domingo, 12 de diciembre de 2010

Crónica de una batalla en un campo de disfraces (y III)

TERCERA PARTE

La última abeja cayó víctima del zarpazo de un esquimal, que con su guante estampó al bicho contra el cristal. Cuando despegó la mano, una estrella de un color oscilante entre el amarillo y el negro se proyectaba en la ventana, a través de la cual entraba la tenue luz del atardecer, lo que dio a entender a los pasajeros —que iban de fiesta y de festejar ya no tenían ganas— que el tren alcanzaba su destino. Al punto una voz femenina anunció por megafonía la próxima parada, la plaza donde se iba a celebrar la consagración de los disfraces. El tren hizo un descenso paulatino de velocidad y se detuvo cuando ya nadie lo esperaba. Los pasajeros se levantaron a un ritmo lento, dificultoso.

Las puertas se abrieron y a través de ellas salieron, sin la efusión anterior, aquellos jóvenes de veinte años que tanto alboroto habían levantado en la estación de origen; y los cuarentones que habían sufrido sufrieran la inesperada acometida. Detrás de éstos, salió el grupo de siete jóvenes de dieciocho años recién cumplidos, uno de ellos menor de edad, formado por una Policía traviesa que ahora, lejos de ejercer su autoridad, reclamaba ayuda; un Preso ataviado con un mono de rayas blanquinegras y una bola de plástico, que exigía libertad; una joven de rostro infantil que canturreaba como la Sirenita de los dibujos animados, pero con un mensaje muy distinto; un Enfermo que gritaba de dolor a causa de la picadura sufrida y la tensión del viaje, y no por su pierna y su brazo; un cura médico al que llamaban doctor Santidad, que había iniciado la catástrofe al pronunciar un comentario de mal gusto y que profetizaba por momentos, arrepentido, los espasmos que le llegarían enseguida a causa de la experiencia; un Tigre lloroso y preocupado por su amigo; y la pequeña Ovejita, entomofóbica, que no había sufrido un solo rasguño de las abejas porque consiguió mantenerse erguido durante el trayecto sin balar más palabras que las pronunciadas al oído de su pareja —tengo miedo, mucho miedo.

Y como por naturaleza las abejas todas habían muerto después de su ataque, el único rescoldo que quedó en el interior de los vagones fue el de los ciento noventa componentes del terror que acució en el transcurso de un viaje la peor desgracia del ser humano: el egoísmo.

Al día siguiente, en los informativos, el periodista cometió dos errores: creer que los pasajeros habían permanecido unidos, y confiar a ciegas en que el número de abejas era tan reducido que salieron muchos ilesos; un error, éste último, que se suele cometer en muchas ocasiones cuando se relata un suceso tan trágico y extraño, y tan ajeno, por otra parte, al conductor de aquellos vagones, el cual declaró ante el micrófono su completa ignorancia sobre el problema y confirió así que en ningún momento llegaron hasta su cabina el tumulto y el paroxismo generados durante aquel corto viaje de veinte minutos.

¿Y si de repente una colmena de abejas entrase en nuestro automóvil mientras conducimos por la autopista? No formulen nunca esa pregunta, advirtió el periodista, y acto seguido, como si hubiese dictado el discurso del aspirante al próximo premio nobel de la idiotez, guiñó un ojo a la cámara y se cortó la emisión. Y a continuación, el deporte…

5 comentarios:

Carmen dijo...

Me ha gustado mucho el final, Jorge, la reflexión sobre la egoísta condición humana, y el toque de humor... Gracias por compartir tu relato. Espero que no sea el único que pueda leerte!
Un beso

Carmen dijo...

Ah, que se me olvidaba... FELIZ NAVIDAD!!!

Jorge Andreu dijo...

Me alegro de que te guste, Carmen. Sólo fue un acto de diversión, como dije en la primera parte, pero efectivamente partía de ese egoísmo propio del ser humano. Tengo más relatos, algunos publicados en este blog, pero otros muchos guardados porque tengo un proyecto para un pequeño libro de relatos que quizá empiece para principios de año, cuando termine el poemario en el que estoy metido.

Un abrazo, y feliz navidad a ti también.

Jorge Andreu

Carmen dijo...

Hola, Jorge! Hay algo para ti en mi blog...
Un beso,

Jorge Andreu dijo...

Me ha encantado que te acuerdes de mí, Carmen. Me hace mucha ilusión enseñarte mi lista.

Otro beso.

Jorge Andreu