lunes, 29 de diciembre de 2008

Que viene a cuento

Recién recordado el pasado día de los inocentes en el texto escrito ayer, quiero recordar hoy algo que viene a cuento también de los inocentes. Podía haberlo incluido en el mismo artículo de ayer, pero ello habría requerido una extensión mucho mayor, así que hoy recojo esa anécdota aquí. Una anécdota a la que le tengo mucho cariño por la persona que la protagonizó.

Sucede que, hace unos años, no sé exactamente cuántos, quizá tres, quizá cuatro, un veintiocho de diciembre —inocente, inocente— quedaron mis padres con un muy querido tío mío para merendar, y éste se ofreció para traer los dulces. Se encargó, por tanto, de comprar toda una bandeja de deliciosos pasteles y encargó a los pasteleros que la envolvieran.

Vino así a mi casa y, tranquilamente, con la bandeja envuelta, se sentó en el sofá, comenzando así una deliciosa tarde de charla y risas con su humor. Al cabo de más o menos una hora, mis padres prepararon el café y mi tío, desde su más profunda sinceridad, pedía que trajesen a la mesa el cuchillo y la mantequilla. Pensábamos que era un comentario más de los suyos, así que no hicimos caso y nos limitamos a traer el café a la mesa, su azúcar, sus cucharas, pero ningún cuchillo, ningún bote de mantequilla.

Todos se prepararon el café, con su debido ritual de azúcar y movimiento de cuchara, y mis padres fueron a desenvolver la bandeja de pasteles. La sorpresa fue de risas por parte de mi tío y de extrañez por parte de mis padres, pues aún no habían abierto el paquete, pero en cuanto lo abrieron lo entendieron todo: dos bollos de pan, muy bien decorados y muy bien dispuestos, ocupaban la bandeja de los dulces.

«Inocente, inocente», gritaba mi tío. No puedo dejar escapar tanto una sonrisa como una lágrima por recordar aquel momento. Después, claro, todos nos reímos, pero imagínense la cara de mis padres ante una bandeja de dulces que no contenía dulces… una bandeja, en definitiva, ¡de bollos!

Evidentemente, después de la broma, después de la inocentada, mi tío sacó, nadie supo de dónde —porque lo traía muy bien guardado—, otra bandeja envuelta que, esta sí, estaba llena de pasteles, deliciosos, por cierto, pasteles. Así continuamos la merienda, y el resto… bueno, el resto se deduce, no hubo más inocentada, sólo la conversación casual y humorística propia de mi tío. Río y lloro al recordar aquel momento, fue tan suyo, tan espectacular, que se merece un artículo como éste, rememorando su hazaña.