domingo, 28 de diciembre de 2008

28 de diciembre

Día de los inocentes, llaman al de hoy. Yo creo que es un día como otro cualquiera, y eso de los inocentes… una broma, a veces de mal gusto, que se gastan entre seres queridos (o no…) y que termina con el famoso tarareo de «inocente, inocente».

Inocente, como los Juegos de Gregorio Olías (lean, por favor, esa espléndida novela), era yo hace algunos años. Cuánto me río al recordarlo. No fui yo el único inocente que sufrió aquella broma: algún amigo estaba conmigo, mi hermano mayor también, los amigos de mi hermano, y todos, todos, se creyeron la broma, todos, por ende, cayeron, como inocentes, en una inocentada. Lo contaré, quizá se rían, yo ahora me río de mí mismo, pero qué inocente fuimos. No puedo dejar, lo siento, que una sonrisa se me escape al escribir esto.

Iba yo, por aquellos tiempos, habitualmente a un cibercafé que dirigía un amigo de mi hermano. Domingo, gran persona. Estaba yo, con un amigo y con mi hermano, y éste a su vez con otros amigos, una gran red de amistades, sentado ante un ordenador y hablando, mediante esa herramienta llamada Messenger que tantas ocasiones me ha sacado de un apuro y tantas otras me ha metido en un embrollo, con una persona que me dijo, Jorge, ¿te has enterado de que han quemado el instituto? Y yo, claro, pasmado por una parte, iluso por otra, me lo creí. Pero no sólo yo: todos los que a mi alrededor estaban leyeron la breve noticia.

Yo, no hace falta decirlo, odiaba el instituto en aquellos años —estaría, supongo, en segundo de secundaria, en tercero quizá—, así que cualquier daño que le hicieran al instituto sería bien recibido. No me faltó, pues, tiempo para correr a comprobarlo con mis propios ojos, acompañado, por supuesto, de un inocente más: aquel amigo que había estado, como yo, leyendo la noticia.

Efectivamente, el instituto, visto desde fuera, estaba completamente blanco, del color original de la pared, y no había en toda la fachada muestra alguna de incendio. Hasta el día siguiente por la mañana, cuando volví a ir al cibercafé, no me enteré (ni mi hermano tampoco, por cierto, ni sus amigos) de que nos habían tomado el pelo, y habíamos caído en una inocentada.

No celebramos la gracia con cervezas porque en aquella época no conocía el sabor del alcohol —estaría, entonces, en segundo de secundaria. Ja—, pero sí que nos reímos. Y entonces me acordé de algo que había leído (leído yo, en aquella época. Para reírse, vamos…) en internet: Diario de un desgraciado.

Decía éste, el desgraciado, lo siguiente: «Un día me llamó una chica a casa diciéndome: “ven a casa, no hay nadie”. Cuando llegué a su casa no había nadie».