lunes, 6 de diciembre de 2010

Crónica de una batalla en un campo de disfraces (I)

[Voy a aprovechar la escasez de tiempo disponible en estos días para enseñaros algo que escribí hace ya más de un año (abril de 2009). Se trata de un relato un tanto extraño que se me ocurrió mientras leía a Saramago y luchaba contra una abeja, animal que considero endiabladamente terrorífico desde que casi por tradición recibo como mínimo una picadura cada verano. Me asustan las abejas, sí, y en este texto llevé al extremo mi temor. Lo pasé muy mal al escribirlo porque me imaginaba en la misma situación, pero también me divirtió mucho comparar un panal de abejas con un ejército. Por eso, porque tan sólo fue un acto de diversión como otro cualquiera (Virginia Woolf le escribió a un caracol que había pegado a la pared y Patricia Highsmith a unos pájaros), me gustaría que así lo consideréis.

He dividido en tres partes el relato, porque publicarlo en una sola entrada supone un buen rato de lectura que queda fuera de lugar, creo, en estos soportes. Así que he dividido en presentación, nudo y desenlace el texto, de lo que se deduce que la parte central será la más larga. Sin más, os dejo con el texto.]


PRIMERA PARTE

Como cada año, el carnaval provocó en las personas una alegre euforia que no experimentaban ante cualquier otro acontecimiento anual importante. En el andén número tres esperaban, ansiosos, entre chistes y risas, fotos y flashes, disfrazados de mendigo, de momia, de policía, de preso, de prostituta, de tigre y tigresa, de gato y gata, de demonio, de cordero, de ángel, aquellos jóvenes que pensaban caminar despiertos durante toda la noche de un lado a otro de la ciudad, llenar las calles siempre desiertas, beber de sus botellas baratas de supermercado, bailar con una radio portátil a todo volumen y orinar en cada esquina cuando las necesidades lo exigieran. El tren de las ocho y media aún no había llegado, y el reloj de nuestro amigo ya reprochaba la demora. Toda la estación temblaba de impaciencia y reclamos, los disfrazados comenzaban a sentir cierta incomodidad con sus colas, túnicas y pelucas.

El más joven de un pequeño grupo, que iba por primera vez a un lugar tan deseado por todos, esperaba en silencio que el foco del tren se dejara ver al fondo de la vía, y sus amigos, mayores de edad todos, que harían lo imposible en su favor para burlar la seguridad de los porteros de las discotecas, trataban, también callados, de no perder la paciencia, aunque a veces uno de ellos, el más risueño y bromista, dejaba escapar breves palabras que se quedaban en sólo eso. La Ovejita no balaba, el Tigre que permanecía a su lado no rugía, el doctor Santidad, con sus pelos rizados e izados por el empuje de una buena dosis de laca, el cual se hacía pasar por un cura médico, no profetizaba la dosis de paciencia que los demás tendrían que tomar; el Enfermo, por su parte, no gritaba dolorido por las fracturas de su muñeca y su rodilla, no cantaba el dulce timbre de la Sirenita y había un Preso que, en compañía de una Policía traviesa, no exigía libertad.

Junto a este reducido grupo de jóvenes que respetaban su turno y habían comprado sus billetes, una extensa multitud de veinteañeros aguardaba la llegada del tren, dispuestos a saltar a su interior en cuanto se abriesen las puertas, sin dejar de ningún modo títere con cabeza en caso de que alguien se quisiera interponer en su camino. Completaban el andén un pequeño grupo de seis personas cuya edad debía de rondar los cuarenta años y que vestían trajes de gala los tres hombres y vestidos elegantes con pamela las tres mujeres, en honor, por supuesto, a los atuendos clásicos de años remotos en que oscilaban los cañones y las ametralladoras por las calles pueblerinas.

Para hacer un recuento, podríamos sumar el total de estas personas que esperan la felicidad dando voces, y quizá sea posible obtener como resultado un número redondo: cien individuos, por no sobrepasar el límite de aforo máximo de la estación, más los viajeros que ya montados en la anterior parada ocupan los asientos y las plazas libres para pasajeros de pie. El tren estará provisto de vagones añadidos; tanto espacio se requiere para esta noche, que el ayuntamiento ha preparado dos medios de transporte unidos entre sí y que conforman seis vagones en lugar de tres, pero no serán suficientes para este centenar de transeúntes aglomerados ante a las puertas a punto de abrirse. En efecto, en un instante se ilumina el interruptor redondo y verde y, tras pulsarlo el primero de la fila, se prepara el suelo artificial que aparece bajo las puertas y éstas descubren, al abrirse, a otro centenar de personas que ya viajan en el interior del vagón. Las puertas recién abiertas dejan ver un espacio ocupado por multitud de personas que se estrujan entre sí para que alguien más pueda acceder al interior, y así hacen todos a fin de dejar la estación vacía y llenos los vagones hasta reventar. No obstante, el espacio libre desde las cabezas hasta el techo, no más de un metro, se completará en unos instantes, cuando los últimos viajeros se apresuren a entrar.

Desde muy lejos, con vista de águila, podía verse la parte deshabitada de la estación y allí el tren a punto de reanudar la marcha. Pero todavía quedaba alguien más por subir. El conjunto de vigilantes vio crecer su objetivo a medida que se acercaban con velocidad; y al fondo divisaron una puerta aún abierta.

El doctor Santidad, siempre tan apuesto y puesto a gastar cualquier broma, tuvo la genial idea de que si de pronto entrase una avispa en el tren y revolotease por nuestras cabezas, no seríamos capaces de mantener la calma, imagínate, chico, el bicho volando por todo el tren y la gente asustada corriendo de un lado para otro. Qué miedo, baló la Ovejita, que padecía entomofobia, y su compañera vestida de Tigre le acarició los rizos blancos de lana. Nadie miró al médico, quizá porque nadie se tomó en serio aquel comentario; el único en añadir algo, además del más joven, fue el Enfermo, de cuya boca escapó una risa nerviosa.

El ejército siseante acudió a la llamada del doctor Santidad. Antes de que se cerraran las puertas, una inmensa multitud de abejas arrasaron contra la entrada y llenaron el hueco libre del techo, y acompañaron su intromisión con el silbido de sus alas, transportadoras y agitadas a gran velocidad, sin otra intención que la de explorar la zona. En ese mismo momento sonó la sirena que informa de la salida del tren y las puertas terminaron de cerrarse. Pareció transcurrir un solo segundo desde que el techo estuviera vacío hasta que se llenó de negrura, y sin embargo la visión de cómo las puertas se cerraban no fue tan de golpe como había de serlo, sino que las doscientas personas que contemplaron la clausura tuvieron la sensación escalofriante de que toda una vida corría ante sus ojos mientras quedaban encerrados.

2 comentarios:

Carmen dijo...

A la espera de la segunda y tercera parte, Jorge!!
Un beso,

Jorge Andreu dijo...

Tendrás la segunda parte mañana al mediodía, Carmen. Gracias por leer la primera. Espero que te guste.

Un beso.

Jorge Andreu