Las películas, como la literatura o la música, no están hechas para sorprender al final: si tienen un final inesperado y el desarrollo está vacío, la cinta no funciona; en cambio, si el desarrollo goza de cierta riqueza de matices y redondea poco a poco los elementos de la historia, la película funciona aunque pueda preverse el final. Camino evita el final previsible al situarlo en la primera escena, porque desde los primeros minutos se sabe que el personaje encarnado por Nerea Camacho morirá en una habitación de hospital rodeada de médicos, enfermeras y cruces. Pero lo importante no es que muera o se salve, sino la lucha que emprende esa niña contra la muerte.

Dirigida valientemente por Javier Fesser, la película nos cuenta el descubrimiento del amor por parte de Camino en la figura de un chico llamado Jesús, junto al que quiere protagonizar una representación teatral de La Cenicienta. Pero la repentina aparición de un tumor maligno en las cervicales le impide desarrollar todos sus planes. Desde entonces, la vida de Camino se reduce a duras operaciones y tratamientos, a rezos con su madre, que pertenece al Opus Dei, y secretos con su padre, mientras su mejor amiga la informa de lo que sucede en el mundo exterior.
¿Cómo se puede mantener a un espectador durante casi hora y media en constante tensión —mezcla de sufrimiento y odio— con una narración? Pensar en un padre que está a punto de perder a su hija enferma de cáncer es duro, pero lo es aún más si pensamos que su madre da gracias a Dios porque su hija tiene esa enfermedad. ¿Cómo puede una persona, en el colmo de la credulidad —lo que llaman fe—, vanagloriarse de tener una hija enferma y alegrarse de su muerte inminente? Existen las personas así, hay toda una secta que se dedica a ello, y creo que como personajes aparecen muy bien retratadas: son sus palabras las causantes de esa sensación de odio, son los acontecimientos que las rodean los que despiertan el llanto.
Sin duda alguna, pienso que esta película ganadora de nada menos que 6 Goyas es una de esas experiencias que ningún aficionado al cine debería perderse. Las actuaciones de Nerea Camacho y de Carme Elías (la madre) son motivos más que suficientes para verla, además del guión. Lo único que en mi opinión decae un poco es la banda sonora, pero por la intensidad del guión, por la fuerza de cada escena, uno puede perdonarle cualquier cosa.