martes, 31 de diciembre de 2013

Despedida del 2013

Pues nada, aquí estamos otra vez. Vivo, después de todo. 

Se marcha otro año y no me importa, esta vez no me importa porque 2013 ha sido un año desastroso. Uno recoge en servilletas las babas de los malos momentos, y en ocasiones conviene tirar esas servilletas al fondo de la taza de café antes de pagar la cuenta. Eso he hecho muchas veces, por eso dejo atrás los malos momentos y creo que los buenos pueden vencerlos en cierto modo. Haberme mudado de casa, terminar la carrera, publicar un libro de poemas y no sé qué otras cosas más, en conjunto, me han ayudado a seguir adelante. El sol ahora entra por la ventana de mi derecha y es un consuelo sentirme abrigado en mi nuevo despacho, donde además ahora imparto clases de piano y me permito algunos paréntesis para escribir, sin tener en cuenta las asignaturas más inútiles de una formación universitaria ni la pérdida de tiempo que justifican las firmas en un parte de asistencia. Recién terminada mi licenciatura, con un verano de por medio, este año he empezado un Máster que necesito terminar de una vez para dar el siguiente paso hacia la madurez académica que persigo desde hace años: el título de Doctor. Llegará, así es el camino, lleno de agujeros y piedras incómodas de sobrepasar. 

Entretanto, sigo con mis lecturas, mi cine, mi música y los pequeños placeres que lo amarran a uno a la existencia. Una bolita de rizos blancos ha cambiado mi manera de ver el mundo y me ha hecho padre sin saberlo, con sus ladridos cada mañana, sus lengüetazos al despertar y su calor acurrucado por las noches. Junto a él, aquella princesa que me robó las palabras al mismo tiempo que el aliento y me sacó los 100 versos de amor que tanto éxito tuvieron en Lorca, también sin saberlo. Y como contrapunto las cinco o seis voces que siempre resuenan en mis oídos aunque me lleve meses enteros sin saber de ellas. La felicidad, en suma, a veces al alcance de la mano.

Para el 2014 tengo varios propósitos, la mayoría puramente literarios: terminar de escribir un libro de poemas que emborrono desde hace unos meses, así como la novela que ya arrastro desde hace un par de años, casi tres. Con el libro de cuentos no tengo ninguna prisa, y con la sonata para piano tampoco. Quiero volver al desafío personal de dos películas semanales, una buena lectura cada diez días y un café cada tarde en mi rincón. Tiempo habrá de ello, y recuperaré todas las cosas que necesito. La salud es un bien escaso y uno siempre hace cuanto está en su mano por curarse los resfriados, y la necesidad del deporte una vez cada dos amaneceres no amaina en mi forma de vivir el día a día. Creo que es trabajo suficiente para convertir un año difícil en un bien productivo, esculpiendo los minutos para amoldarlos al crecimiento personal, que es de lo que se trata al fin y al cabo. 

Por último, retomaré la actividad del blog y programaré una media de tres artículos por semana. Como antes: mi amigo Marcel cada lunes, los viernes de cine y las reseñas literarias los domingos. Pero además intentaré incluir algún texto en prosa los miércoles: tal vez por eso de que cuando uno sale a correr siente la necesidad de escribir cosas nuevas. En eso estamos.

No puedo terminar sin dar las gracias a quienes siguen a mi lado. Uno cuenta con los dedos de las manos las mejores relaciones, pero esas, las más añejas, permanecen igual que los escritos, a la espera de un reencuentro sin guardar rencores. Esos son los amigos. A todos ellos quiero darles las gracias. Y a todos los que se pasan de vez en cuando por aquí a leer las divagaciones que un chalado deja escritas sin más afán que la de comunicarse con el mundo. 

Un fuerte abrazo a todos. Os deseo una feliz entrada de año y espero que una vez más el año que viene sigamos juntos al cobijo de este mundo, aunque su muro tenga cada vez más grietas.

Jorge Andreu
Cádiz, 31 de diciembre de 2013