sábado, 21 de diciembre de 2013

Sobre la caligrafía de los sueños y la vida paralela

[En honor al tercer cumpleaños de La Clandestina]

Hace justo una semana, cuando mis amigas Clandestinas me escribieron para invitarme a su tercer cumpleaños y me propusieron recomendar una lectura, acepté casi de inmediato, sin saber todavía de qué hablar. Es un asunto tan delicado el de recomendar un libro. Hablar de un libro es una manera de enjuiciar el mundo y de hacer que el mundo lo enjuicie a uno: ¿cómo recomendar, si no, Los pilares de la tierra habiendo leído la obra de Thomas Mann? ¿O cómo decir que Marcel Proust es imprescindible pero no recomendable, porque cada uno tiene que llegar a su obra en un momento determinado y personal? Así se me imponía este problema de difícil solución, de modo que eché la vista atrás en busca de un título atractivo tanto para mí como para todos ustedes. Vine también a preguntar cómo hacer los honores y ellas me dieron a probar una muestra de este vino que fue seleccionado para la cena de los últimos Oscar, con lo cual surgía una nueva idea: un libro relacionado con el cine (se ampliaba mi abanico de posibilidades). Pero igual que esos amigos que se encuentran después de mucho tiempo y no saben qué tema convendría tratar antes y cuál dejar en segundo plano, he de deciros que aún no sé muy bien de qué voy a hablar. Palabra.

Es como si el tiempo no hubiera pasado desde la última vez que salí de mi rincón, allí junto a las fotos de Cortázar, Plath y Bolaño, y sin embargo dos meses sin venir es mucho, mucho tiempo. Porque aunque no sepa qué decir, la vida ha seguido su curso igual, igual de mal, ahora que tantas cosas escasean mientras uno hace lo posible por enfocar otro asunto con un único objetivo: el de buscar una explicación para entender por qué las tardes se eternizan. 

Para atajar las tardes, por cierto, y observar la vida desde un punto de vista diferente, el protagonista de la última novela de Juan Marsé emborrona un cuaderno con sus primeras palabras traducidas de los sueños, seguidas de un tachón y una enmienda, y otro tachón y nuevas palabras, en busca de una estructura redonda que lo satisfaga al releer lo escrito. A mí siempre me satisface releer a Marsé, porque cada vez que me acerco a sus novelas, especialmente a Caligrafía de los sueños, me encuentro con un espejo. La lectura se convierte en un proceso de autoconocimiento, o de reconocimiento a secas, porque su protagonista es un niño que a los quince años pasa las tardes en una taberna leyendo novelas y practicando sobre la mesa las lecciones de piano que sus padres ya no pueden pagarle. Este muchacho, que afronta la vida como si protagonizase una película de John Ford y, aunque se llama Domingo, es conocido por el sobrenombre de Ringo Kid, tiene la curiosa afición de contar aventuras que él mismo protagoniza e imagina como una sucesión de fotogramas: las conocidas aventis que abundan en la obra literaria de Marsé, recurso más que suficiente para pasar las horas y alejarse de una realidad difícil, la de los años cuarenta. Y de ese afán por recoger la realidad dentro de un imaginario gobernado por vaqueros y apaches, por doncellas secuestradas a las que salvar, mezclado con la observación del ambiente del barrio, donde los vecinos asisten a las locuras de Victoria Mir por un amor caduco y al indiferente movimiento de caderas de su hija Violeta, que despierta un extraño cosquilleo en los niños, surge una deliciosa narración en la que todos los elementos tienen sabor añejo. Palabra.

La novela se abre con un capítulo que bien podría volcarse al lenguaje cinematográfico en un largo plano secuencia: una escena tristemente ridícula o ridículamente triste. La señora Mir, embargada por no sabemos aún qué misteriosa pesadumbre, se arroja al tranvía con intención de suicidarse y se convierte en centro de atención del barrio entero por un descuido: las vías sobre las que se ha tumbado son vías muertas, fósiles de un camino antaño transitado por el tranvía pero ahora inservibles por completo. Tristemente ridícula, decía, porque a partir de entonces la alocada actitud de Vicky despertará chismorreos entre los vecinos. Ridículamente triste, en el fondo, porque las vías muertas serán el hilo conductor de una historia más triste que ridícula y actuarán como un elemento narrativo semejante a la famosa melodía que suena en cada nuevo viaje de La diligencia por el desierto de Arizona en la popular película de John Wayne.

