jueves, 1 de abril de 2010

Precipitato

Un hombre en el momento de sus bodas o en el de ser armado caballero, una mujer al dar a luz su primer hijo pueden experimentar en el corazón una emoción semejante, suprema unción, profunda gravedad y, a la vez, ya un secreto temor del momento en que aquello tan elevado y tan único no exista más, haya pasado, se haya desvanecido, arrastrado por el curso ordinario de los días.

Hermann Hesse, Narciso y Goldumundo


La estilográfica trazó antes de tiempo el punto final más doloroso de su historia. Se lamentaba el autor de lo precipitado de su escritura, pero sabía que a pesar de sus intentos nada podría ya hacer para volver atrás en el tiempo, hasta el momento en que construyó la primera parte del todo, próximo a convertirse en su opus magna. A través de sus mejillas relucientes de tristeza las lágrimas se abrían paso en busca del precipicio, en continua carrera, como el avance de la caballería del ejército vencedor que ahora tenía tan bien guardado en su memoria.

Su primera novela, concebida con el mismo cariño que un hijo, vio la luz en parto prematuro quince años atrás, le dio grandes alegrías y le supuso una envidiable acogida en el panorama literario. Trataba sobre un pobre campesino que decidió hacerse caballero andante como don Quijote, tal era la influencia prestada por la pluma de Cervantes así al campesino, ávido lector de las reliquias de la biblioteca familiar, como al autor de la obra. A imitación del ingenioso hidalgo, don Pancracio se dio a recorrer el mundo en busca de aventuras que vivir con heroicidad, de suerte que alguien lo vio envuelto en sus fantasías en mitad de un descampado y quiso por todos los medios hacerlo jefe de un ejército militar. Las desventuras vividas al frente de la milicia fueron equiparadas por los periodistas a los sucesos de la ínsula Barataria a causa de los engaños ofrecidos al pobre caballero don Pancracio, el cual terminaba solo y herido en mitad de una guerra, abandonado por los miembros de su hueste.

El avance de la caballería fue similar al desarrollo literario de Sánchez, pero sin esas argucias que de seguro hubiesen encaminado al lloroso novelista al suicidio tras el fracaso. No hubo, pues, en su trayectoria artística más mentiras que las requeridas para sus historias. Nombrado escritor cervantino por los críticos, Sánchez no dejó de tratar su ópera prima con el cariño de un padre hacia su primogénito, hacía constantes relecturas y cada vez descubría algo nuevo, como si él no la hubiese escrito. Sin embargo, año y medio más tarde, después de mucha búsqueda, acudió a su cabeza una idea interesante para su segunda novela; había dejado el listón bien alto y no podía preparar su reaparición con un trabajo corriente, así que no se podía permitir el verse atraído por una idea banal. Y entonces llegó el primer problema.

Sucedió que su primogénito tenía un año y medio cuando descubrió en el creador una atención dirigida a otro ser, y había cumplido los tres años en el momento de la publicación. A esa edad, si bien aún no comprendía demasiado qué ocurría, empezaba a sentirse extraño con un nuevo hermano a su lado, cuya presencia alegró sobremanera no sólo al padre, sino también al público lector, y aquello era menos tolerable. Desde entonces Sánchez, aunque trataba de prestar la misma atención a los dos, no pudo evitar cierta inclinación de ternura hacia el pequeño, el cual ya no hablaba de caballerías sino de amores platónicos entre una adolescente y la imagen del retrato que había sobre la chimenea del salón, perteneciente a un antepasado cuya familia daba por muerto. Sin remedio, el primer libro quedó un poco más apartado y su iracundia fue en progresivo aumento.

En su quinto cumpleaños recibió como regalo la sorpresa de una nueva historia. Ésta exigía mucha concentración, largas sesiones de documentación y una escritura mucho más pausada. Consiguió un premio nacional de narrativa cuando, al cabo de cuatro años, salió a la luz. La ópera prima ya tenía suficiente rencor acumulado y soltó, en un ataque de celos, tales improperios hacia su padre, dueño y criador, que lo sumió en un largo silencio.

Sánchez creía ser consciente del cariño que mostraba ante sus libros, pero no bien recibió la estocada —procedente, en mayor parte, de una ruptura amorosa—, sólo vio una solución a aquella injusticia: abandonar el trabajo. Contaba su primer libro la edad de doce años, mas era tan avanzado en rencores y rebeldías que tardó mucho tiempo en volver a dirigirle la palabra, y entonces no fue sino para pedir perdón.

