jueves, 9 de diciembre de 2010

Crónica de una batalla en un campo de disfraces (II)

SEGUNDA PARTE

Durante muy poco tiempo se hizo un silencio atroz entre la muchedumbre, pero al cabo de un respirar fogoso y aterrador, tras escuchar el aleteo incesante, majestuoso de los insectos, cundió el pánico y empezaron los gritos, los empujones, los pisotones y los codazos, los quédate junto a mí, no te muevas, los quítate de en medio, déjame pasar, los socorro, que alguien detenga este tren y abra las puertas. No hubo siquiera oportunidad de dirigir una mirada al doctor Santidad y a su amigo el Enfermo, pues la multitud arrasaba con todo cuanto encontraba a su paso y trataba de huir de la picadura de aquellos bichos que parecían convertidos en helicópteros por su poder sobre el gentío.

Huelga decir, para aportar nuevos datos de certidumbre en esta cuestión que sólo sucedió una vez y nunca más se volvería a dar porque el pobre doctor Santidad ya no estaría para gastar aquella broma, que el número de abejas era poco reducido al de personas; es decir, para seguir con los cálculos matemáticos: a los doscientos aterrados viajeros les correspondían ciento noventa insectos, información ésta importante que se les escapó a los reporteros cuando al día siguiente comunicaron el desastre. El otro dato, también imprescindible, y diríamos que mucho más relevante, es la naturaleza biológica de estos seres, que sólo pican si se ven acorralados y que de inmediato, una vez clavado el aguijón, se desangran por el hueco que éste deja al quedarse introducido como el miedo en la piel de su víctima. De este segundo punto se percataron quienes intentaban zafarse de aquellas agujas, y así fue como con exactitud lo pensaron al luchar por ser tú y no yo quien sufra el picotazo negro de la abeja, por ser tú el que lo merece y no yo, por haber gastado la broma, y tú por haberte reído, y yo por tener miedo a los bichos. Estos tres efímeros lamentos se entrecruzaban de boca en boca, en orden inverso, entre la Ovejita, el Médico y el Enfermo, y este pensamiento oscilaba también de algún modo por las mentes dementes del resto, que sin piedad se agachaba y refugiaba en un rincón para librarse de las picaduras.

Antes de actuar las abejas, el corral ya se había desbarajustado. Los dos únicos animales que permanecían juntos, además de los causantes del bullicio prematuro, eran el Tigre y su Ovejita acompañante, uno de los cuales balaba, la otra rugía y ambos sollozaban bajo sus disfraces, abrazados para evitar que los empujones los separasen. La Sirenita entonaba un mi bemol, sostenido por el temblor torrencial de su miedo, al otro lado del cuadrilátero que ocupaban los animales abrazados, junto al resto de la multitud. El Enfermo gritaba de dolor por sus pies pisoteados y a causa del terror de ver a los minúsculos puntos negros volando hacia su cara, y no podía compartir su angustia con el doctor Santidad, pues éste se encontraba a pocos metros en el pasillo de los asientos y bajo aquellas sillas intentaba cobijarse. El preso, que llevaba callado desde que su amada Policía traviesa lo recogiera de su celda, había empezado a exigir su libertad, pero ambos estaban también separados cuando empezó lo peor.

Hartas de mantenerse a flote, ansiosas de posarse en suelo blando, las obreras descendieron de las alturas y provocaron así un crecimiento en la congoja colectiva y en el griterío imperante. Porque gran cantidad de manos intentaron en vano apartar la trayectoria de los artrópodos, la respuesta fue dirigirse hacia aquellos ataques proyectados contra algunos de los miembros del ejército en orden de batalla. Con esto se estremeció el público y los problemas dieron comienzo.

Los individuos agachados pasaron a un nivel inferior: se sentaron en el suelo y ocuparon el tren sin dejar que los últimos que quedaban de pie pudieran librarse de los picotazos; sin saber que si el agua cae no pasa del suelo, pero sí lo acaricia. Así que entre el gentío descendente y los disfraces más amplios se silenciaron los vuelos de algunas abejas, las primeras que dieron su vida por defender su territorio. Los aullidos de quienes sufrieron las picaduras, en su mayoría hombres vestidos de capa y espada, de monjes o de algún tipo de monstruo fantástico con capucha y hueco libre entre su disfraz y el cuerpo, fueron mayores al griterío general, y fue tal el estrépito de este fortissimo súbito y en sforzando, que los otros ojos se tornaron hacia su origen y en el lugar de los hechos localizaron a varios jóvenes veinteañeros, de esos que sacan a relucir su pecho y su voz varonil cuando una dama pasa por su lado, que se mordían la lengua y emitían graves blasfemias que, hasta en honor de los himenópteros, el doctor Santidad no conseguiría nunca aceptar.

De la túnica marrón de un monje con barba perfilada, con las mejillas y los ojos enrojecidos y el cuello tallado por prominentes venas, salió un punto negro del que colgaba una minúscula línea amarillenta, y se posó en la barra que ocupara minutos antes la mano de un viajero. Allí permaneció boca abajo hasta que expiró su último suspiro; entonces se dejó caer, seguida por el hilo de hemolinfa, hasta el suelo. El estupor recorrió los cuerpos expectantes que habían guardado silencio para luego volver con rapidez a llenar los vagones con sus chirridos humanos. Por entonces, muchas abejas habían caído por defenderse del mundo que las rodeaba, y con ellas muchos de los bizarros veinteañeros habían dejado de serlo para convertirse en llorosos animales, mordidos y cándidos, que se relamían la herida. Estarían demasiado ocupados durante todo el viaje con sus dolores como para pensar un contraataque.

