haber visto descripciones explícitas innecesarias en montones de libros a los que inmerecidamente se les da esa etiqueta. Sí tengo muy claro que es un libro bien escrito, donde el autor emplea una técnica muy sutil, indirecta, a lo largo de toda la obra sin hacerla explícita hasta llegado el momento —quien la haya leído sabrá a qué me refiero, y quien no, recomiendo que se fije en los números de las matrículas.

Hace poco tiempo he visto la película y he quedado muy satisfecho. Raras veces he estado tan contento de ver una película basada en un buen libro, pero en estos últimos días —lo veréis en las próximas semanas— me sucede lo contrario. Mientras escribo esto suena a mi lado, en los altavoces envolventes, la máquina de escribir de Jack Nicholson en El Resplandor, también de Stanley Kubrick, basada en la novela de Stephen King, y aunque conozco la historia, creo que voy a pasar dos buenas horas.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Million Dollar Baby (Golpes del destino)


«A veces, la mejor manera de dar un puñetazo es retrocediendo, pero has retrocedido demasiado y se ha acabado el combate». Es una de las mejores frases que he podido encontrar en esta película que es, para mí y para muchos, una joya cinematográfica. Una frase que dice tanto con tan pocas palabras.

Million Dollar Baby, o Golpes del destino en la versión sudamericana, es una película dirigida y protagonizada por Clint Eastwood, que vio la luz en 2004 y obtuvo cuatro Óscar (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor de Reparto por Morgan Freeman y Mejor Actriz por Hilary Swank) y tres nominaciones (Mejor Actor por Clint Eastwood, Mejor Guión Adaptado por Paul Haggis y Mejor Montaje por Joel Cox). Por encima de estos galardones, he de decir que me parece una película excepcional, que nos aporta tanto entretenimiento durante dos horas en una historia estremecedora, como aspectos del mundo en que vivimos, asuntos sobre los cuales se pueden hacer profundas reflexiones.

Maggie Fitzgerald (Hilary Swank), una camarera de 31 años, quiere convertirse en boxeadora profesional y acude al gimnasio del entrenador Frankie Dunn (Clint Eastwood) para pedirle que la enseñe. Sin embargo, Frankie se niega porque él no entrena a chicas. Eddie “Scrap-Iron” Dupris (Morgan Freeman), otrora boxeador y ahora tan sólo bedel viejo y ciego —en quien está puesta la excelente voz del narrador, que es, para mi gusto, lo mejor de la película—, se ofrece a darle algunos consejos a Maggie de manera que al cabo de poco tiempo Frankie verá los avances. Empezarán así un entrenamiento y Maggie competirá en combates cada vez de mayor categoría hasta llegar al culmen de su carrera.

La película merece la pena. Yo no soy el más indicado para hacer críticas sobre cine, porque no me considero profundo conocedor de las técnicas cinematográficas; en cambio, sí conozco lo suficiente sobre el arte de narrar, y sobre literatura en general, como para decir algunas críticas en relación a las voces que intervienen en las historias. Así, considero que la voz del narrador es espectacular, muy bien trabajada porque con muy pocas frases ensancha todo el significado que se pueda extraer de una larga conversación. Y por encima de la voz del narrador y otras técnicas que se utilizan en novela y que debido a eso conozco en parte, la historia es emocionante a cada minuto. Dos horas que no pasan en vano. Al menos eso pienso, y muchos estarán de acuerdo conmigo.

lunes, 27 de julio de 2009

Dragonfly (la sombra de la libélula)

Esta película es una de las muchas que se cuestionan si realmente hay algo más allá de la muerte, si un ser querido que se va permanece, o no, entre nosotros. Pese a que he leído alguna mala crítica que dice que es demasiado predecible y decepcionante como película de terror, lo cierto es que me ha parecido una película interesante, por su historia, no por sus mensajes (que, eso sí, no hay mucho), y no me ha decepcionado como película de terror puesto que no la he considerado tal.

Dragonfly es la historia de un médico, jefe de urgencias del Chicago Memorial Hospital, llamado Joe Darrow (interpretado por Kevin Costner), cuya esposa, la doctora Emily Darrow, fallece en un accidente de autobús en Venezuela, donde trabajaba como misionera. A partir de esa muerte, seis meses después empiezan a manifestarse situaciones extrañas alrededor de Joe, quien ve la libélula que su mujer tenía en la espalda (una marca de nacimiento) por todas partes, sobre todo en dibujos que hacen los chicos que se han acercado a la muerte y han podido recuperarse. Todos lo toman por loco cuando dice que escucha a su mujer hablar, que cree que ella pretende comunicarse con él. Pero la hermana Madeline, una monja católica que ha estudiado la profundidad de la conciencia cuando se acerca a la muerte, le dice que tiene que buscar los mensajes dejados por Emily. De esa manera Joe emprenderá un camino que dará un giro en su vida.

Me recomendaron esta película hace ya varios años y, sin embargo, cosas de la vida, aún no la había visto hasta que anoche, sin otra cosa que hacer, me puse a verla. Disfruté, a decir verdad, con toda la película. Hacía mucho tiempo que no veía una película de las que tengo guardadas en la lista de espera, y lo cierto es que no me arrepiento de haber escogido ésta. No sé qué opinarán los demás, pero salvo las críticas que he referido, todos los demás me han hablado bien de esta película. ¿Qué opináis?