Sánchez, por aquella época olvidado de sus hijos, concentrado sólo en los placeres del cuerpo y dedicado a conocer cada noche a una dama para al día siguiente despedirla de mala manera, se dijo a sí mismo que quizá podría volver a escribir, pues la gente apreciaba su copiosidad creativa y sabía que era un autor de renombre, y me quieren mucho y la mayoría estaría dispuesta a darme otra oportunidad. No había conocedores del motivo de su retiro, como no se conocen los problemas familiares de un famoso con dignidad, así que el lector más asiduo de su obra pasaría por alto los problemas del autor y correría a leer su nueva obra. No lo pensó más: se puso a recordar y de inmediato surgieron grandes asuntos otrora olvidados. Pero esta vez —pensó— tardaré mucho más, voy a hacer la obra maestra de mi carrera. Y así fue: hizo su obra maestra, pero muy rápido.

Había dejado la escritura sin saber que en realidad poco a poco se gestaba su mejor obra, una obra que no dejaría indiferente a nadie, que buscaría en los trasuntos del alma y había de ahondar en las emociones, en las raíces del ser humano: empezó a escribir, pues, la vida de un hombre que quiso darlo todo y no consiguió nada. Ninguna persona, cercana o desconocida, le hubiese dicho que tres años después se encontraría anegado en lágrimas frente al cuaderno por haber puesto tan prematuro punto final a una obra perfecta. Pensar que jamás volvería a escribir aquella historia, que sobre ese hombre ya todo estaba dicho, que era imposible retroceder hasta su concepción, todo eso lo atormentaba, lo llenaba de tanta angustia que se sentía incapaz de poner la firma, indigno de esa obra maestra.

—Una obra de arte, a diferencia de un libro, es aquella cuya elaboración goza de un solo rumbo, aquella que no se puede escribir de otra manera, que es redonda, perfecta y capaz de competir con las emociones del lector —decía Sánchez una vez superada la crisis de aquella noche en que concluyó su novela. Sentado entre su editor y el entrevistador, notaba cómo el auditorio, cuyo aforo había alcanzado cifras antaño nunca vistas, escuchaba sus palabras con miradas de interés. Había lectores de toda índole, desde jóvenes estudiantes hasta jubilados, desde profesores de literatura hasta médicos y químicos, porque a todos les había dicho algo aquel libro, porque cada uno había sentido algo personal en las reacciones del protagonista ante los latigazos de la vida.

Y Sánchez, que aún se preguntaba si era un escritor digno de aquella obra o si, por el contrario, era demasiado precipitado en sus creaciones, contento de ver ante sí tal número de espectadores, descubrió que tanto su obra magna como su primer libro y los intermedios eran piezas del puzzle de su vida y habían supuesto, para su felicidad y realización, experiencias inolvidables, aunque imposibles de revivir. Entonces comprendió que así como un hombre no puede renacer pese a haber dado solución a una vida de infortunios, de ese mismo modo aquella parodia quijotesca tampoco podría ser reescrita porque ya tenía vida propia; y al mismo tiempo satisfecho de su trabajo y apesadumbrado por la imposibilidad de volver a los primeros capítulos del libro que le trajo la gloria, delante de su público más querido se llenó de emoción y se vio obligado a desconectar el micrófono.

4 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

En la mujer la emoción se transforma, muchas veces, en lágrimas. Por lo que se ve, en el hombre, en silencios.

Precioso relato, Jorge.

Jorge Andreu dijo...

También pueden mezclarse las emociones y guardar silencio la mujer mientras el hombre llora. La imagen es apagar el micrófono porque las lágrimas le impiden hablar: una mezcla, quizás, de las dos manifestaciones que mencionas.

Gracias por leerlo, María Jesús.

Un abrazo.

Jorge Andreu

Isabel Martínez dijo...

Me ha gustado mucho. Hasta le he encontrado una cierta ironía que me encanta y me ha hecho sonreír.
Un buen relato, Jorge.

¿Sabes? La primera novela de Sánchez, la primogénita, en sus andanzas me ha traído a la cabeza una novelita ("Las aventuras de un libro vagabundo") que he leído hace poco, de un francés muy francés él con toda su francesidad, Paul Desalmand, una narración en primera persona cuyo narrador es un libro. Por lo demás, una novelita francesa al más puro estilo francés actual. Perdóname la ironía, pero es que a veces los del país vecino me la provocan con su manierismo.

Tu prosa, elegante y suelta, sin costurones.

Un abrazo enorme.

Jorge Andreu dijo...

Gracias, Isabel. Siempre sonrío al ver tus comentarios: siempre tienes algo interesante que decirme. Me alegro mucho de que te guste y de que haya sacado una sonrisa con las pequeñas ironías -no era la intención del texto, sino sólo de alguna frase, como habrás podido comprobar-. Buscaré ese libro que mencionas: eso de que el narrador sea un libro es interesante. He visto por ahí otro cuyos personajes son peluches, pero no me interesó demasiado y no recuerdo el título.

Espero que lo hayas pasado bien estas fiestas por tu tierra.

Un abrazo muy fuerte, amiga mía.

Jorge Andreu