A todo esto, el desierto de Arizona es el terreno donde se mueven los personajes de las aventis que cuenta Ringo ante un auditorio de seis amigos. Aventuras que ejemplifican dos actitudes ante la vida: una evasión de la realidad que tanto defrauda y una invención de otro mundo diríase que a la carta, según el gusto de cada cual. A lo largo de esta secuencia del capítulo tercero podemos considerar dos clases de receptores de una obra artística: la encarnada por Ringo Kid, a quien no le importa la realidad sino la acción del relato, las emociones que suscita, producto de la imaginación y, por tanto, sin fronteras; y la que representa Julito Bayo, un chico bien distinto de los demás, un niño que no sabe ser niño, para el que la Verdad está por encima de la Ficción.

¿En qué se traduce este binomio? En una discusión sobre si los caballos podrían cabalgar por el mar de Arizona o si lo más importante del asunto es que Arizona no tiene mar porque es un desierto. «Yo puedo hacer que haya una playa donde yo quiero que haya una playa», dice Ringo, porque en el fondo, «les importa un bledo que Arizona tenga o no tenga playa, a fin de cuentas el Salvaje Oeste es un territorio de cine que ellos han hecho suyo y en el que pueden hacer lo que les dé la gana». Esta creación de un mundo propio, recreación del original para apropiarse de su dominio, es una metáfora del poder del escritor sobre la palabra, en el caso de Ringo, como en el de Marsé, con una mirada filtrada, sin duda, por el cine, el lugar donde se han fraguado los sueños de tantas generaciones, los anhelos de tantos cuerpos.

Sin embargo, no crean que se trata de una obra metaliteraria. Con frecuencia eso interesa mucho más a los escritores que a los lectores. Al lector le interesa saber los motivos por los que Vicky Mir intenta suicidarse en un lugar imposible, conocer las travesuras de esos niños que despiertan al sexo en los burdeles del Barrio Chino, seguir el trayecto de un sobre de color rosa que contiene una posible declaración del señor Alonso hacia la señora Mir, asistir al enamoramiento de Ringo, que descubre en Violeta un encanto irremplazable. Resulta doblemente gozoso seguir los trazos del gran escritor que es Juan Marsé, deleitarse con la manera de nombrarlo todo sin pecar de exceso, dinamitando la imaginación del lector sólo con los ingredientes necesarios. No le sobra ni una frase. Palabra.

Y a todo esto, ustedes se preguntarán, ¿a qué viene tanto entusiasmo por la última novela de Marsé? La respuesta sería sencilla si dijese que me parece uno de los mejores escritores españoles de todo el siglo XX y de lo que va del XXI. Pero hay más razones, una de las cuales, la fundamental, es que yo también soy, como Ringo, un niño que pasa las tardes en una cafetería leyendo novelas, tocando el piano sobre el mármol y garabateando papeles, aunque estos dos últimos meses hayan sido un maldito oasis, de los que no aparecen en el desierto de Arizona. He vivido el frío y las mañanas de verano entre estos rincones como si fueran una extensión de mi propia casa, bien lo saben mis amigas. He venido convaleciente de más de un catarro y de alguna que otra lesión emocional, y cada vez que cruzo aquella puerta de cristal la vida mejora un poco. Por eso, y porque las quiero como a mis hermanas, tengo que enseñarles una cosa que emborroné ayer en la libreta mientras rondaba un esquema para todo esto que llevo dicho —aunque parezca metido con calzador en mitad de este discurso, pues con calzador meteré una visita a este rincón cuando el mundo diga estallar.

              En el seno de una ciudad salada 
              donde no entiende el viento de fronteras, 
              hay un cielo de mesas curanderas 
              con nombre de mujer enamorada. 

              Cuando la vida sabe a casi nada, 
              su corazón arría las banderas 
              y en su huerto florecen primaveras 
              con el otoño impreso en la mirada. 

              Allí la tarde suena a terciopelo 
              y sus dueñas cobijan el señuelo 
              que esparce música por las esquinas. 

              Allí tiemblan las tazas de hermosura 
              y brindan el asombro y la locura 
              a la salud de nuestras clandestinas.

En definitiva —y retomo el hilo—, ¿por qué no recurrir a una novela de estas dimensiones para alejarnos de vez en cuando de los problemas? Ahora que el dinero, el trabajo, la salud, la felicidad en toda su extensión parecen amores platónicos como el de estos chavales hacia María Montez; ahora que nos están quitando, entre todos, el derecho a la pereza, ¿quién nos va a quitar el placer de leer un buen libro, de tomar una copa de vino, de ver una buena película? La admiración por la belleza sí que es irremplazable. A más de uno se le caerá una lagrimita de emoción o de placer con estas páginas. Porque se puede llorar de placer. Hasta la extenuación. Palabra.

Léanla, por favor.