viernes, 8 de marzo de 2013

Jon Avnet - Tomates verdes fritos (1991)

Detrás del título Tomates verdes fritos se esconde una preciosa muestra de la importancia de la amistad, una de las más emocionantes que he visto en los últimos meses. El afán de superación por la creencia en un modelo de conducta, el humor como método de fortalecimiento, la salvación por medio de la fantasía: he aquí tres claves planteadas en esta cinta que dirige Jon Avnet y que está basada en una novela de la norteamericana Fannie Flagg.

El encuentro fortuito de Evelyn con Ninny en el geriátrico donde ésta vive, sirve de punto de partida para una metanarración en voz de la anciana. Evelyn es una mujer que tiene problemas para hacer funcionar su matrimonio y, en el colmo del desánimo, se refugia en las aventuras de Idgie y Ruth, de las que da cuenta su nueva amiga durante sus visitas. Idgie y Ruth son dos personajes opuestos entre sí cuyos caracteres poco a poco se unen a raíz de la fundación de un restaurante en el que cocinaban tomates verdes fritos. Ambas amigas muestran un apoyo mutuo y consiguen tomarse la vida con optimismo gracias a la actitud que infunde Idgie, marcada desde niña por un trágico acontecimiento que forjó su rebeldía ante toda clase de obstáculos.

En líneas generales, la historia inmersa en la conversación de Ninny y Evelyn traza un recorrido vital por las desgracias a las que se someten Idgie y Ruth, haciendo hincapié en la superación de estos problemas. La valentía de «Towanda» —nombre con el que en un principio se conoce a la joven Idgie después del acontecimiento que cambió su infancia— impregna tanto a Ruth como, más allá de esta realidad hecha ficción, a Evelyn. Ésta sigue el modelo de conducta de Idgie desde que se da cuenta de hasta qué punto un individuo debe tener su personalidad y expresar sus opiniones, una evolución que la lleva a enfrentarse, a su vez, con la cuesta empinada en que se ha convertido su matrimonio y a superar sus problemas con la comida.

Cabe destacar el carácter episódico de la película, con dos historias, una en pasado y otra en presente, que se entrelazan de acuerdo con el avance de los personajes, de manera que la evolución de Idgie es paralela a su influjo sobre Evelyn en el presente. En este sentido la narración resulta muy eficaz porque vemos evolucionar dos caracteres diferentes en dos tiempos y espacios muy distintos, por lo que dos líneas argumentales que podrían no tener relación entre sí quedan conectadas.

Mención especial merece la escena del juicio, en torno a la mitad de la cinta. Se trata de una secuencia donde confluyen todos los caracteres de la obra en un punto culminante enriquecido por el empleo del humor y la picaresca, otro de los elementos clave para superar los problemas cotidianos. El desarrollo y el final de esta secuencia de unos diez minutos son motivos más que suficientes para acercarse a la película, por no hablar de un desenlace que, aunque previsible, toca en la fibra del espectador con tanto ahínco que uno le perdona cualquier error a favor de cuantas joyas ha encontrado por el camino.

Una película, en suma, muy recomendable para una tarde de invierno. Refresca la memoria y hace pensar en el valor de la amistad como algo necesario para afrontar los problemas a los que estamos expuestos cada día.

2 comentarios:

Oso Azul dijo...

Es curioso, precisamente ayer vi esta película y hoy me encuentro con esta entrada sobre ella.
No puedo estar más de acuerdo contigo, Jorge. Una película que nos hace plantearnos el valor de la amistad verdadera.
Un saludo.

Jorge Andreu dijo...

Qué casualidad, Irene! A mí desde luego ha sido una película que me ha marcado por muchas razones, y una de ellas es el valor de la amistad. Esa fidelidad y esa lealtad entre Idgie y Ruth dicen mucho más de lo que vemos. Me alegro de que te haya gustado.

Un saludo

Jorge Andreu