martes, 1 de marzo de 2011

Memorias de Viena (III)

MARTES

Recuerdo, si bien de un modo algo difuso, que el martes fue el día de la ópera. Como viaje de estudios musicales, no podíamos irnos de allí sin asistir a una ópera, así que fuimos a ver La Cenerentolla (La Cenicienta) de Rossini, en italiano y con subtítulos en alemán. Como comprenderéis, no me enteré de mucho, y además las horas de sueño cada vez pesaban más. Tanto que no pude evitarlo. Durante aquellas tres horas, divagué, escribí versos y, aunque me pese decirlo, no disfruté mucho de la música. Pero mis compañeros sí, y eran mayoría, así que todo fue bien.

Uno de mis objetivos del viaje era probar el café vienés, y curiosamente no había café vienés en las cafeterías de Viena. Era de extrañar, claro: pedíamos un café típico y nos hablaban de un late macciato, así que no sé qué tomarán en Italia. Y como no soy muy amigo de los manchados, preferí tomar capuccinos durante todo el viaje, de manera que ahí fuimos antes de entrar en la ópera a tomar nuestro café. Me dio tiempo a recordar que habíamos comido en un comedor universitario y luego me habían pedido un cigarrillo en la puerta de un supermercado, a lo que no supe responder sino “I don’t know” con mi nivel de inglés (suerte que el lenguaje universal de los gestos funciona en todas partes). Allí, frente al supermercado, cerca de la puerta de entrada a la universidad, que se abría sola al sentir nuestra presencia, había una papelería donde compré una pequeña libreta que aún me hace compañía. No tiene la firma de ningún compositor, pero fue barata y me sacó de algún apuro.

Pude recordar también la casa natal de Schubert, donde una portera con cara de pocos amigos nos había obligado a guardar silencio mientras subíamos las escaleras y a no tocar partituras, ni piano ni cristales. Y por supuesto, la firma en el libro de visitas, donde dejamos constancia de que en esa casa nació una idea original que revolucionará el mundo de la música, y que ojalá llegue a ser realidad.

Esa noche aprovechamos la nueva economía para divertirnos en la habitación. Utilizamos las botellas recién afinadas para interpretar varias canciones que han sido grabadas para la posteridad, y me reí como nunca. Hasta que el guarda de seguridad, que tenía cara de simpático pero que daba puñaladas por la espalda, nos obligó a despedirnos y dormir unas pocas horas hasta el día siguiente. El viaje a Salzburgo, que fue el día más hermoso del viaje si de imágenes bonitas se trata, estaba a punto de llegar: tendríamos tres horas de sueño en el autobús y otras tres al regreso. Ese fue, sin duda, el momento del viaje: hablaré de ello mañana y os enseñaré fotos, que merecen la pena.


PD: Perdón por la escasez de novedades. No tengo mucha memoria sobre el lunes y el martes. La ciudad de Salzburgo es preciosa: ya lo veréis en la próxima entrada.