miércoles, 7 de agosto de 2013

La verdad

Nadie lo creyó cuando dijo que oía sonidos extraños en el recibidor. Durante las vacaciones había imaginado que las sombras poblaban la casa, arrastrando sus quejidos por las habitaciones, juguetonas como niños en la soledad de su existencia. Juró que al entrar en su cuarto había visto la negrura saltar por la ventana y no había podido retenerla. Sólo tiene doce años, murmuraron los padres esa noche. Y el niño tuvo miedo.

Una tarde, mientras los padres hacían compras rutinarias, el hijo oyó a alguien entrar por la puerta principal. Al asomarse a la escalera halló el salón vacío. Ni rastro de sombras en el recibidor.

Luego llegó hasta su dormitorio el eco de unos pies que llevaban a rastras el peso de un hombre. Recorrió todas las esquinas en pos de ese sonido que se acentuaba por momentos. Sólo vio un espejo en el recibidor, y en él, su rostro. Una ola de frío arañó su espalda. Entonces, convencido de encontrar la respuesta, escribió en la libreta de recados: «volveré enseguida». Pero no volvió.


Jorge Andreu