Las abejas bajaron al nivel que los demás ocupaban de pie, y a causa del reflejo de la muchedumbre de intentar esquivarlas, se organizó un segundo asalto. Esta vez fue el turno de las policías sensuales, las gatitas presumidas y las amantes de ocasión con sus piernas al aire, el ombligo y la espalda a la vista y sus cuerpos cubiertos apenas por una tela que rodeaba su cintura y otra, rematada en un nudo a la altura de la espalda, que tapaba la mitad superior de su tronco. Las enemigas bajaron hasta lo más íntimo con una gallardía y una táctica impropias de un ejército preparado para guerrear con ametralladoras, y el resto de la gente supo que habían cumplido su misión cuando vieron dos efectos que declararon tal mensaje: el primero, todos los puntos seguidos por el amarillo casi invisible, y el segundo, el nuevo ataque de voz desgañitado en la garganta de las jovenzuelas atractivas y explosivas que terminaron de explotar en llantos de dolor. El segundo combate, pues, había concluido.

Tengo miedo, balaba la Ovejita a su amiga disfrazada de Tigre, tengo mucho miedo, no quiero que me piquen, lloraba también el jovencito. El Tigre rugía e intentaba cubrir a su pareja, no te preocupes, cariño, yo estoy contigo, le susurraba al oído mientras con sus zarpas de terciopelo apartaba cada punto negro que se aproximaba. Todo iba muy bien hasta que una de las abejas pensó la jugada antes de acercarse por la espalda y sumergirse entre las ropas del Tigre. La apifobia de la Ovejita se incrementó al ver de cerca cómo la minúscula mancha negra se colaba por el hueco de la capucha, que simulaba la cabeza del Tigre y rodeaba, terminada en la frente, la cara de su amiga. Los ojos se le pusieron redondos como huevos y su garganta no le permitía pronunciar ninguna palabra que fuera a servir de ayuda, así que enseguida apreció el cambio de expresión en el rostro del Tigre y su derrumbamiento doloroso en el suelo del tren, mientras la abeja volvía a escapar agonizante por el diminuto hueco de la vestidura. Junto al Tigre cayeron más animales del tamaño de una persona: una vaca, un toro, un leopardo, otro tigre, un pollo y una conejita de playboy.

El doctor Santidad y el Enfermo se llegaron a encontrar en el pasillo de los asientos, pero tampoco lograron hablarse antes de experimentar el mismo dolor que hacía estremecerse a los de su alrededor. El ejército himenóptero había enviado su ala derecha hacia los cuellos de quienes ocupaban las sillas. Al caer fulminados por el pinchazo, escucharon a alguien que murmuraba encogido bajo una silla: que termine ya, por favor, que piquen las que faltan y se acabe ya esta masacre; a lo que el Enfermo respondió que esa forma de pensar en la vida no lo lleva a ningún sitio, caballero, y pronto también usted habrá sido aguijoneado por estos bichos, sin saber en ningún momento quién sería el afortunado que formara parte del grupo de diez personas sin sufrir un ataque.

Sonó como un silbato en el otro extremo del tren y una porra empezó a golpear los puntos negros, mientras a su lado el Preso, unido ya a su amada Policía traviesa, lanzaba la bola contra los insectos, aunque su arma volvía al punto de origen en cuanto la cadena se tensaba. No tardó mucho en desistir cuando se agachó y acurrucó en un rincón al lado de la puerta, como si esperase que se abriera de un momento a otro, y empujó a su chica contra las abejas. Quizá su intención fuera que su pareja se llevara dos picaduras en lugar de una. No obstante, su plan no se cumplió tan a rajatabla, pues la Policía traviesa ejerció su autoridad durante poco tiempo más, hasta que no sólo dos abejas, sino varias más, seis o siete, nadie las contaría hasta una vez terminada la hecatombe, hincaron sin piedad sus aguijones en las piernas, brazos y costado derecho de la pobre muchacha.

Pocos artrópodos quedaban ya con vida a aquellas alturas del viaje: en el suelo se dibujaba una mancha que parecía prolongarse por los vagones, un conjunto de insectos muertos, con una mezcla de la sangre amarillenta y el oscuro de sus cuerpos, y las casi veinte abejas que aún mantenían su vuelo majestuoso sobre las cabezas alocadas, aún no se dejaban caer contra los pocos ilesos.

El combate final estaba a punto de empezar. Parecía como en los momentos más emocionantes de una película de acción, cuando el protagonista va a salvar a la chica guapa y parece transcurrir una eternidad en un solo salto del héroe. Como si la vida se hubiera parado de momento, la Ovejita miró a ambos lados: a su izquierda la gente tropezaba con los que estaban sentados, y algunas abejas bullían por el techo, se posaban en los cristales o daban vueltas por una atmósfera de angustia; a su derecha casi todo era igual, pero en el marco las abejas ganaban en cantidad y aunque había gente sentada en el suelo quejándose de las picaduras, era mayor el conjunto de abejas que merodeaban por el techo. El adolescente que era la Ovejita permaneció quieto mientras veía agitarse en un lado los insectos y en el otro los animales heridos; bajo sus pies descansaba una inmensa turba de abejas muertas; con todo, fue capaz de apreciar, erguido hasta el final, que a su alrededor quien se movía, caía al instante fulminado. Se dio cuenta también de que a él no se le había acercado aún ninguna abeja desde que hirieron a su amiga, porque su propio miedo lo mantenía paralizado, con los ojos entrecerrados y la tensión acumulada en el pecho, soportando el calor que acechaba dentro del disfraz y que amenazaba con desatar sus nervios.